Algo de beber (6a. Parte).

VI.

No volví a pegar un ojo durante el resto del vuelo. Leí el libro que llevaba conmigo, escuché algo de música, revisé las notas que había preparado para el viaje, pero esencialmente pasé mucho tiempo siguiendo a Alba con la mirada. Traté de ser discreto, o al menos eso es lo que quiero creer. Ya lo sabes, es inevitable que uno matice ciertos detalles durante la reconstrucción de los hechos. Es algo así como un mecanismo de defensa natural. Una de tantas formas que tenemos para curarnos en salud, como solía decir mi madre cada vez que de niño le daba una explicación, o incurría en el detalle que ella no me pedía. Lo cierto es que, discreto o no, en algún momento ella se percató de mi insistencia y no tuvo más remedio que acercarse y preguntarme si se me ofrecía algo. Balbucee. Mi lengua tropezó como yo cuando ingresé al avión. Moví la cabeza, primero negando y luego asintiendo. Encogí los hombros. Levanté las cejas y entrecerré los ojos. Debí haberme visto ridículo, o chistoso, porque ella comenzó a esbozar una sonrisa y luego a imitar mis movimientos errantes. Finalmente le dije que no se me ofrecía nada. Pero apenas giró el cuerpo para volver al sitio desde donde había venido, yo saqué una tarjeta de presentación y volví a llamarle. Perdón. Lo siento, le dije. Sí se me ofrece algo. Ella volvió a mí con la misma sonrisa con la que había replicado mis muecas. Entonces yo no dejé que me preguntara nada, ni que terminara de aproximarse. Extendí la mano y le ofrecí la tarjeta. Le dije, supongo que con la voz agitada e incierta (aunque mi memoria me diga que lo hice con la voz más firme y seductora del planeta), que lo que se me ofrecía era que algún día, cuando ella así lo decidiera, me llamara y aceptara una invitación a salir. De inmediato se invirtieron los papeles. Ahora era ella la que estaba arqueando las cejas y la que dudaba para hablar. Me imagino que escenas como esa viven por decenas estas muchachas. El hombre que, guarecido tras la seguridad inherente al rol de cliente y el ejercicio de la razón absoluta que tal investidura propicia, asume que parte del servicio es que las asistentes de vuelo acepten gestos de galantería, algunos seguramente grotescos, y en una de tantas, como si ello viniera en el costo del ticket, terminen por irse con uno a pasar las horas en otro sitio, más íntimo, desde luego, que esa concurrida lata con alas. ¿Cuántas propuestas así les harán? ¿Una por vuelo? ¿Tres a la semana? ¿Diez al mes? Qué sé yo. Por lo pronto, ya había dado el paso que alguna vez juré nunca daría. Y contrario a lo que yo estaba acostumbrado, resulta que su reacción no me decía nada. Ese par de cejas alzadas, esa voz dudosa, esa sonrisa itinerante podían ser lo mismo nervio que asombro, asombro que indignación, indignación que halago, halago que fastidio y así sucesivamente. Descifrar a las mujeres es, de por sí, una labor compleja. Hacerlo a treinta mil pies de altura, a casi novecientos kilómetros por hora, en la fracción de segundo que dura una osadía y sin una conversación previa que más o menos oriente en la interpretación de los gestos, es francamente imposible. Comencé a sentir un dejo de arrepentimiento. Pensé en disculparme y pedirle que me devolviera la tarjeta. Que lo olvidara todo. Que ambos hiciéramos como si no hubiese pasado nada. Pero entonces ella sonrió y cerró los ojos en un parpadeo suave y prolongado. Guardó la tarjeta en una bolsa de la falda, cuya existencia yo desconocía, y dijo algo. Gracias, quizá.

Aterrizamos diez minutos antes de lo previsto. El cielo estaba despejado, pero era evidente que hacía frío allá afuera. Tomé mis pertenencias. Me puse el abrigo. Me encaminé hacia la puerta como queriendo no pensar en lo que había hecho. Pero lo hacía. La escena se proyectaba en mi cabeza como un bucle que se repite incesante. En mi mente, que poco requiere para echarse a andar en casos de crisis potencial, llegó a pasar la idea de que ella me reportaría con el capitán y de que al descender me estarían esperando en compañía de unos policías, dispuestos todos a levantar cargos en mi contra. Mi mente, azuzada por el nervio, comenzó a elaborar estrategias confusas de defensa y disculpa por si ello ocurría. Solo eran quince pasos hasta la puerta. Mil ideas por paso. A esa velocidad estaba yo pensando, si así puede decirse.

Sin embargo, ahí estaba ella. Sin policías. Sin el capitán. Sola como una promesa que, no obstante nadie ha hecho, feliz aguarda la ocasión de ser cumplida. Sola despidiendo uno a uno a los pasajeros. Sola a un costado de la puerta. Cuando me miró, esbozó una sonrisa aún más grande que todas las que hasta entonces le había visto. Metió los dedos al bolsillo de la falda. Sacó la tarjeta y sujetándola entre los dedos índice y medio, me la mostró. Yo te llamo, me dijo con la mímica de los labios. Mi corazón se agitó como un cordero suelto colina abajo. Yo te amo, quise creer que me estaba diciendo.

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