Algo de beber (7a. Parte).

VII.

Llegué al hotel en metro. Es la forma más sencilla de hacerlo. Por nada del mundo me metería en el tráfico que se hace en la Queens Midtown Expy, poco antes de entrar al túnel; menos aún al caos de la 39 para incorporarse a Park Avenue. Además, el metro, viejo y lo que tú quieras, con su fama de peligroso a cuestas, tiene, a mí no me cabe la menor duda de ello, su particular encanto. Tantas fotos y tantas postales me dan la razón. Y es que a Nueva York, todo mundo lo sabe, se le anhela por sus alturas. Pero quien de verdad quiera conocerla y en una de esas amarla, deberá poseerla no desde la comodidad de sus miradores, sino desde la mortificación que habita en sus entrañas. Quien domina el metro, aquel que aprenda a desplazarse desde sus venas, tendrá más de la mitad de esa jungla conquistada.

Aunque hice el registro un par de horas antes de lo debido, me entregaron la habitación sin mayor demora. Instalarme fue sencillo. Los hombres somos muy prácticos para eso. La maleta al armario, el abrigo a un gancho, el suéter a la lavandería y listo. Eché un ojo a la habitación. Semanas antes leí en una revista que habían remodelado algunos cuartos. Al parecer, el mío no era uno de esos. La decoración era la misma. Todo estaba exactamente igual que la última vez que me alojé ahí. Me dirigí hacia la ventana para recorrer las cortinas. Regresé algunos pasos y me senté en un hermoso sillón solo para disfrutar del paisaje. Siempre que me hospedo en el Plaza pido habitación con vista hacia Central Park. Mirar hacia la quinta avenida nunca me ha hecho sentido. Esa avenida hay que caminarla, auscultarla en cada una de sus tiendas, devorarla a pasos. Pero a Central Park hay que gozarlo, también a pie desde luego, pero igualmente desde lo alto.

Comencé a sentir ganas de caminar a los veinte minutos y hambre pasada la hora. Los restaurantes del hotel podían quitarme lo segundo, pero acotarían toda intención de lo primero. Sin mucho reflexionarlo, velando los antojos que suelen acompañar a este tipo de visitas, opté por algo que atendiera tanto a una cosa como a la otra.

Me adentré al parque por una de las veredas que se abren en la Grand Army Plaza. Circulé por sus senderos a paso de quien no deja de sorprenderse con lo que mira. Atravesé los prados para llegar hasta Strawberry fields, que para variar, como suele ocurrir también con el edificio Dakota, está plagado de fanáticos de los Beatles, siempre dispuestos a honrar la memoria de lo que pienso es el timo más grande de la historia musical. Finalmente llegué al acceso que da hacia el Museo de Historia Natural. Ahí, frente a sus puertas, en uno de los tantos food trucks al otro lado de la calle, recordando la primera vez que estuve en esa isla, devoré dos fantásticos perros calientes y su correspondiente porción de papas fritas.

La indigestión que sobrevino impidió que caminara hasta el hotel con el mismo entusiasmo. Vaya, me alcanzó apenas para llegar a la primera esquina. Una seguidilla de bostezos y la consecuente sensación de pesadez me hicieron saber que no habría modo de volver sin antes reposar bebiendo una taza de café expreso. Elegí el Parliament, una pequeña cafetería a un costado de la Asociación Americana de Historiadores. Ahí, hace cosa de unos tres años, conocí a Steve Spencer, el barista más culto del mundo. En realidad él es historiador, solo que descubrió que no había mejor manera de transmitir sus conocimientos que hablando con la gente mientras les preparaba los brebajes cafeteros más sublimes de los alrededores. Sobra decir que su conversación es exquisita y que las ventas del lugar incrementaron en la medida en que algunas universidades eligieron sus mesas para recibir la cátedra del doctor Spencer. Tuve suerte. Apenas me acerqué a la barra di con él de inmediato. No estaba como tal a cargo del servicio, pero estaba en una de las mesas leyendo un libro cuya portada no alcancé a ver. Nos fundimos en un fuerte abrazo. Después nos pusimos al día. Me contó que estaba por publicar un libro sobre las culturas originarias del sur de los Estados Unidos. Le conté que yo, otra vez, era un hombre, más que soltero, solitario. Me compartió que su esposa estaba en Alabama disfrutando del primer nieto. Le compartí que yo llevaba más de un mes sin poner un pie en mis proyectos. Lo vi bien, fuerte, entusiasta como siempre. No sé cómo me haya visto él. De seguro no pasó por alto mis ojeras, ni el semblante de abandonado en duelo que yo juraba iba cargando por todas partes. Nos hicimos el propósito de reunirnos antes de que yo volviera a México. Pero antes, se ofreció a prepararme uno de sus cafés expresos.

Salí de la cafetería solo para no quedarme con la sensación de que estaba interrumpiendo las labores de Steve. Puse rumbo al hotel ya sin entrar al parque. Sin más me estaba saboreando la siesta que ya había decidió tomaría apenas entrara en mi habitación. Caminé por toda la Central Park West hacia el Columbus Circle. En el trayecto pasé frente al Dakota. Ahí seguían los fanáticos de Lennon, algunos vestidos como él, encendiendo veladoras pidiendo por su eterno descanso. Me pregunto si los muertos pueden descansar de tanto que uno los anda invocando. También me pregunto si tiene sentido encender veladoras pidiendo por algo que como sea nadie podrá constatar. En fin. Por alguna razón traté de recordar el nombre del asesino de Lennon, aunque nadie me quita de la cabeza que quien comenzó a secarlo en vida fue la propia Yoko. Fácilmente recordé que se apellidaba Chapman, como Tracy, esa cantante cuya música sí es de mi agrado. Pero el nombre se me escapaba. Era como si se me estuviera escondiendo detrás de los dientes. Lo podía sentir con la punta de la lengua, pero se negaba a salir por completo. En eso vibró mi teléfono. A decir verdad, no esperaba que eso ocurriera. Lo saqué de mi abrigo sin dejar de pensar en el asesino. Miré la pantalla y comprobé que se trataba de un mensaje: Márcame, por favor. Soy yo, Alba; decía. Alba, repetí. Fue como si me cayera un balde de agua fría. No lo podía creer. Era tanta la emoción que la vida se me pausó mirando la imperturbable flama de una de esas veladoras. Registré el número. Le llamé de inmediato. Respondió al segundo timbre. Nos saludamos. Fue una conversación rápida, directa; sin más rodeos que las pausas que originan los nervios. Y finalmente quedamos. A las nueve de la noche en Le Bernardin.

Colgué el teléfono todavía sin creerlo. Volví a leer el mensaje. Márcame, pronuncié en voz alta. Y entonces lo recordé: Marc David Chapman. Ese era el nombre completo del tipo que mató a tiros a Lennon a la entrada del Edificio Dakota.

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