Desde el insomnio.

No ha sido fácil. Siete contracturas me han hecho la vida imposible durante las últimas doce semanas. Una en la espalda baja, dos en la espalda media, tres en la espalda alta y una, la madre de todas ellas, o al menos esa a la que atribuyen la persistencia del motín muscular que aquejo, en el cuello.

¿Y cómo llegaron a mí? Ni cómo saberlo. Nadie: ni el quiropráctico, ni la fisioterapeuta, ni el ortopedista, menos yo que les he dado alojo, hemos sabido explicarlo. No de un modo claro cuando menos. Todas las teorías, sobre todo las mías, que naturalmente se alimentan de lo que uno u otro especialista en su oportunidad ha opinado, aterrizan en ese lugar común que es el estrés; y cada uno –de los especialistas, pues yo he navegado, como corresponde, en las comodinas aguas del desdén y la negación-, me han advertido de la importancia –urgencia– de resolverlo, o ya de menos controlarlo, para evitar que sea otro músculo, este al centro del pecho, el que termine fatalmente contracturado.

Algunas de las contracturas, dijo Sugey hace apenas unas horas, pareciera que han estado alojadas en mí desde hace ya largo tiempo. No son nuevas, pues. Por el contrario, seguramente a partir de la experiencia que solo el tiempo brinda, han permanecido al acecho de cualquier descuido, pacientes en la espera del mejor momento para obrar sus fechorías.

Sugey, por cierto, es la última especialista en sumarse a mi lista -ya no tan breve- de tratantes. Habida cuenta de la crisis que me sobrevino después de la Navidad –si, otra vez la Navidad-, mi mujer la hizo venir a casa para que me atendiera. Su especialidad son los masajes descontracturantes, que son, hoy comprendo, la versión enfadosa y resentida de los masajes relajantes. Ella, para que la puedan retratar en sus mentes, es una mujer razonablemente joven, parlanchina, dueña de una tos que da pauta a los más bajos instintos paranoicos postpandemia. Carga con una presencia física digna de un jugador de rugby y unas manos tersas como la seda, pero pesadas como una placa de plomo. Me advirtió desde un principio, gesto natural de quien sabe de qué se trata su trabajo, que el masaje me dolería y hasta me dio licencia de llorar, solo si ello fuera necesario. Yo, todavía envalentonado, le dije que no creía que me doliera más de lo que ya lo hacía; y, acto seguido, le autoricé –gesto propio de quien supone que ya trae todo el infierno consigo y que no le cabe un alfiler más-, a hacer lo que tuviera que hacer para dejar mi problema resuelto.

Madre de Dios con lo que vino después. Solo les puedo decir que han sido dos horas largas y tormentosas. Dolió –la puta madre que dolió– mucho más de lo que ya dolía. Y lloré –la puta madre que lloré– en debida y sagrada proporción al dolor que sentía. Sugey dejó en claro que es una profesional y que disfruta de lo que hace para ganarse la vida. Buscó cada nudo con la paciencia de quien enhebra una aguja sin lentes; y no bien los encontraba, los atendía con el rigor de quien prepara una salsa en molcajete. Sin tregua, cual si se tratara de un exorcismo, los cazó de la manera más eficaz y rudimentaria posible.

-Es que tengo que derretirlos, señor-, me decía.

-Lo bueno -remataba- es que lo voy a dejar tan cansado que va a dormir como recién nacido.

Son las cinco de la mañana mientras esto escribo. Hace cuatro horas que no pego el ojo. Debo admitir que no siento la molestia de hace algunos días; pero en su lugar me queda el recuerdo punzante del ferrocarril que me pasó por encima. De menos puedo decirles que he vuelto a tener hambre. Y eso, es sabido, es una excelente señal de recuperación en proceso. Mi espalda es en estos momentos una tabla de molienda aguardando algo de reposo. Solo espero estar en condiciones de recibir el año de una mejor manera, pues me lo debo y desde luego se lo debo a los míos.

Por lo pronto y aprovechando el viaje,  desde estas bellas playas del insomnio y sus efectos, no quiero perderme la oportunidad de desearles lo mejor para este 2023. Gracias por acompañarme un año más desde esta mi trinchera. Para mí siempre será un placer recibirlos. Cuídense, sean felices, libres, compórtense como gente de bien y por favor, no se estresen. Nos vemos por aquí el próximo año, espero ya sin contracturas ni razones para generarlas.

Un abrazo.

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