Verdad de Dios (la sonrisa).

¿Ya vio, joven Jerónimo? Ni aguantamos nada, oiga. Ya nos dio con todo la chillona. Lo bueno es que usted no se maquilla. ¿O sí? No, no se crea. De ninguna manera le estoy insinuando que usted sea… ¿O sí? Ya, perdón. No me haga caso, joven. Yo sólo quiero que regresemos con bien al camino de la risa. Es sólo eso. Se lo juro por la memoria de los míos. Ay, caramba. Tan bien qué íbamos, ¿no? Lo nuestro era así como que la cita perfecta. Qué pena con usted, no invente. Quién iba a decir que habríamos de terminar como plañideras en velorio de presidente municipal. Lo malo es que aquí ni quién nos pague. Lloramos del puro pinche gusto. Sin negocio ni malicia. Y siempre me he preguntado, no porque sea el caso, sino porque cada que lloro se me viene a la cabeza, qué tanto se llora por lo que se vive y qué tanto por lo que no hemos vivido. A saber, joven. Y mire, pasará la vida que seguiremos llorando y riendo y llorando. Lo que hace un parón del metro, ¿a poco no? ¿Pero a qué hora fue que nos tomamos muy en serio eso de drenar el alma, joven? Bueno, qué importa. Como sea ya estamos en estas aguas. Al menos de aquí nos vamos a ir más ligeritos del alma, que no sé a usted, pero a mí bien que me hace falta. Eso sí, con las nalgas planas de tanto estar sentados, pero ligeros como los cascos de una yegua sin brida. Ay, joven, mírese, ya se quiere reír. No me diga que le sonó eso de la yegua sin brida. A mí se me hace que usted, muy planchadito y peinadito, muy no mato ni a una mosca, pero le ha de dar rebien a eso de domesticar potrancas livianas. No se haga, ¿a poco no? Pura brincona en su catálogo, de esas que quieren todo, pero no aflojan nada. Si de que las hay, las hay. Pura madre de que sólo los hombres salieron cabrones. Si también hay viejas que le truenan las muelas a Satanás. Oiga, joven, espérese, no se limpie con la mano. Eso no va con usted. Está bien que me haya salido domador de fieras torcidas, pero no pierda usted el estilo. Guapo de tiempo completo, si no cómo chingados va a ser. Yo quiero llevármelo en la memoria íntegro, como de cuento, así que no me chingue el recuerdo. Ande, tome un pañuelo. Seque esos ojazos suyos que Dios le dio. Oiga, ¿y usted es o ha sido casado? ¿No? Claro. Ahora la gente no se casa tan joven. Eso está bien. ¿Cuál es la pinche prisa, no? ¿Y tiene planes? ¿No? Nada de nada. Exacto, todo a su tiempo. Hace bien, joven. Usted como debe de ser, verdad de Dios. Pero sabe qué, como sea, si me lo permite, le voy a dar un consejo. Sé muy bien que no hay peor consejo que el que le dan a uno sin haberlo pedido, pero espero me comprenda, tan pronto esta cosa avance ni usted ni yo tendremos la certeza de que nos volveremos a ver algún día y quién no le dice que la razón de todo esto sea, al final, el que esta vieja parlanchina le transmita un poco de su experiencia en la Universidad de la Puta Vida. Fíjese bien. Ni su mamá le va a revelar este secreto. Cuando sienta que ya va a doblar las manos. Que llegó a usted la mujer de mujeres; la suya, la que le toca en esta vida, por nada del mundo se precipite. No olvide que el amor, entre otras cosas, apendeja como el chingadazo de un ladrillo en la cabeza. Así que, guárdese dos cucharadas de prudencia, una de no me corre prisa y tómese su tiempo. Usted pruebe de todo y sin medida, al fin y al cabo, el que juzga la libertad lo hace más desde su propio exilio, que por una razón de verdadero peso. Envidia, pues, para que me entienda. Pero cuando vaya a juntar su vida con la de alguien, joven, no lo haga sin antes estar seguro de que es la persona indicada. Le digo que no hay infierno más caliente que vivir con alguien que no es para uno; ni bendición más fresca que dar con esa persona de la que uno no quiere apartarse. Se lo digo yo que, a Dios gracias, conocí los dos lados del espectro y hoy puedo hablar con los pelos de la burra en la mano. Así que sin prisa y con los pinches ojotes bien abiertos. Que nada ni nadie le quite esa sonrisa de quita alientos, mi joven Jerónimo. Nada ni nadie. Júremelo.

Mire, ya encendieron las luces. ¿Será que por fin ya vamos a avanzar? Ojalá que sí porque me imagino que se le ha de estar haciendo la mar de tarde. Pero ojalá que no porque la estamos pasando a toda madre. Ya sabe, las pinches disyuntivas de la vida. Espere. ¿Qué es eso? ¿El timbre? Si, es el timbre, joven. Van a cerrar las puertas. Por fin esta madre va a avanzar.

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