Verdad de Dios (el paraíso).

Del matrimonio, ya usted sabe, cada quien habla según le esta yendo en la feria. Ni siquiera de cómo le fue, sino cómo es que la está llevando en el momento. Puro juicio instantáneo, mi joven. Sin pasado que valga, harta opinión hacia donde sople el viento y del color del cristal con el que uno lo esté mirando. ¿O me va a decir que miento? Eso es algo que se ve en todas partes y sucede en todas las parejas. La de gente que hay que ha tenido un matrimonio chulo de bonito y sólo porque un día amanecieron de malas ya andan quemando las chingadas trajineras, diciendo que una cosa, que la otra, que mala la hora que decidieron unirse con ese o esa tal por cual. Mientras que otros que de verdad han hecho de su vida en pareja un jodido infierno de tiempo completo, sólo porque una noche se vieron bonito y se dijeron sus cosas tiernas, juran que todo ha valido la pena y hasta se dan el lujo de guardar la ilusión de que, por fin, las cosas van a ser diferentes. Hágame el bendito favor. Pero la verdad, la neta del planeta, como decían los amigos de mis hijos, es que la vida en pareja, joven Jerónimo, es una ciencia. Eso sí, déjeme se lo aclaro: a veces ciencia de esa que pone cohetes en la luna y a veces de esa otra que los estrella para desaparecer pueblos enteros. Por eso, en eso de beber un día con el creador y otro con el ángel caído, el reto, el jodido reto, verdad de Dios, es encontrar la estabilidad que nos permita saber hacia dónde hay que caminar cuando estamos, así, mire, bien arriba; y hacia dónde cuando se nos desmorona por semanas el calendario. Porque yo le juro, joven Jerónimo, que eso de la estabilidad es novela aparte. Todos hablamos de ella como se habla del paraíso. La vida entera nos han hecho creer que existe, pero dígame quién puede asegurar que de verdad lo ha alcanzado. No, señor. Cuesta trabajo llevar una vida estable. Un chingo de trabajo. ¿Y sabe por qué? Porque lo nuestro, lo que de verdad nos gusta, es el desequilibrio, los extremos, el atragantarnos con líos y pendejadas, para después tener de qué reivindicarnos. Porque toda la vida nos han hecho creer que en el arrepentimiento está el camino hacia la salvación y eso, con el perdón de las monjitas que me educaron en el convento, es una mentira del tamaño del cielo, por no decir que es una reverenda pendejada, con perdón suyo. Y es que la cosa, porque nos formaron, sí, desde la vergüenza y el recato para el agrado de Dios, pero al mismo tiempo sin soltar del todo la voluntad de chivo en cristalería que siempre nos reservamos para ocasiones especiales, es que nos gusta estirar la liga no porque sea necesario, sino porque morimos de las pinches ganas de saber hasta dónde llega y sin reparar en que podemos romperla. Y a todos nos pasa, joven. A todos. Se lo digo yo que comí pinole sólo para saber si podía chiflar. Basta con que nos amanezca el ánimo de maraca, que agarrar el ritmo, mire, ya es lo de menos. Yo, bendito Dios, chiflé. Y duro, joven Jerónimo. Pero en el trayecto también tosí. Y tosí como quien quiere dejar los pulmones embarrados en el piso. Pero en el toser y en el levantar los pulmones aprendí, porque tuve un profesor jijo de la muy gran chingada en el Ramiro, eso que ni qué, pero un maestro en toda la extensión de la palabra con mi Florencio del alma, que con la pareja ni tanto que queme al santo, ni tan poco para que no lo alumbre. Que la pasión se cocina en las cobijas, pero se ocupa más afuera de la cama, porque es ahí donde le da sentido, no sólo a los cariños y a los arrumacos, que igual son bienvenidos, sino a la convicción de ir juntos por la vida en las buenas y en las malas. Por eso lo mejor es la estabilidad. Pero no esa que se parece al paraíso, sino la que se construye en el día a día y a cada momento, incluida la posibilidad de poder fallar. ¿Me entiende? Que toca ir para arriba, pues vamos juntos para arriba. Que toca ir para abajo, pues jalamos juntos para abajo; cuidando, eso sí, de que ninguno se vaya a tropezar y terminemos cayendo de hocico contra el piso. Nada de jalar la liga disparejo. Tratándose del matrimonio el secreto es dando y dando, mi joven. A veces conteniendo, a veces prodigando, pero siempre y en todo momento, dando y dando.

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