Verdad de Dios (la tribu).

Nos casamos una tarde de sábado en la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto, ¿la conoce? Y a que no sabe quién nos casó, joven. Pues quién más, sino el padre Sosa. Obviamente estuvieron presentes todas mis monjitas y todos los del restaurante. Después de todo, ellos y nadie más era mi familia. Y es que la familia en la que uno nace, ya me dirá si no, joven Jerónimo, a veces sale defectuosa; o no es, más bien, como uno la quisiera. Y como viene de a huevo, a menos que como yo le meta los kilómetros de por medio para hacer distancia, pues se la tiene uno que soplar hasta la última sílaba. Afortunadamente, con eso de que la vida siempre concede revanchas, tarde o temprano se presenta la oportunidad de armar la otra familia, la buena, la de verdad, una a la medida. Así que, por fuerza de la voluntad que nos une a la gente que amamos desde el alma, ahí estuvieron todas. En primera fila, ya sabrá, con sus hábitos de gala, lo recuerdo como si apenas hubiese sido ayer, se sentaron Inés, Romina, Carmen, Otilia, mi sor Leticia, desde luego, a la que le tocó hacer las de mamá con todo y conmovedor llanto; y doña Susi, claro, que más seria y todo, pero también se le fugaron las de cocodrilo a la mera hora. Atrás de ellas, estaban todos los del restaurante, sonrientes como escuincles en resbaladilla. Al otro lado del pasillo estuvo la familia de Florencio, que desde entonces no ha sido mucha, pero saben suplir la cantidad por calidad; y su patrón, que dicho sea de paso, entre él y mi Susana pagaron casi todo. En el altar me entregó el Martín y él mismo cantó con su guitarra el Ave María. Paso a paso la misa fue avanzando y del yo confieso, pasamos a la comunión y de ahí al Padre Nuestro y luego al dense la paz. Cuando el padre Sosa dijo –puede besar a la novia– se le quebró la voz. Y cómo jodidos no, si a mí, que hasta entonces no había dicho nada, me temblaba la boca como si estuviera a mitad de un puchero. No sé si fueron los nervios o la incredulidad, pero yo sentía la urgencia de quien teme le digan que todo es un sueño. Creo que hasta pellizqué dos veces al Florencio mientras me retiraba el velo. Nos dimos un beso sobrio y maraquero. Ya vendría el momento de comernos con la fiereza que corresponde. En cuanto separamos los labios y dimos la cara a quienes nos acompañaban, todos nos aplaudieron y nos rodearon para felicitarnos. A saber si en todos los casos sea lo mismo, joven, pero yo haga de cuenta que estaba y no; que era, pero no yo. Lo que quiero decir es que evidentemente estaba ahí, y que era yo, pero, de esas cosas raras que luego tiene la vida, todo lo veía como desde afuera, en otro tiempo, a otro ritmo, como en cámara lenta, ¿sí me entiende? Es como si le pasaran a uno la película desde otro ángulo y que entre las sensaciones nuevas y las viejas y el no saber cuál es cuál, las rodillas crujen, los brazos te descobijan y el alma se te hace girones, pero a diferencia de otras ocasiones en las que una quisiera salir corriendo, ahí te quedas, pues algo en la mente te dice que ese es el precio a pagar por comenzar de cero tu propia historia. Toda mi vida había andado muy rápido, joven. Toda. Siempre con prisa, con urgencia de comerme el mundo. Y en ese instante, aunque todo pasaba rápido por mi cabeza, había algo distinto. Un remanso, qué sé yo. Entonces, cuando más trataba de entender lo que sentía, llegó el papá de Florencio. Me miró con un puchero más grande que el mío, me tomó de los hombros y me dijo –felicidades, hija-. Hija. Me dijo hija, joven Jerónimo. ¿Sabe cuánto tiempo que no escuchaba a nadie llamarme así? Años, muchos años. Y aunque yo le juro, verdad de Dios, que yo creía haber cancelado las emociones relacionadas con esa palabra, el volverla a escuchar me sacudió desde lo más profundo de mi ser. Balbucee como una pendeja. Quise decir gracias pero sonó a todo menos a eso. Reí, lo miré, volví a reír y nos abrazamos con la fuerza de quien no sólo se da la bienvenida, sino que al mismo tiempo cierra un pacto de lealtad a prueba de diluvios y apocalipsis. Sin poderme contener más, coloqué la frente sobre su solapa y lloré lo que creo que no había llorado en todo ese tiempo. Entendí que el alma, como las presas, hay que drenarla con cierta frecuencia. De no hacerlo así, tome nota de esto, joven, irá uno por la vida ahogado hasta el cogote de emociones estancadas y apestosas, a riesgo de desbordarse con cualquier gotita impertinente que termine por hacer de eso un cagadero. No fue el caso. No hubo tal cagadero, sino todo lo contrario. Bajo el fiel cobijo de mi suegrito, por un breve instante me dejé llevar por la emoción y el sentimiento. En pocas palabras, esa tarde me casé y encontré sosiego; y eso, con su perdón, cómo chingados no, había que celebrarlo. El festejo se hizo en el restaurante. Ya ni le platico de qué tamaño se puso la comilona. Bueno, lo que es: la comilona y la bebedera. Cantamos y bailamos como nunca antes. Reímos y también lloramos y así, conforme pasaron las horas, el festejo tomó tintes de ritual. Sí, joven, eso fue, el ritual de la tribu. Mi tribu. La mera buena, la más chingona, verdad de Dios.

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