Verdad de Dios. (el amor).

Trabajando con la Susi fue que conocí a Florencio. Él trabajaba para don Beto, el que surtía de todos los insumos que ocupábamos en el restaurante. Éramos unos chamacos. Él más que yo, qué más que la verdad. Cuando lo conocí yo ya tenía veinte años y él, aunque se las daba de mayor con un bigote escaso que daba más risa que presencia, arañaba los dieciocho. Florencio iba los lunes a las cinco de la mañana al restaurante a dejar la carga y los sábados a las tres de la tarde a cobrar la cuenta. En un principio, Martín lo recibía los lunes y Susi los sábados, pero con el tiempo, la suerte y el destino quisieron hacer mías ambas faenas. No vaya a creer que lo nuestro fue amor a primera vista. Al contrario. Las primeras veces apenas y cruzábamos palabra. A saber si por culpa del pinche bigotito, pero él era muy serio cuando se trataba de trabajo y yo, arisca, como consecuencia, sí, de los madrazos que desde muy temprano me había llevado, tampoco facilitaba demasiado el trato. Iba, entregaba, yo recibía y a la chingada. Volvía, me daba la nota, le pagaba y de regreso. Así un día tras otro, verdad de Dios. No lo recuerdo bien, pero yo creo que nos habrá tomado un año mínimo romper el hielo. ¿Y sabe cómo fue? Ni se lo imagina. Un lunes se me hizo tarde para ir a recibir la carga. Cuando llegué al negocio él estaba afuera, recargado en la puerta de su camioneta con dos vasos de champurrado en las manos. De lo serio que era yo hasta miedo tenía. Miedo de que, con justa razón, me la armara de pedo; y pavor de que fuera a quejarse con Susana. Me acerqué directamente a pedirle una disculpa y sin dejarme explicarle nada, extendió uno de los vasos y sólo me dijo -olvídate de angustias y no arranques tu día con el estómago vacío-. Me pidió las llaves, abrió la bodega y se puso a descargar. Obviamente llegó Susi y Florencio todavía no terminaba. Extrañada, se acercó para saber qué había ocurrido y Florencio, todo caballeroso, se disculpó diciendo que él era el responsable de la demora. Se inventó que en el camino se le había ponchado una llanta y que por ello no pudo llegar a la hora acostumbrada. Susana, que estoy segura no se comió ni una de esas palabras, se dio media vuelta, me miró de reojo y me dijo que le preparara algo de desayunar al muchacho, porque no era de Dios andar con la panza hueca a esas horas. Santo remedio para las distancias que nos traíamos ese y yo. A partir de esa ocasión, yo procuraba llegar media hora antes todos los lunes y preparar algo sencillo. Él llevaba los atoles y desayunábamos entre anécdotas y risas; y ya sabe, unas que otras miraditas, rubores y esas cosas. Después entre los dos descargábamos la camioneta y para las siete que llegaba Susana, ahí no había pasado nada. Después. los sábados él llegaba con una flor o una paleta. Contaba el dinero, me guiñaba el ojo, nos sonreíamos y antes de que alguien nos viera, se iba a seguir su ruta y a contar las horas, según después me dijo, para que llegara el lunes. Nos hicimos novios cuatro meses después, un sábado que se armó de valor y me invitó al cine. Ni lo pensé. Le dije que sí creo que antes de que acabara de hacerme la propuesta. Me refiero la de ir al cine, no se vaya a ir usted con la finta. Fíjese que hasta pasó por mí a la casa y todo. Llegó el chamaco echando tiros. Había pasado a la peluquería y hasta el bigote le habían arreglado. Olía a bálsamo mentolado, no se me olvida. Me abrió la puerta de la camioneta y nos fuimos directo al cine Teresa, el que todavía está sobre Niño Perdido, ¿si lo ubica? Vimos, si la memoria no me traiciona, la de Dos tipos de Cuidado, con Pedro Infante y Jorge Negrete. A la salida, todavía con media bolsa de palomitas entre las manos y una llovizna leve cayendo sobre nosotros, me tomó de los codos y me pidió que nos hiciéramos novios. ¿Y sabe algo, joven Jerónimo? Contrario a lo que hasta ese momento había supuesto, no sentí nada de miedo. Sentí ansiedad; o eso que dicen se siente cuando por fin se encuentra una de frente con el amor bonito, el de verdad.

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