Verdad de Dios (el banquete)

Pues sor Leticia no fue mi madre de sangre, pero hizo por mí más que cualquier otra persona en esta ciudad. De entrada no dejó que me fuera así como que a mi suerte. Apenas se enteró de mi decisión se encargó de que tan pronto como pusiera un pie afuera del convento, yo ya tuviera un techo donde pasar la noche y un trabajo para ganarme el sustento. Para eso me mandó directito con su hermana, la Susi, que aunque tenía el mismo carisma y corazón que sor Leticia, ella era, en cambio, el alma del carnaval en toda la extensión de la palabra. No era mala, para nada. Era libre, ¿me entiende? Sin ataduras ni apegos. Vivía el momento y lo hacía en grande. Se encomendaba a Dios en las mañanas al abrir su negocio y en la noche cuando daba gracias por terminar la jornada de pie y alimentada. El resto del día, decía, había que ingeniárselas con lo que se tuviese a la mano, que Dios no iba a dejar de atender las guerras para bajar a resolver nuestras tonterías e incapacidades. Ella tenía un restaurante en la calle de Ayuntamiento y pues ahí llegué a trabajar. Primero me puso en la cocina lavando trastes. Luego puso a prueba mis habilidades haciendo mole y tamales y al cabo de los meses terminé de mesera, donde la verdad me iba de lujo con las propinas. Ella tenía una casa enorme a unas cuadras del restaurante. Y cuando le digo grande, joven, no se imagina de verdad el tamaño. Tenía como unos seis cuartos y un patio gigantesco al centro. Parecía un palacio. Esa casa se la había dejado un marido que tuvo. Nunca decía el nombre, pero debió ser alguien de alcurnia. La identidad era un misterio. Unos decían, porque siempre se dicen esas cosas entre los pasillos, que se trataba un político muy importante en aquellos tiempos. Otros, imagínese, que el maridito no había sido otro que Agustín Lara. La verdad es que a mí me daba pena preguntarle y mire que oportunidades tuve, pues a diferencia de las otras muchachas que trabajaban para ella, yo sí llegué a vivir en su casa, desde luego, por encomienda expresa de mi sor Leticia. Pues como le digo, joven Jerónimo, yo si tuve oportunidad de preguntarle y nunca lo hice. Fíjese que cada martes, que por alguna extraña razón era el día más flojo en el restaurante, nos pedía que cerráramos más temprano, así que a las cinco se bajaban las cortinas y ya nadie entraba. Lo más lógico es que nos dejara terminar de afanar y de ahí ya nos fuéramos a nuestras casas, pero la Susi nos decía que dejáramos todo, que decoráramos una mesa en el centro y que sirviéramos de lo que hubiésemos preparado ese día. Pero imagínese, joven, nos pedía que lo hiciéramos a lo grande, sin escatimar. Platos llenos y jarras hasta el tope. Ella, como la patrona que era, destapaba una botella de mezcal, cortaba una tres naranjas en rodajas, ponía un platito con sal y chile piquín y como que se le hacía tarde, empinaba el codo con singular alegría. Cuando ya estaba medio bebida, le pedía a Martín que sacara la guitarra y que se pusiera a cantar. El Martín le cantaba unos boleros preciosos, verdad de Dios. Unos que ni yo conocía. Y ella los cantaba todos como si de su inspiración hubieran salido. Pero al cabo de unas cuantas de esas canciones, levantaba la mano, chasqueaba los dedos y el Martín se arrancaba con las de Agustín Lara y a partir de ese momento, y de ahí el rumor que ya le dije, el canto se volvía llanto y la alegría, lamento. Ahí se nos desmoronaba la Susi, que más que la verdad. Yo hasta un día le dije al Martín –ya ni la chingas, si ves cómo se pone y tú que le das cuerda-, pero el Martín, verdad sea dicha, sólo seguía órdenes de la Susi y pues, como bien dicen, donde manda capitán, se la pela el marinero, ¿a poco no, joven?

Pues imagínese, Jerónimo, después de semejante comilona, salíamos del restaurante hasta eso no tan tarde. La Susi terminaba fumigada. No había modo de que caminara ni dos pasos. Entonces el Martín iba por su coche y entre él y yo la subíamos para recorrer las dos cuadras que nos separaban de la casa. La metíamos con mucho esfuerzo, no tanto porque ella se resistiera, sino porque iba en peso muerto. No nos ayudaba ni tantito. Apenas llegábamos a la sala la sentábamos en el sillón más grande para que se dejara caer como mapache al basurero. Se quedaba dormidísima. Extraviada, joven. Como bebé recién alimentado. Durante tres horas se desconectaba del mundo para volver en sí dueña de una jaqueca del tamaño de su osadía. Y pues ahí estaba yo, con un café bien cargado y un pan de dulce para devolverla al reino de los vivos. A la Susi se le iba en reír y pedir disculpas. Bebía su café con la parsimonia de quien acaba de salvar la vida y aún no sabe cómo o por qué; eso sí, sin dejar de mirarme como queriendo preguntar el tamaño de desfiguro que se había organizado. Ahí era cuando tenía la oportunidad de preguntarle qué recuerdo o qué ausencia le llevaba a beber de esa manera. Y por qué los martes. Pero nunca lo hice, joven Jerónimo. Tal vez, de haberlo hecho me hubiese respondido. Confianza hubo con el tiempo. Pero a la par de confianza por igual hubo, y creo que eso pesó más, un chingo de respeto. Respeto por el dolor ajeno, por el silencio y el duelo del prójimo y por la certeza que con el paso de los años fui arraigando, de que hay penas inaccesibles en las que es mejor no indagar.

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