Verdad de Dios (el tiburón).

La suerte quiso que a los pocos días Otilia tuviera que ir a la escuela a arreglar un lío en el que se había metido Néstor. Con los antecedentes que yo tenía no me era muy complicado suponer de qué se trataba, así que, entre el sermón del director, la determinación del castigo, y el regaño mezclado con el desconsuelo de Otilia para Néstor, tiempo y espacio habría para que se acomodaran las cosas. El único pendiente era que el sonso de Rolando entendiera las señales y se apareciera en la casa apenas su mamá saliera de ella. Y quiero aclararle algo, joven, para que no me mal entienda, porque a veces parece que, con tal de pasar por eternas inocentes, a las mujeres nos encanta pagar el precio de dejarnos en el papel de pendejas; no es que yo fuera mala en eso de insinuarme, qué va. Tan buena era como que no fue la casualidad la que me había llevado a esa casa. De que me sabía dar a desear, claro que lo sabía, pero de que desconfiaba de la habilidad del baboso ese para leer mis señales, pues sí, que más que la verdad, desconfiaba y un chingo. Pero al final, verdad eterna es que los hombres son como los tiburones; no bien se les cuela el olor de la víctima ya andan rondando hasta dar con el bocado. Y como fue, joven. Otilia cerrando el zaguán y el puberto en cuestión entrando a la casa, cual ladrón, por la ventana del comedor. Se deslizó como lagartija. Apresuró el paso y se detuvo en la entrada de la cocina y sin pronunciar palabra, se empezó a morder los labios. Un ramillete de ansias el Rolando. Yo lo miré y sin más me encaminé hacia mi cuarto. Esperé unos segundos antes de entrar y dejé abierta la puerta. Digo, si el muy idiota no entendía el mensaje ya no era mi culpa, ¿a poco no? Pero, como le dije, él ya estaba que asomaba la aleta por la bragueta y le urgía saber lo que se iba a comer. Dio unos pasos como de torero abriendo plaza y aunque se las quería dar de matador, algo había en su andar que le delataba más bien su condición de novillero. Estaba nervioso, con la respiración agitada y su bultito queriendo romper las costuras de un cierre que, estoy segura, nunca antes había pasado por esos apremios. Yo me senté a la orilla de la cama y le hice saber, usted me entiende, que lo estaba esperando. No me quitaba la mirada de encima. Entonces se deshizo de la ropa como si estuviese envuelto en llamas y tan pronto se mostró desnudo ante mis ojos, la respiración se le entrecortó, le vinieron dos sacudidas rápidas, dobló el cuerpo a la mitad y arrojó al piso su chisguete. Yo ni siquiera me había quitado nada y él ya había terminado, figúrese, joven. Así de fácil ya estaba donde yo quería que estuviera. Sin más astucia que una traición de la imaginación y la premura, el carpinterito se había colocado en el mismo escalón que su hermano: uno por flor que sacude el viento y el otro por me vengo nomás de verte. Evidentemente, la moral se le evaporó y el ánimo se le desmoronó por completo. Sus cachetitos se pusieron colorados y los tanates se le fruncieron como pasas viejas. Sus piernas eran unas maracas. Lo recuerdo y me gana la risa, verdad de Dios. ¿Qué pasó? ¿No que muy chingón, mi Roli? ¿Así vas a ser de carpintero? Es al revés, ¿no?, primero se clava y luego se barniza. Obvio que todo eso me lo decía en la cabeza, a él ni una palabra, no vaya usted a creer que estaba haciendo leña del árbol caído. Yo, mire, no perdía ni el estilo ni el deleite y para hacerle más cruel el trance, me desvestí frente a sus ojos y me metí a las sábanas. Él me miraba como perro en carnicería. Y cada que hacía el intento por recobrar el control de la escena, lo que le venía de vuelta eran las sacudidas y las escurridas. En un dos por tres se nos había hecho charal el tiburón, joven. Estiré la mano y le acaricié como para ayudarle a recobrar vida. Pero qué iba a recobrar vida ese pobre. Cada que medio se alzaba, se estremecía como el náufrago que recupera la respiración, no sin antes arrojar el exceso de agua que se ha tragado. De ahí no pasaba, se lo juro. Él no sabía si llorar o pedir disculpas. Yo lo consolaba a mi manera. Aunque a decir verdad estaba más bien conjurando en él mi desquite con el tío. Destruido su orgullo, lo metí a la cama para que descansara un poco. No hay peor fatiga que la de esforzarse de nada, ¿a poco no? Y él estaba fundido, joven. Fun-di-do. Parecía un conejito indefenso de esos que sólo saben mover la nariz para decir que están vivos. De inmediato se quedó dormido y yo a la espera. Cuando finalmente escuché el ruido de la puerta, abracé a Rolando y me hice la que igualmente estaba dormida. Sólo cierre sus ojitos, joven, y piense en la escena. La ropa de ambos tirada por todas partes, la cama revuelta y encima de ella, el cuerpo de Roli tan encuerado como exhausto y el mío prendido de él como si no quisiera que se me escapara. Cuando Otilia nos encontró fue el tiro de gracia para ella. Gritó como desquiciada. Los ojos, que de por sí ya venían hinchados de tanto llorar, se le pusieron como de dragón a punto de lanzar su fuego. Despertó a Rolando a punta de golpes con el puño cerrado. No parecía la reacción de una madre, sino la de una esposa herida y traicionada. Yo me apuré a vestirme muy segura de lo que se me venía. El Néstor, que se escondía detrás de la puerta, no dejaba de mirar en silencio todo lo que ocurría ahí adentro y como no queriendo, quizá conmovido por la parte de recital que ya le había tocado, hasta me ayudó sacando un poco la maletita que yo ya había preparado por si había que salir como bombero. Tan pronto Otilia puso al Rolando de puntitas hacia su cuarto, se volteó en contra mía para darme, según ella, mi merecido. Me prendió de las greñas y me surtió dos patadas. Me escurrí como pude, agarré al vuelo la maleta y de dos empujones me puso de patitas en la calle sin bajarme de puta aprovechada. Rolando, que se había quedado en la sala, seco y puteado como espantapájaros, vio cómo su madre ardía en desconsuelo, buscando por igual a ese quien se la había hecho, que al otro que estuviera en la disposición o el descuido de pagársela. El dios que la gobernaba no era de esos que calman su ira con rezos, sino con sangre. Azotó con fuerza la puerta sin parar de gritarme. A saber cuánto tiempo se quedó ahí diciéndome las buenas y las malas, joven. Los pocos vecinos que estaban en la calle brincaron del susto cuando escucharon el portazo y me miraron partir, sin saber a ciencia cierta lo que estaba ocurriendo, con la melena toda desacomodada, sí, pero altiva como quien termina por salirse con la suya. Desde el balcón, alcancé medio a darme cuenta, Josefina me siguió hasta que di vuelta en la esquina. En algo se estaba reivindicando ella también con el borlote. Pobre mujer, ahora que lo pienso. Ojalá ella haya rematado sobre los despojos que la hermana iba a dejar del Ramiro en cuanto se apareciera por la casa. Pero bueno, acá entre nos, joven Jerónimo, la Otilia pegaba duro. Me dolieron los golpes y los jalones de greñas. Sus palabras no, esas se me escurrieron como si se las hubiese tirado a un sordo. Pero los golpes y los tirones, eso sí que se sintieron. Estoy segura de que esa ocasión perdí un buen manojo de pelo, pero a cambio había recuperado mi libertad y le había dejado al Ramiro el campo repleto de minas para el resto de sus días. Su hermana no sólo era su adoración, sino también su escudo, su cómplice. Apenas se asomara, así le iba a tocar. Yo, la pobre pueblerina, le había tumbado de un solo movimiento el pedestal y el refugio. Ahora se la iba a tener que ver con la única mujer a la que se cuadraba sin reservas. Por lo pronto yo, ya le digo, era libre. Aunque todavía no tenía la más mínima idea, verdad de Dios, del para qué me iba a servir eso.

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