Verdad de Dios (la revancha).

Regresó Ramiro y sólo pasó a casa de Otilia a ver si no se ofrecía nada. No crea que me sacó, ni que me llevó con él. Sólo llegó, dejó dinero, me metió a la cama, descargó sus ganas y a medianoche se largó con el argumento de que tenía cosas que hacer muy temprano. ¿Y dónde vas a dormir?, le pregunté. Eso te vale madre, me respondió. Te traje de mi mujer, no de mi madre. Se cerró la chamarra, se peinó el fleco y salió como si nada. Así, una detrás de otra, me fueron las cosas durante tres meses y medio. Otilia explotándome, Ramiro apareciendo y desapareciendo y pura madre que yo conocía todo cuanto me había dicho que iba a conocer de la ciudad. La última, recuerdo, mientras se preparaba para irse, le dije a Ramiro que quería ir a mi pueblo a ver a mis padres. El muy hijo de la chingada, no me lo va a creer, joven, sólo puso esa pinche sonrisita que me recontra encabrona de sólo pensarla; me miró de reojo y me dijo: ¿Al pueblo? ¿Qué pueblo? No tengo idea de lo que me estás hablando. Ya no dijo más. Se levantó de la cama y sin siquiera voltearme a ver, se fue silbando como padrote. Yo, verdad de Dios, me quedé con ganas de apretarle el pescuezo. Ahorcarlo hasta que la pinche sonrisita se le hiciera cagada en los calzones. Sentí furia y no porque se hiciera el chulo “no-tengo-idea-de-lo-que-me-hablas”, sino porque finalmente había comprendido muchas cosas. Entre ellas, que cada que el desvergonzado salía de casa de Otilia, después de usarme de su pendeja bacinica, en realidad se iba al piso de arriba a dormir con la tal Josefina, que puras pinches habas que era su prima, ni que estaba loca, ni que era lejana, sino que en realidad era su mujer y la madre de su hija, que para acabarla de chingar tenía los mismos años que yo. Y así fue como conocí el despecho, joven. De esa manera fue que supe el ciclón en que puede convertirse una mujer apenas se deja llevar por el emputamiento. Y me juré, por primera vez que yo recuerde, que así no se quedarían las cosas.

Apenas amaneció, me puse a hacer todo lo que había dejado pendiente por meterme al cuarto con el Ramiro. Naturalmente Otilia no lo iba a hacer en mi ausencia, ¿verdad? Así que hice el desayuno y mientras los muchachos se lo comían, me puse a lavar los trastes. Yo había llorado mucho, que más que la verdad. Traía los ojos como de sapo, así de hinchados, así que lo que menos me interesaba era ver a la cara a los engendros esos. De repente, no sé cómo, veo que el Rolando me estaba mirando las piernas. Lejos de sentirme incómoda, se lo juro, fue como si se abriera el cielo para mí. Supe luego luego que esos ojitos que me estaba echando Rolando eran una oportunidad de oro para yo planear mi venganza. Para eso tenía que echarme al Rolando al plato lo antes posible. Los días siguientes tiré el anzuelo a placer. Pantalones más ajustados, blusitas más ceñidas y al final, el golpe de oro, el vestido aquel con el que dizque me casé con el mequetrefe del Ramiro. Rolando, que muy galán y lo que haya sido, pero no tenía novia conocida, así que iba cediendo poco a poco a mis encantos. Primero se resistía, la mera verdad. Yo creo que sentía que su madre lo pondría pinto y parejo no bien descubriera que se traía algo conmigo. Pero si el plomo se derrite tan pronto se arrima al fuego, los hombres con mayor razón, y a esa edad, me canso que doblan las manitas, ¿o no, joven? El día del vestido, qué le cuento, se puso el carpintero inquieto como chivo en cristalería. Ahora sí que quería clavar su clavito y para su deleite y dolor de cabeza, a mí me sobraban chipotes para ser su tabla. Lo que nunca, hasta sus platos fue a dejar al fregadero. Ahí, aprovechando el viaje, se acercó a mí de más, y como no queriendo la cosa, echó un ojo por arribita de mi escote. Yo lo miré con una sonrisita colmilluda y no hice ni el intento por cubrirme. Entonces miré hacia abajo y alcancé a notar el pequeño bultito que ya se había formado en el frente de sus pantalones. Ese arroz ya estaba más que cocido, joven. Cuestión de tiempo para que a la primera oportunidad yo pudiera poner en marcha mi ansiada revancha.

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