Verdad de Dios (la familia).

Cuatro días estuvimos en esa habitación, comiendo cualquier cosa y desgastando el cuerpo como si no hubiese un futuro por delante. De repente, a pocas horas de que anocheciera, Ramiro se levantó de la cama, se vistió y con un tono grosero e indiferente me apuró para que me alistara. Dijo que no podía pasarse toda la vida metido en la cama conmigo. Que tenía que trabajar y que para eso no había más tiempo que perder. ¿Te voy a acompañar?, le pregunté. Respondió que no. Que me llevaría a casa de su hermana, donde iba a vivir mientras él anduviera de viaje. Salimos del hotel y Ramiro ya era otro. Luego luego se le notó la diferencia. El tono de voz, la expresión de sus ojos, la forma en que evitaba mirarme. Yo en ese momento qué le iba a estar dando importancia. Yo lo que quería era comerme todo cuanto pasara frente a mis ojos. Tantas luces, tantos autos, tanta gente. Era otro mundo y yo ya contaba las horas para salir y recorrerlo todo. Figúrese, joven, todavía estaba segura de que lo haría. Y cómo no, si después de todo, eso era algo de lo mucho que este señor me había prometido. Por más que hago memoria, no sabría decirle por dónde anduvimos, pero sí recuerdo que llegamos muy rápido a la casa de su hermana. Era una casa más o menos grande, de dos pisos, algo descuidada. Estaba en un callejón de la Peralvillo, muy cerca del mercado de artesanías, ya no me acuerdo del nombre de la calle. Arriba vivía una señora a la que siempre me dijeron debía evitar. Se llamaba Josefina. Decían que era una prima lejana de Ramiro, que estaba loquita y que le daba por madrear a la gente sin previo aviso. Abajo vivía Otilia, la hermana, con sus hijos y Nelson, su esposo, a quien más allá del nombre de enano, jamás le conocí el rostro porque según también se la pasaba todo el tiempo de viaje. El chiste es que cuando entramos a la casa, Otilia y los muchachos estaban terminando de cenar. ¿Usted cree que no fueron capaces de invitarme siquiera un plato de frijoles? La verdad es que desde el primer momento me hicieron sentir que yo sobraba, que era invisible, qué sé yo. Si algo me toca reconocerles es que nunca hicieron el más mínimo esfuerzo por negar la cruz de su parroquia. Eran culeros, usted disculpe la palabra, y siempre se comportaron a esa altura. Ella, que era la copia fiel de Ramiro pero sin bigote, me miró con unos ojos de pistola, que para qué le cuento. Y los hijos, Néstor y Rolando, ni siquiera se tomaron la molestia de verme. No los fuera yo a convertir en piedra. Bueno, debo decirle, como anticipo para mantenerlo atento, ¿a poco no?, que algo por el estilo ocurrió, pero todavía no llego a esa parte. No falta mucho. Téngame paciencia. Pues ya le digo, saludaron al tío y yo, haga de cuenta, como si no estuviese ahí, parada enfrente de ellos. Te la encargo, dijo el cabrón. Luego vengo por ella. Otilia sólo asintió con la cabeza y señaló el camino hacia lo que era el cuarto de servicio. Que no salga hasta que yo regrese, le pidió Ramiro. Metió mis maletas al cuarto, esperó a que entrara, cerró la puerta y no supe de él por tres semanas.

Otilia me trajo de su sirvienta desde el primer día. Se las daba de señora de la casa y yo no era sino su lacaya. Limpia aquí, limpia allá. Barre, trapea, los trastes, ese baño está sucio, ¿no has lavado la ropa? Néstor, que habrá tenido unos once años, me hacía la vida imposible, desordenando todo lo que yo ya había puesto en orden. Tiraba el jugo en el piso de la cocina. Metía tierra del patio. Se orinaba afuera del escusado. Un día, ya casi al final de esas primeras tres semanas, lo encontré bailando frente al espejo que estaba al final de un pasillo. Tenía puestos los tacones de Otilia, dos pares de calcetines debajo de la playera simulando unos senos y la boca pintarrajeada de rojo. En cuanto me miró en el reflejo se quedó inmóvil. Abrió los ojos como dos pinches zaguanes y balbuceó un no le digas a mi mamá, que más que escuchar, descifré leyéndole los labios en el espejo. Yo me hice la que no había visto y seguí trapeando como si nada. Así como me truenan los dedos, envuelto en un puchero que amenazaba con delatarlo, corrió al cuarto de sus padres y se encerró para cambiarse de ropa. Habrá también llorado para adentro su carnaval, porque tardó en salir todavía un rato. Lo que me quedó claro es que Néstor era rarito, pero no pendejo. En chinga supo que mi silencio tenía un precio y sólo así fue que le bajó de ganas, parándole de inmediato a su desmadre. No es que cambiara su trato hacia mí, pero al menos ya no se metía conmigo. Eso, joven, como quiera verse, ya era ganancia. Rolando, era caso aparte. Quince años, aprendiz de carpintero con ínfulas de arquitecto el muy idiota. Guapetón hasta eso, o al menos así lo recuerdo, pero sus aires de grandeza, idénticos a los de su madre, hacían que fuera más fácil odiarlo que desearlo. Cada que regresaba del taller entraba a la casa como si viniera de construir un acueducto. En ocasiones traía algunas piezas pedorras que presumía había cortado, unido y pulido por horas. Otilia, verdad de Dios, todo le festejaba. Veía en él un futuro grandioso del que habría que colgarse para salir, más tarde que temprano, de esa colonia popular, muy ajena de todo cuanto ella creía merecer. Por eso, y no por otra cosa, había que tener al príncipe más consentido y satisfecho. ¿Adivine a quién le tocaba cumplirle hasta el último de sus antojos? Pues claro, a la pendeja de Chabela. Sírvele de comer a Roli. Plánchale sus playeras a Roli. Ten cuidado con las creaciones de Roli. Roli, Roli, Roli. Y el otro, como lagarto que se ha adueñado de la orilla del pantano, sólo abría la boca para tragar o para decir pendejadas. Usted pensaría que Néstor era el eslabón más débil, pero no. Su hermano, de tan consentido, resultó ser todo lo idiota que el Néstor no era. Y eso siempre se lo voy a agradecer a Rolando, Rolandito, Roli. No olvide ese nombre, joven Jerónimo, porque ya le digo, el susodicho no tardará en aparecer de nuevo en esta historia. ¿Otra perita?

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