La fantasía del domador.

A la distancia, nubes de polvo se levantan como si fueran señales de humo. El ruido que el arrastre de las llantas genera al bajar de la colina convoca a todos, especialmente a los niños, a salir de sus casas. Aún están lejos, pero la emoción es tanta que nadie se priva de esperarlos. Alguna virtud debe dejar el viajar en caravana. A estas alturas ya nadie lo duda. El circo ha llegado al pueblo.

No bien levantan la carpa, el circo se asume una aldea dentro de la aldea que le acoge. Remolques por aquí y por allá hacen lo mismo de villa que de frontera. Gente que va y viene, que lleva y trae, que ríe y suda con el fragor de levantar lo que otros por tanto tiempo han esperado. Su presencia provee de vitalidad a un páramo normalmente yermo, sin que por ello, a pesar de las ilusiones de muchos, el espectáculo pierda su aire itinerante.

Es la hora del estreno. Payasos y fenómenos. Enanos y trapecistas. Amazonas y sus caballos. El hombre bala, la mujer barbuda, el señor lagarto. Todos están ahí dispuestos a brindar su arte y oficio. Y la gente responde, les ovaciona. Se brinda a ellos con el arrebato de un grito o una carcajada. Pero nadie, es por todos sabido, encarnación del valor y de la supremacía humana, imagen cada vez más desgastada, por cierto; nadie arranca la admiración y el respeto de la concurrencia tanto como el domador de fieras.

Ettore tenía 61 años aquella trágica noche. Veinte días antes el circo de la familia Orfei se había instalado en la población de Triggiano, en el sur de Italia. Ettore era considerado uno de los mejores domadores de fieras de Europa, quizá del mundo. Era, sin duda, la principal atracción de aquel circo con más de ocho décadas de existencia. Quienes lo conocieron refieren de él su dedicación y profesionalismo; la humildad con la que todos los días trabajaba con sus animales y la pasión con que asumía el oficio que practicó durante largos años. Sus cuatro tigres eran su vida entera, declaró la dueña del circo a las autoridades. Entre ellos, afirmó, había una relación de mucho afecto.

Nadie sabe qué ocurrió exactamente ese jueves alrededor de las siete de la noche. Su amor por lo que hacía lo impulsaba siempre en la búsqueda de la excelencia, así que decidió que era buen momento de practicar su acto. De inicio todo marchó bien en el ensayo, hasta que tocó el turno de hacer subir a uno de los tigres por una escalera. Inexplicablemente el tigre se rehusó en dos ocasiones y Ettore debió presionar al felino para concluir lo que habitualmente salía a la primera. El tigre subió un escalón y en vez de seguir, se abalanzó sobre el domador, derrumbándolo de inmediato. En el instante los otros tres tigres se sumaron al ataque. Relatan que los cuatro felinos “jugaron” con el cuerpo de su domador durante treinta minutos antes de que pudiera ser rescatado. Lo llevaron al hospital aún con vida, pero las heridas eran de tal gravedad que Ettore Weber, la gran estrella del Circo Orfei, murió a las pocas horas.

Hace más de un año que el circo se instaló en mi pueblo. Desde entonces da funciones todas las mañanas. No hay día que de sus pistas no emanen las noticias de vuelos y maromas; comedia y payasadas; fantasía e ilusiones por doquier. Quienes de él participan, más que actores son comparsas, cuya función esencial es seguir incondicionalmente al dueño, no importa que éste les cambie la rutina a mitad de la función. Cada día que pasa, espectadores involuntarios, nos vamos de la carpa con la idea de haberlo visto todo, ciertos de que nada puede ya tomarnos por sorpresa. Y sin embargo, se esmeran. Vaya que se esmeran.

En la función de ayer, ataviado como corresponde a la estrella del espectáculo, bajo los reflectores que coronan la pista de los otros datos, el presentador oficial de esta quimera, previo redoble de los tambores, ha anunciado, látigo en mano, que se ha podido domar la epidemia. Lo nuestro, entraña el mensaje, es un éxito sin precedente. Nadie lo ha hecho mejor que nosotros –que ellos-; y eso debiera, si es que no somos más que un puñado de ingratos, hacernos sentir tranquilos y, en una de esas, orgullosos de lo que esta compañía hace por su gente. En otras palabras, damas y caballeros, ya tenemos domador, no de fieras, mejor aún, de pandemias. Y atendiendo el método, será la primera vez que ello ocurra, pues nadie, que yo sepa, había logrado domarlas con solo maquillar a las bestias.

Por lo pronto, no olviden la historia de Ettore. Yo se los suplico.

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