Sin más prisa.

Abres los ojos en el preciso instante en que un rayo de luz se cuela por el único hueco que se hace en la persiana. Es, como el de todas las mañanas de primavera, un destello fino, preciso y contundente. Suficiente para espabilarte, no importa que el reloj te diga que aún tienes tiempo para permanecer en la cama. Bostezas. Carraspeas y aclaras la garganta. Apenas asoman las ganas, eres cauto al estirarte, pues lo que menos quieres es despertar a quien te acompaña. Por eso de vez en vez le miras de reojo. Constatas que ella sigue felizmente dormida. Sin dejar de mirarla, abres los ojos como si quisieras que cupiera el mar en ellos y jalas aire hasta llenar tus pulmones. Pasan los años y prácticamente en todos los amaneceres es la misma escena. Sin embargo, te sorprendería si lo meditas, cada uno lo vives como si apenas fuera el primero. Entonces, en lo que acomodas el cuerpo para quedar de frente a ella, una sonrisa se dibuja en tus labios. Quieres mirarla y eso haces. La observas. Detallas los pormenores de ese rostro que no deja de gustarte y mentalmente sacas cuentas de los amaneceres acumulados a su lado. Se dice fácil. La realidad es que nunca habías permanecido tanto tiempo con alguien como lo has hecho con ella. Sin borrar un ápice de esa sonrisa comprendes, a manera de una repentina revelación, que eso debe ser una suerte de victoria sobre tus propios monstruos. Inevitablemente, a medida que la idea toma forma de certeza, la sorpresa se anuncia en el arco de tus cejas y acto seguido, expeles el aire que aún contenías en un flujo lento pero constante. Gracias, le dices desde un susurro casi imperceptible. No satisfecho, honrando el gesto de agradecimiento que has tenido, ahuyentas la perversa tentación de despertarle, como otras veces lo has hecho, cosquillas y travesuras de por medio. Parpadeas. Meditas por un segundo tu siguiente movimiento. Una, puedes tomar tu tableta y comenzar a leer los diarios. Dos, puedes simplemente cerrar los ojos, ponerte una almohada en la cabeza e intentar dormir nuevamente. En el fondo, bien lo sabes, terminará venciendo la primera opción. Nunca, a menos que estés enfermo, has logrado lo segundo. Eres, tienes que admitirlo, el peor dormilón sobre la faz de la Tierra.

Antes de comenzar a leer, te sientas en la orilla de la cama. Mueves el cuello de un lado a otro buscando la alineación de tus cervicales. Bendita costumbre. Ya te han dicho que no lo hagas. Que es peligroso. Tanto o más que esa manía, ahora erradicada, de levantarte como si fueras bombero apenas escuchas el chirrido de la alarma. Alguna vez, hablando de tu cuello, ya sopesaste el riesgo y concluiste, bajo el principio solemne de siempre hacer lo que te venga en gana, que habrás de morir de cualquier otra cosa, menos del inmenso placer que te procura ese crujido, que lo mismo te libera que te calma.

Así las cosas, estiras la mano hasta alcanzar, sobre la repisa de la cajonera, la pastilla que, no bien pasaste por el quirófano, ahora debes ingerir antes que otro alimento baje por tus entrañas. “Herida de guerra”, le llamas. Una herida que, habida cuenta de las circunstancias, te pone en el dintel de una potencial tragedia, si tú y el bicho de moda tuvieran la osadía de entablar relaciones infecciosas.

Olvidemos eso por un momento, te dices. Con el favor de Dios nada pasará, repites convencido al tiempo que te impones desde la frente la santa cruz de nuestros enemigos. Antes de concluir, como si se tratara de huir y no de encomendarte, sales de la habitación con los pies descalzos. Tomas nota a cada paso de las imperfecciones de la duela y repasas el mapa mental que a partir de ellas has construido para cuando andas a ciegas por la casa. Ya en la sala echas un ojo a tu sillón favorito. Hace tiempo que no lees las noticias allí sentado. Desde que la contingencia transformó a todas las casas en claustros preventivos, ese sillón ha sido de todo menos tu lugar exclusivo. Eso no tendría mayor relevancia de no ser porque, apelando al ermitaño que nunca has superado del todo, te has visto obligado a peregrinar en busca de una mejor y más aislada guarida. Pero es temprano y ahí está él, flamante y solitario, tal y como si te esperara con los brazos abiertos, dispuesto a obsequiarte el mejor de los momentos; al menos hasta que despierten las niñas y junto con el perro, desafiante como el que más de cualquier regla establecida, lo invadan entre juegos y siestas hasta el caer de la tarde.

Es, te queda claro, una oferta tentadora, así que no lo dudas. Acomodas los cojines a tu gusto, dejas libre el extremo izquierdo, te sientas y compruebas que ese rincón te sigue pareciendo insuperable. El cuerpo, apenas siente ese abrazo que tantos recuerdos evoca, libera la mente haciéndole vagar incesante de una sensación a la otra. Lo más fácil sería quedarte ahí, inerte y en paz, aguardando el momento en que, por fuerza de las mayorías, debas rendir la plaza. Pero antes de instalarte definitivamente en tu sillón, en un afán quizá de no echar raíces en vano, te mueves hacia el balcón desde donde miras el jardín, dando fe del paulatino reverdecer del pasto. Notas, con una minucia que no te recordabas, que cada día hay más flores. Te preguntas cuántas de esas ya estaban y cuántas más han ido llegando gracias al jardinero. Como niño que descubre una nueva diversión, haces un breve recuento de colores y te sorprendes siguiendo el movimiento errante de una hoja que, reminiscencias de un otoño que se niega a partir, se ha desprendido de la rama más larga del árbol que crece al otro lado del muro. Ya no sabes si volver al sillón, si leer las noticias, o si dejar que el día pase sin más prisa que el llenarte los ojos de colores. De la calle ningún ruido llega. Frente a ti, una ardilla se aprovecha del cable que tantas veces has pensado en quitar y cruza el jardín con el cauto andar de un equilibrista. Hace una pausa a la mitad. Duda. Como tú, ya no sabe si ir o regresar. Pero a la ardilla, a diferencia tuya, le espera un vacío si acaso no sabe tomar la decisión correcta. Entonces, resuelta como quien no tiene cosa que perder que no sea la vida, vuelve por el camino andado, salta hacia unas ramas, se afianza del tronco y baja hasta ese rincón del jardín donde comienzan a acumularse por montones pequeños frutos anaranjados.

A ti, por lo pronto, te han sorprendido con un abrazo desde la espalda. Es ella, la bella durmiente, que al no sentirte en la cama ha salido a tu encuentro. ¿Quieres café?, te pregunta todavía con la voz adormilada. Tú no sabes si en realidad lo quieres, pero asientas con la cabeza seguro que del olor nacerá el antojo. Ella te da un beso a media espalda antes de soltarte y poner rumbo hacia la cocina. No bien la sientes alejarse, giras el cuerpo en pos de tu anhelado sillón. Malas noticias: ya es tarde. Magnus se ha echado en él y ha enroscado el cuerpo justo en el espacio que habías preparado para hacer tus lecturas. Te acercas. Él te mira y bate el rabo. No sabes si lo hace en son de burla o de alegría. Lo que está claro es que no tiene intención alguna de quitarse, pues ya te ha ofrecido la barriga para que le hagas los acostumbrados cariños. Podrías obligarlo a irse, faltaba más; pero un rápido cálculo te devuelve a la realidad. Cualquier intento de desalojar a Magnus sería en vano. En el cuarto de las niñas ya se escuchan ruidos y eso solo indica que los refuerzos ya vienen en camino.

Son las once de la mañana. El día pasa sin más prisa que la de llenarte los ojos de colores.

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