Quinto nombre.

Pocos lo saben o quizá nadie lo sepa, cosa que dudo pues de ser el caso no habría modo de que yo estuviera enterado, pero Esperanza, muy mexicana ella, muy dada a los tacos y a las garnachas, bebedora fiel de mezcal y de tequila, fanática del son, del mariachi y la guaracha, pícara y alburera, besadora compulsiva y cogelona contumaz, es en realidad, como muchas debe haber regadas en el mundo, miembro de la realeza europea. La suya es una historia tan rara como extensa, que se diluye en un mar de incertidumbres e imprecisiones, verdades incongruentes y mentiras inconexas, cuya suerte radica, en esencia, en la ligereza natural de aquello que hoy se cuenta de una manera y mañana de otra, nunca una versión igual que las anteriores, jamás una tan detallada como las que le siguen.

La primera ocasión que escuché de sus labios la procedencia de sus rizos rojizos y apretados estábamos mirando las estrellas en la azotea de su edificio. Hacía no mucho que los dos habíamos cumplido dieciocho y aquellas eran las primeras cervezas y los primeros cigarros que ambos comprábamos al amparo de la mayoría de edad, con todas las ínfulas y vanas ilusiones que eso conlleva. Jurábamos que el mundo, por esa y otras causas, estaba a nuestros pies y que el cielo, al menos esa noche, era el manto perfecto para diluir tanto la osadía ya hecha, como la otra que estábamos por hacer. Llenos de nervios, teníamos las espaldas recargadas en los soportes de un tinaco gigantesco que filtraba humedades con absoluto descaro. La conversación, repleta de virajes repentinos, transcurría sin pausa ni concierto. Teníamos prisa, pero también miedo, mismo que sosegábamos, o al menos eso creíamos, a punta de tragos y fumadas. Tres fueron los silencios que finalmente marcaron el derrotero de ese instante. El primero, cuando un gato gris de ojos inmensos saltó desde la barda a nuestros pies atraído por la braza encendida de mi cigarro. El segundo, cuando tras recargar su cabeza sobre mi hombro y entrelazar su mano con la mía tuvimos que definir hacia dónde queríamos llevar ese momento. Y el tercer silencio, el más prolongado de todos, ocurrió apenas entramos al cuarto de servicio, para entonces transformado por su padre en estudio, cuya oscuridad, apenas precisa y oportuna para la causa, se explicaba por igual a instancias del foco fundido, que de la ausencia absoluta de ventanas.

Horas después, apenas el amanecer escurrió los primeros rayos de sol por debajo de la puerta, despertamos tan solo para descubrirnos abrazados el uno al otro y los dos por una resaca que nos unía y repelía simultáneamente, sin duda forjada más por la falta de costumbre, que como tal por los excesos. Esperanza, sacando ventaja de su tamaño y proporciones, con dos movimientos se soltó de mis brazos y se escurrió entre las sábanas para abandonar el colchón, apenas tendido sobre el suelo, por cierto, y luego caminó con un aire despreocupado hacia el baño. A su regreso, ralentizando aún más sus pasos, se desplazó imitando el andar de las modelos sobre las pasarelas, alzando de más los muslos y jugando con su hermosa cabellera. Cuando se plantó ante mis ojos yo solo miraba el tatuaje, hasta entonces para mí desconocido, que coronaba el lado izquierdo de su cadera. Tan pronto se posó en el colchón y se envolvió de nueva cuenta en mis brazos, le pregunté qué era y qué significaba ese tatuaje. Parecía esperar esa pregunta. Me anticipó que era un tema del que casi nunca hablaba, pero igual nunca noté rastro alguno de reserva apenas comenzó a hablar de ello. Su tatuaje era el escudo de armas de su familia paterna, quienes, provenientes de Francia, huyeron hacia América apenas estalló la primera guerra mundial. Llegaron a Haití en el mismo 1917, donde nunca se hallaron y luego se repartieron, unos hacia los Estados Unidos, otros hacia Colombia, los menos hacia México. Los que se fueron a Estados Unidos y a Colombia conservaron el apellido, crearon negocios y son a la fecha familias prósperas y de abolengo tanto en la Luisiana como en Cartagena de Indias. Los que llegaron a México, en cambio, invirtieron lo mismo en la minería de Zacatecas, que en la ganadería de la región del Bajío. Y aunque lo hicieron bien en un inicio, el gusto por el alcohol, el juego y las mujeres que el bisabuelo de Esperanza acuñó con singular entusiasmo, los llevó, primero, a una ruina económica de la que nunca se sobrepusieron; y después, a modificarse el apellido para poder esconderse tanto de los acreedores, como de los agraviados por la debilidad que don Didier nunca perdió hacia las faldas. El apellido elegido, Andrade-Juárez, por demás ordinario, cumplía con dos cosas que, desde Francia, mandó pedir la tatarabuela: una, que fuera lo suficientemente humilde como para pasar desapercibido; y dos, que no obstante su simpleza, de un modo u otro evocara la alcurnia de su origen. Mi amiga debía su nombre al cumplimiento póstumo de una voluntad de su tatarabuela, a la que no conoció, pero de la que sí guarda, según refiere ella, un parecido tan extraordinario que le valió ser la depositaria de tal deferencia. Pero en realidad la bautizaron con ese nombre por ser, en un desplante de cábala familiar, la quinta tataranieta de Marithé Evangeline Denisse Fleur Espoir de Marie Allard et Baudin, Duquesa de Anjou; y por que ella, la tatarabuela, consciente del impacto que el cambio de apellido traería consigo tarde o temprano, anhelaba que quien adoptara el nombre de Esperanza, versión castellana del quinto nombre de la duquesa, se viera favorecida, otorgando a su dinastía la virtud de ser lo último que muriera.

Concluyó el relato mostrándome tan cerca como era posible los detalles de su tatuaje. Las espadas y las flores, el molino y los perales. Aprovechando la cercanía y en cierto modo el tacto, volvimos a sentir el llamado de nuestros cuerpos. Nos miramos a los ojos y sin decirnos más, transpirando los humores de la cebada y el alquitrán consumidos la noche previa, nos dejamos llevar una y otra vez, hasta que el hambre y el calor nos obligaron a buscar otros espacios. Sobra decir que no fue la única vez que escuché ese relato. Como ya dije, lo hice siempre desde una versión diferente; tantas como tuve la dicha de compartir el lecho con aquella amiga libre e inigualable. Ninguna versión, eso sí, como la primera. Aquella que escuché tras contar las estrellas en la azotea del palacio de Esperanza, mi querida Esperanza, a quien desde entonces llamé, con mucho cariño, la Pera de Anjou.

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