Ella lo sabe

Desde su cama, ella me observa mientras me calzo las botas. Es sábado y allá afuera aún no amanece del todo. Hay apenas una luz tenue que se cuela por las rendijas de la persiana y la ventana cruje en señal de un viento que no ha menguado desde la madrugada. Cuidando de no hacer movimientos bruscos, ato las agujetas con cierta fuerza asegurándome de ejercer una adecuada presión sobre los tobillos. El izquierdo, por cierto, aún no se recupera del todo. El dolor sobre el empeine persiste cada que se aplica un poco de presión sobre la zona y tira con rudeza hacia el talón, como si quisiera sacarlo de su órbita. No obstante, el derrame y la hinchazón finalmente parecen haber cedido. No hay huella, sólo rastros. Es sabido que no existe una edad propicia para las torceduras, pero en la acumulación de los años pareciera que aquellas tienden a alojarse en la memoria de los ligamentos con el ahínco que uno desearía tuvieran ciertas ilusiones.

Al tiempo que hago algunas flexiones, reviso el pronóstico del clima para las próximas horas: cielo medio nublado y muy baja probabilidad de lluvia. Es cierto, no es algo que esté escrito en piedra, pero no por ello pierde el halo esperanzador que tal predicción concede a mi propósito. La lluvia, estoy seguro, puede esperar a mi retorno. Guardarse hasta que la noche asome. Concederme el tiempo y espacio necesarios para sosegar los chubascos del fuero interno; y si todo sale bien, caer, con el estruendo de quien dilata su arribo, en horas en que la mayoría ya estemos a buen resguardo. Han pasado siete minutos desde que el impulso se apoderó de mí. A más tardar en diez debo salir de casa si lo que quiero es ver despuntar el sol sobre la carretera. Por unos instantes ella ha quedado a mis espaldas. Aun sin verla puedo presentirla atenta a cada uno de mis movimientos. Lo extraño, a mi parecer, es que se mantiene inmutable sobre su cama, como si quisiera guardar su distancia; como si esperara el momento de volver a dormir tan pronto me vaya.

Volviendo a lo mío, me resisto a revisar el mapa y a definir con el rigor acostumbrado la ruta. Para ello, bloqueo toda intervención de la razón y apuesto por el azar, es decir, por el venturoso principio de ir —sin más pretensión— hacia donde el viento sople. ¿Acaso no es tal cosa la forma más auténtica de fluir? ¿O es posible fluir cuando, para bien o para mal, se opone alguna resistencia? Parecería un salto al vacío. Lo sé desde aquella voz que —prima hermana de los miedos más rancios—únicamente suele hablarme de mesura. ¿Y será? Por lo pronto, no tengo tiempo de averiguarlo. En una de tantas, infiero, no se trata como tal de un salto, sino de una forma impetuosa de desperezarse y dejar atrás las zonas aletargantes del confort. Y el vacío, la percepción natural y consecuente de mantener la comodidad que pretendemos abandonar más amueblada que la casa de nuestros sueños. Si así fuera, entonces es tan solo una manera de abrirse paso en la faena impostergable de reinventarse cada que ello se vuelve necesario, corriendo el riesgo, siempre latente —¿cómo si no?—, de extraviarse en el camino. Nada, pues, que amerite culpa o implique engaño. Como sea estoy dispuesto —o quizá no tenga de otra— a averiguarlo.

Entre tantas, vuelvo sobre mis pasos para coger mi cartera. Entonces ella fija sus ojos en los míos y me ofrece la barriga, incluido el aspaviento saleroso de su rabo. Entre tantas preguntas intempestivamente abiertas, la certeza de un afecto incondicional siempre será un bálsamo. Cuando la incertidumbre extiende su señorío, son los cabos cimentados del afecto los que contribuyen a no perderse en el camino. Por ello, no dudo en dispensarle una tanda de los apapachos que amablemente me demanda, mientras le expreso, como un mantra infaltable en todos mis amaneceres, todo cuanto suelo decirle y agradecerle por su presencia en mi vida. Lamento que no pueda acompañarme las próximas horas. Hay trayectos e instantes que en virtud de la ocasión es preferible cruzarlos en solitario. Ella lo sabe. Sabe que necesito procurarme un espacio en la distancia, como también sabe que he de regresar con bien en unas horas. El impetuoso tremor de su rabo me lo hace patente. Estoy convencido de que los perros saben muchas cosas que nosotros desconocemos.

Al cerrar la puerta quedan detrás, profundamente dormidas, las mujeres de la casa. Ella, la única despierta, estará tendida sobre su cama con la mirada fija hacia la ventana. Afuera el cielo tiene menos nubes de lo imaginado. El viento sopla con una frescura inusitada para el verano. Todo está listo. El destino se definirá sobre la marcha. Ya en esas, el motor despierta con el brío que de él esperaba. Queda entonces el anhelo de volver no bien, sino mejor, y entrar por esa puerta a mis espaldas para ser recibido, como desde hace siete años, por el desbordado afecto de ella, mi niña de cuatro patas.

Santiago de Querétaro, 18 de julio de 2026.

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