¿Natural o consecuentemente tontos?

No lo digo yo, sino el diccionario: el antónimo de inteligencia, entre otros, es estupidez. Y ya que andamos en esas, no olvidemos que el antónimo directo de artificial es natural. No necesitan, supongo, preguntarle al chatbot de su preferencia para inferir hacia dónde me dirijo. A menos que, en un arranque cada vez más común de pereza intelectual, opten por fingir demencia y quieran que las herramientas tecnológicas en boga, no sólo les sinteticen los conceptos, o les aligere la carga de procesar el conocimiento, sino que ya de paso les pertrechen los criterios —y la toma de decisiones—, de por sí plagados de sesgos y falacias por largo tiempo destilados.

La vida, dicen, premia. Y ha de ser un efecto de la democracia contemporánea que tales premios ya alcanzan para todos. Mientras en las demás especies que habitan el planeta la debilidad manifiesta de uno de sus elementos prácticamente lo hace inviable; en la humana, cuyo principal atributo es la complejidad de su inteligencia, nos preocupamos por hacerle llevadera la incapacidad —vaya contradicción— a quienes se resisten a pensar por su cuenta. Absortos en una sociedad que promueve la inmediatez como la mayor bendición de los tiempos que vivimos; leer, estudiar, crear, analizar, reflexionar y profundizar en las ideas ha perdido el auge que nos impulsó a convertirnos, tras largos años de evolución, en los ejecutores exclusivos —hasta donde creemos saber— de la razón y el criterio estructurado.

Las tendencias y los síntomas deberían llamar nuestra atención. Según relata un artículo publicado recientemente en la BBC, la científica Nataliya Kosmyna, cuyo principal campo de estudio es la interacción entre humanos y computadoras, se percató de que algunos de sus alumnos comenzaron a olvidar ciertos contenidos con mayor facilidad que en años anteriores. Preocupada por ello, decidió profundizar en las causas, aterrizando —quizá sin mucho esfuerzo— en la hipótesis de que el uso de modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM, por sus siglas en inglés), como ChatGPT, Gemini, Claude, entre muchos otros, podría ser el origen de dicho fenómeno. En síntesis, los especialistas apuntan a que el uso reiterado y sistemático de este tipo de herramientas tecnológicas, lo que en términos científicos se denomina “descarga cognitiva”, puede tener un efecto corrosivo en nuestras habilidades mentales, con consecuencias alarmantes para la salud y desarrollo de nuestra preciada —aunque ninguneada— inteligencia natural.

Si debiéramos ponerlo en imágenes, asomarnos al cerebro de una persona que realiza sus tareas sin ayuda —o con un mínimo de ella— de la inteligencia artificial, contra uno de alguien que depende total y absolutamente de ésta, nos daría un dato contundente. Las zonas de activación cerebral de la primera en nada se comparan con las de la segunda, a quien de plano no habría forma de visibilizar estímulo alguno en las áreas correspondientes a la creatividad y al procesamiento de información. De ahí los efectos adversos que estas personas presentan en la memoria y en el sentido de pertenencia hacia los trabajos que elaboran, al ser incapaces de citarlos al vuelo y de reconocerlos como propios al cabo de los días. Lo anterior conduce a un fenómeno llamado “rendición cognitiva”, que refiere a la tendencia de aceptar incondicionalmente y sin el más mínimo escrutinio lo que la inteligencia artificial les diga, incluso ello les parezca contraintuitivo.

Alarmante, sin duda. Más aún si reconocemos que estos son tan sólo algunos de los efectos inmediatos que se han identificado. Los de largo plazo aún no están del todo claros. Suponerlos, no obstante, no es un reto fuera de nuestras posibilidades. En este sentido, los estudios existentes perfilan varios escenarios posibles con una misma conclusión: reducción sustancial de la conectividad neuronal de aquellos que se conviertan en “IA-dependientes”, lo que derivará en una inminente afectación cognitiva. ¿Cómo pueden estar tan seguros de ello? Los estudios actuales apuntan hacia una reducción en la aparición de las ondas gamma cerebrales en las personas que desarrollan sus tareas exclusivamente con la ayuda de la inteligencia artificial. Las ondas gamma son consideradas un marcador de esfuerzo cognitivo. En este sentido, existen otros estudios que relacionan la existencia de una baja actividad de ondas gamma con la aparición de manifestaciones de deterioro cognitivo hacia la etapa final de la vida.

En fin, nos adaptaremos, diría el tío Darwin; o nos extinguiremos, agregaría no bien le diera un trago a su cerveza. Pero entre una posibilidad y la otra, aún podemos hacer algo por inclinar la balanza hacia la primera de ellas. En primer lugar, debemos tener claro que las aplicaciones de inteligencia artificial —asombrosas, fenomenales y seductoras, cómo no— son y deben entenderse solamente como herramientas de apoyo, a las que podemos encomendar la realización de ciertas tareas, pero no delegar la ejecución de todas las funciones mentales y racionales que nos corresponden. El cerebro no es un músculo, es un órgano complejo, el más complejo de todos sin duda alguna; pero tal y como ocurre con los músculos, si no se ejercita, si no se exige, si no se le tiene a punto, mengua irremediablemente, pierde facultades, elasticidad y capacidad. Y quizá nos acostumbremos a vivir con el abdomen flácido —lo que tampoco debería de ser—, pero algo me dice que la vida deja de ser vida tan pronto el cerebro se ve limitado o impedido de cumplir con aquellas funciones que, como quiera que sea, hacen la diferencia: pensar, crear, reflexionar y razonar.

Santiago de Querétaro, a 19 de abril de 2026.

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