Verdad de Dios (El final).

¿Cómo así? ¿Ya vio cómo es de torcida la suerte? Primero nada que avanzaba la cosa esta y ahora resulta que hasta prisa trae. Qué afán, hombre. Ya ni la amuelan. Van viendo que apenas iba tomando forma nuestra conversación y, mire nomás, ya estamos a una estación de que usted llegue a su destino. Qué caray, oiga. Y ni para decirle que nos sigamos de largo para continuar la charla. No hombre, qué va. ¿Quién soy yo para cambiarle los planes? Además, seguro usted va a un evento bien importante. Basta ver cómo viene vestido, mire. Usted tan guapo que está. Ay, joven, no sabe cómo lo quiero ya. Lo que sí me mortifica, no le voy a mentir, es que va a llegar a su destino con un hambre de león en vigilia. Y eso no es bueno, joven Jerónimo. Yo no sé a usted, pero a mí el hambre no sólo me pone de malas, sino que hasta me apendeja. Así que no sea la de malas y que a usted le pase lo mismo. De ninguna manera permitiré que llegue a su cita, además de tarde, sólo a meter la pata. Mire, déjeme hacer algo por usted, llévese unas dos manzanitas. Ande, se las va comiendo en lo que camina hacia la salida. Algo es algo. Y a todo esto ¿a dónde me dijo que iba? Digo, si se puede saber. No quisiera pasar por indiscreta. ¿A ver una amiga? ¿Amiga, amiga; o amiga de esas para frotar la barriga? ¿Ah ya vio? Ya decía yo que tanto oropel no era nada más porque sí. La vida y los hijos le van creciendo el colmillo a una. Es que entre lo que uno ya sabe y lo que en el andar se aprende se va forjando el séptimo sentido. Pero, ahí está, joven, así menos tiene que llegar con hambre a esa cita. Se me vaya a quedar sin aire para atizarle al fuego. ¡No, cómo cree! Capaz que falla el tiro y me va a echar la culpa del desfiguro. No, no y no. Yo no quiero cargar con eso si suficiente traigo con lo mío. Mire, como que podría yo ser su abuela y a las abuelas no se les lleva la contraria. Deje de hacerse del rogar y llévese las manzanas y hasta un plátano, por si las dudas. Son rebuenos para los calambres, yo sé lo que le digo. Imagínese que esté acá, en plena procesión, y se le aparece San Espasmo del Chamorro. No, joven. ¿Y luego con qué ánimos terminamos de trepar el cerro? Nada que nos quedamos a medias. No, señor. No está en edad para estar haciendo esos ridículos. No, no en eso, mi joven, no la chingue. Así que nada, nada. Llévese la frutita que yo con los tlacoyos tengo. Además, de algún modo tengo que retribuir su tiempo y su paciencia. Mire que encontrarse de la nada a alguien y dejar que le cuente sin más su vida, merece un premio de esos, ¿cómo se llama? Noble, ándele. Premio Noble de la Paciencia. ¿Cómo? Ah, Nobel. ¿Con e y ele al final? No-bel. ¿Así? Pues eso. Nobel de la Paciencia o Nobel de la Nobleza, para que se oiga lindo. Pero ya, en serio, joven Jerónimo, llévese la fruta en señal de mi gratitud porque no sabe cuánta falta me hacía platicar con alguien. Usted no lo sabe, y eso que a estas alturas ya sabe de mí muchas cosas, pero tengo a mi Florencio bien enfermo y ahora mismo voy a verlo al hospital. Y aunque me dice mi hija que lo ha visto bien en las últimas horas y que los doctores son, de algún modo, optimistas, la realidad es que yo sé que no se sale tan fácil de un derrame cerebral. Lo sé, joven, y tengo miedo. Mucho, chingos de miedo. Y el miedo, usted lo sabe, apenas se nos anida en el pecho, despierta otros monstruos y esos monstruos, que siempre han estado ahí y que más o menos hemos aprendido a controlar, cuando no solo a medio convivir con ellos, lo primero que hacen es ir a colgarse de las tripas hasta hacerlas nudo. Y luego, no contentos los hijos de la gran chingada, se siguen con el corazón y con los pulmones y los estrujan y los machacan. Y entonces uno deja de comer y de respirar y de dormir. Y en el pánico vamos olvidando quiénes somos realmente y para qué es que estamos vivos. Por eso, para constatar que lo estamos, es que de repente nos ponemos a buscarnos desde el silencio los latidos. Entonces, como le digo, uno calla y baja la guardia, dejando que los monstruos nos devoren sin mayor reparo. Y en poco tiempo somos ellos y no nosotros. Y cuando eso pasa, joven, sólo nos quedan los recuerdos y he descubierto que a mí sólo me funciona hablar de ellos. Y en esas andaba. Quiero decir que necesitaba hablar cuando apareció usted y como un enviado, sin saberlo en lo más mínimo, me permitió hacerlo sin cuestionarme en lo más mínimo. Y yo se lo agradezco con el corazón. ¿Porque qué necesidad tendría usted de hacerlo si ahorita las ansias de su próximo encuentro deben estarlo comiendo por dentro? Y sin embargo, aquí se estuvo. De frente, mirándome a los ojos y regalándome sus oídos, como todo un caballero. Y eso, joven, no cualquiera lo hace. No sé qué haga falta, pero yo le juro que son pocos los que Dios ha bendecido con esa virtud. Yo necesitaba recordar quién soy y de dónde vengo, pues sólo así tendría claro a dónde me dirijo y con qué objeto. Y mire, ahorita, ya lo sé, me voy liberada a cuidar de mi viejito. Con el pinche miedo aquí clavado, no le voy a decir que no, pero al menos, gracias a usted, un poco más tranquila. Vaya, ya puedo respirar al menos. Y ya podré hacer lo que me corresponde, que de lo demás sólo el de allá arriba sabe lo que se trae entre manos. Así que, aunque dos manzanas y un plátano no habrán de pagar semejante bendición, es como yo correspondo a todo lo que usted ha hecho por mí el día de hoy. Jerónimo, hágame el honor y considéreme su amiga, por favor. No como la amiga que va a ver ahorita, pero como su amiga para lo que nos reste de vida; que con el favor de Dios será bastante y suficiente para algún día volvernos a encontrar. Ande, ya no lo entretengo más, no sea que le vayan a cerrar la puerta y tenga que soplarse alguna otra vivencia mía. Y mire que faltan. Vaya con Dios y cuídese mucho. Mucho. Todo, se lo suplico. Antes o después nos estaremos viendo. Mientras tanto, no lo olvide, téngalo siempre presente, es usted un gran hombre. Un verdadero ángel, verdad de Dios.

<<FIN>>

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