Verdad de Dios (los rostros).

Caminé hacia el centro de la plaza sólo por no quedarme sin hacer nada. No sé si le ha ocurrido, pero de tantos rostros ajenos, hay algunos que terminan por parecer familiares. No sé si sea que de verdad nos recuerdan a alguien, o la misma necesidad nos lleva a figurar que en cualquier lado, de entre tantas y tantas caras inexpresivas, nos puede aparecer un ser querido. Yo los miraba a todos, había algunos que hasta les sonreía. Hubo una señora que me recordó mucho a mi madrina y verdad de Dios que estuve a punto de abrazarla. Levanté las cejas tratando de llamar su atención, pero a diferencia de lo que me ocurrió horas antes en el mercado, aquí nadie volteaba a mirarme. Todos seguían de largo como si trajeran los ojos bloqueados de la urgencia; ya sabe, mirando para el frente y un poco para arriba, justo donde ninguna mirada se cruza y nada obliga a darse si quiera las buenas tardes. Nunca antes me había ocurrido eso. Comprendí de la peor manera posible que esta ciudad puede ser de todo y los que viven en ella repentinamente pueden convertirse en nada. Tenía las lágrimas al borde de los párpados, pero también tenía la seguridad de que no había a dónde más hacerse. Era eso o volver a la casa a pedirle perdón al Ramiro. Llegué al otro lado de la plaza con un hueco en el pecho y otro en la panza. El de la panza se resolvía comiendo. El del pecho, verdad de Dios, nunca antes lo había sentido y era uno de esos que no bien se sienten por primera vez, nunca más dejan de estar presentes. Otra vez pensando como si estuviera en el pueblo, supuse que algo podría resolver si iba a la catedral. ¿A buscar qué? Sepa el carajo y sepa Dios. Yo sólo creía que allí, donde todos se ponen sus mejores garras de ovejas incorruptibles, algún alma samaritana podría tenderme la mano. Ahora que lo menciono, ¿se ha puesto a pensar en algo, joven? En la vida hay gente que se hace devota desde la cuna y otra nos hacemos a punta de chingadazos. Los primeros tienen una fe ciega, los segundos sólo tenemos apremios comodinos. En mi caso digamos que mi mamá siempre me enseñó a dar gracias a Dios por todo, y yo lo hacía porque así me lo habían enseñado, pero no fue sino hasta que experimenté aquel día en el Zócalo el miedo y la incertidumbre que comprendí la importancia de tener a Dios de nuestro lado. El chiste, joven, es que caminé hacia la catedral. Lo hice sin mirar atrás ni a nadie. Apenas crucé la puerta me santigüé y comencé a rezar algo que, como el nombre de Xochimilco, no tenía ni razón ni sentido. En serio. Cuando me di cuenta de que puras tonterías estaba diciendo, me froté las manos, las miré y me solté a llorar como la escuincla que jamás hubiese querido dejar de ser. En cosa de nada pasaron frente a mis ojos, como una película que se repasa para medio adivinar el final, los últimos meses de mi existencia. Comenzó a faltarme el aire y las manos se me adormecieron. Cerré los ojos y pude sentir cómo se abría un abismo desde el hueco ese que le comenté se me hizo en el pecho. Un hueco voraz que crecía rapidísimo sin que yo pudiera hacer algo por evitarlo. Santa María Madre de Dios fue lo último que dije antes de brincar al vacío. No quiero ni pensar cómo fue que caí en el piso, ni el susto que se debió llevar la gente. Lo siguiente que recuerdo fue que desperté en una habitación fría como piedra de río, con una bolsa de agua caliente en la frente y un paño húmedo en el pecho. A mi lado estaban dos monjitas. Una, sor Leticia, rezaba sosteniendo su rosario entre los dedos. La otra, sor Inés, me miraba con la paz que sólo he conocido en sus ojos. Tan pronto miró que estaba despertando, tomó una gelatina de una charola y acercó una cucharada a mis labios. Por el amor de Dios, me dijo, estoy segura de que debes tener hambre. Comí la gelatina y un pan de dulce. Bebí un atole de arroz como nunca pensé que algún día lo haría. Sor Leticia me abrazó como si me conociera de toda la vida y otras tres monjitas que llegaron no bien sor Inés les avisó que la Chabela había despertado, sonreían como si se hubiese tratado de una fiesta. De la nada ahí estaba, joven Jerónimo, no sólo acabando con el hueco en la panza, sino apaciguando con quien menos imaginaba el vacío que se me había formado en el pecho. Y gracias, dije. Gracias a Dios, ahora sí, con pleno conocimiento de causa.

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