Verdad de Dios (la nada).

Una semana después de eso que le acabo de contar, Ramiro se apareció en la casa. Sabrá Dios qué pueblos dejó pendientes. Lo que es más, casi ni mercancías traía y lo que más le urgía era que fuéramos nuevamente a las pozas. Yo no quise, la mera verdad. Me preocupaba que me volviera a ocurrir lo mismo que la primera vez, así que sutilmente me negué, proponiéndole otro sitio menos expuesto a mis impulsos. Terminamos yendo a un mirador como a media hora del pueblo. Desde allí vimos el atardecer, mientras él me hablaba de lo hermoso que era el Distrito Federal. Me llenó los oídos y la mente de sus edificios y de sus calles; de sus tiendas y sus restaurantes. Tú serías muy feliz si vivieras allá, me dijo, y sacó de la parte de atrás de su asiento una revista para que yo la viera y constatara todo lo que me había estado diciendo. Mientras pasaba las hojas vi una mujer con un vestido hermoso. Lo señalé con el dedo y miré a Ramiro como pidiéndole que me cumpliera el deseo. Él miró, sonrió y volvió la mirada hacia el valle frente a nosotros. Cuando terminó de oscurecer volvimos a casa. Ramiro, que para entonces ya había notado mis ansiedades, tuvo la paciencia de urdirlas en su beneficio. Dejó que crecieran hasta que me fueran incontenibles y yo solita terminara de ponerme en el hocico del lobo. Ahí es donde le digo, joven, que no es lo mismo jugar con agua que con fuego. Tres veces fuimos a ese mirador a hablar de lo mismo. En la segunda ocasión me llevó el vestido de la revista. Sin decir más nada, como aquella otra vez, lo puso sobre mis muslos para que yo lo viera. Se me querían salir los ojos de la emoción. ¿Por qué no te lo pones?, me dijo. Me encantaría ver cómo se te ve. Ahora que lleguemos a casa me lo pongo, le dije. No, quiero que te lo pongas ahorita. Bajó de la camioneta y me dejó sola para que me cambiara la ropa. Apenas terminé de ponerme el vestido bajé para que me viera. Me tomó la mano y me hizo girar para lucir el vuelo de la falda. Se felicitó por saber a pura vista mi talla y me dio otra revista para que yo la viera y escogiera otro vestido. Camino a casa me pidió que volviera a ponerme la ropa que llevaba. No quería que mis padres pensaran que en algún momento yo había estado desnuda frente a sus ojos. ¿Dónde quieres que me cambié?, le pregunté. Aquí, en la camioneta. Si lo que te preocupa es que yo te vaya a ver, pierde cuidado, me dijo. No pienso despegar los ojos de la carretera, así es que hazlo tranquila. Me quité el vestido toda afanosa de que me viera, aunque fuera de reojo. Me quedé en pura ropa interior por un rato, con toda la intención de despertarle los antojos. Al final no supe si en algún momento él volteó a mirarme. Lo que sí sé, joven, es que hubiera querido que me tocara en ese momento y no lo hizo. Me enfadé. Llegamos a casa y dije estar indispuesta, así que me encerré en mi cuarto. No cené con ellos, imagínese. No quería que nadie notara que algo me estaba ocurriendo. Verdad de Dios que no tenía la más mínima idea de cómo manejar las pinches emociones que sentía. Afuera, en la mesa, escuchaba la voz de Ramiro y lo imaginaba con la jodida sonrisa de siempre. Lloré y lloré mucho esa noche. Mi pobre madre tuvo que levantarse de madrugada para consolarme. Entre abrazos y mimos me preguntaba si algo me había hecho Ramiro. Figúrese, joven, cómo le iba a decir que sí, o mejor dicho que no. Que estaba llorando porque el muy ojete nomás no quiso hacerme nada.

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