Verdad de Dios (la camioneta)

Volvió, como de costumbre, quince días después. Entregó los obsequios a la puerta de nuestro predio y sin perder el estilo abrió para mí la puerta de la camioneta. Eso sí, nunca dejó de llevarme flores. Era una forma muy cuidada de hacerme saber que con él, sí o sí, iba a tener que chingarme. Las primeras veces, la vuelta era por las calles del pueblo y casi siempre terminaba en las nieves de don Efigio. Yo, verdad de Dios, me sentía ancha como pavorreal. Disfrutaba de la cara de todos y todas cuando me veían arriba de la camioneta. Sentía que había triunfado. Que a mis catorce años estaba logrando lo que ninguna. Era, para pronto, la patrona del negocio. Miraba a las demás escuinclas de arriba abajo, con unas ínfulas de superioridad que me volvieron más insoportable aún. Él, naturalmente, lo que quería, además de llegarme por el lado de la vanidad, era que la gente del pueblo viera que yo ya estaba apartada y que cualquiera que quisiera acercarse a mí estaba perdiendo su tiempo. Pero yo qué chingados iba a entender eso en ese momento. Yo era la estrella, el brillo era mío y juraba que así como me había trepado a la carcacha esa, podría bajarme cuando yo quisiera y sin pagar un centavo del precio. Yo me subí y yo me bajo, decía. Sí como no. Y sobre todo sin pagar el precio. Tan delgada que es la línea entre la ilusión y la estupidez, verdad de Dios. ¿Gusta otra manzana, joven Jerónimo?

Verdad sea dicha, el Ramiro era un hombre de buenos modales. Eso tenía encantados a mis padres desde un comienzo y a mí, la mera verdad, me fue envolviendo poco a poco. A esa edad una está toda pendejita, ¿cierto? Expuesta a los halagos a tal modo que cualquier charco ya se nos figura que es mar. En las primeras salidas, el Ramiro fue sumamente cauto, nunca trató de sobrepasarse, y eso hizo que yo poco a poco bajara la guardia. Me hizo sentir protegida y contra eso, nada o poco puede hacer una mujer a la que todavía no había terminado de nacer y ya le estaban metiendo en la cabeza la certeza de que su única misión en esta pinche vida era dar con el hombre, bueno o malo, que le ofreciera brazo y sustento. Por eso muy pronto le fui agarrando el gusto a salir con ese cabrón. A veces ya sentía que lo extrañaba. Ansiaba que llegara con sus pinches flores de mierda a hacerme sentir la reina del baile. Después de la tercera o cuarta salida, durante la cena, mi papá le platicó de las bellezas que había en los alrededores. Le preguntó si alguna vez había ido a nadar a Puente de Dios y le describió con lujo de detalle los atardeceres desde los miradores que abundan entre Agua Buena y Tamasopo. ¿Sabes llegar a esos lugares de los que habla tu papá, Chabela?, me preguntó. Me gustaría que me llevaras la próxima vez que venga. Y ahí estaba, joven, otra vez la pinche sonrisa ladeada de este cabrón, como marquesina de cine anunciando la película que se avecinaba. La diferencia es que para entonces yo ya la miraba con otros ojos, con los de la estúpida ilusa que comienza a creerse el cuento y a asumirse que nada malo puede ocurrir. Así, en la siguiente visita fuimos a las pozas de Puente de Dios. Todo el recorrido lo hicimos prácticamente en silencio. Por primera vez, al saludarme no sólo estrechó mi mano, sino la besó, lo que me puso nerviosa. Poco después de arrancar sacó de la parte de atrás de su asiento un vestido hermoso que me dijo había visto en una tienda lujosa de la capital y que pensó debía ser para mí. Estaba bonito el vestido. Sí se veía fino, verdad de Dios. Sin despegar la mirada del camino, lo puso sobre mis piernas y volvió a meter la mano detrás del asiento para sacar un par de toallas suaves y nuevas. Me recosté sobre ellas hasta que me quedé dormida. Llegamos a las pozas justo a la hora en que el agua se siente más tibia. Insistió en que nos metiéramos a nadar, pero yo no podía porque traía bajando la sangre. Él sí se metió y yo me quedé viéndolo nadar desde la orilla. Esa fue la primera vez que lo miré en cueros. Verdad de Dios que me sentí inquieta, como si un frío me entrara por la nuca y bajara hacia el pecho. Las piernas me temblaban y sentí punzadas allí por donde usted sabe que se llega al paraíso de los vivos. Recuerdo que alguna vez había sentido una respiración parecida cuando Serapio, un compañero de la escuela, me robó un beso en las escaleras del quiosco del pueblo. Pero lo demás, joven, las sensaciones esas raras que como que dicen que el cuerpo de una está listo para recibir el de otro, nunca antes las había sentido. Cuando Ramiro salió de nadar con sus cosas al aire y todo sonriente, haga de cuenta que yo tomé una de las toallas y movida como abeja a la miel, caminé hacia donde él se había detenido para escurrirse. Cuando vio que me aproximaba tapó con las manos su ya sabe qué, que para entonces ya estaba todo tieso por el frío. Sentí nervios, angustia, ansiedad, todo junto y al mismo tiempo, se lo juro. Estiré la mano y le di la toalla. Él se giró para secarse los pudores sin que yo lo viera. Entonces miré su espalda y sus nalgas con toda calma. Estaba flaco, pero correoso. Y tenía, qué más que la pura verdad, buen trasero. Lo contemplé sin prisa y sin saber decirle por qué, palabra, lo abracé por la espalda y ahí me quedé mientras se ponía los calzones y los pantalones. Dijo algo, pero no le entendí. Yo seguía abrazada, dispuesta, por primera vez, a cualquier cosa con Ramiro. Aun así, él no hizo nada. No intentó nada. Se terminó de vestir, subimos a la camioneta y volvimos a casa.

Oiga, joven Jerónimo, no me miré así que me sonroja. ¿De verdad no quiere otra manzana? Mire nada más cuánto tiempo llevamos ya sin que esta cosa se mueva. Además ya hace hambre, oiga. No se mal pase. ¿Qué le ofrezco? También traigo unas peras, unas ciruelas. Sandía no le digo porque con qué la cortamos, pero un durazno cuando menos. O, ya sé. ¿Quiere probar el pan de elote que le compre a un viejito que me dio mucha ternura? ¿No? Que conste que yo se lo estoy ofreciendo de corazón. No vaya a decir luego que sólo lo atormenté con mis relatos, pero sin hacer nada por amansarle el hambre. Por cierto, va a decir que qué necesidad la suya, ¿verdad?, pero no sabe lo bien que me está cayendo esta charla. Un favor, ¿me permite que le siga platicando?

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