La Gitana.

Tirsa, la Gitana, negada y expulsada, mil veces perdonada y redimida; la de los ojos vivos, amielados u olivos, según lo dicte el ángulo del sol que ilumine su rostro; solitaria, libertina; inteligente y seductora; pasada en años y amoríos; de carnes blandas y senos vencidos; madre de nadie, hija de todos; la de los pliegues marcados, dorados, perpetuos; carterista, ladrona, adivina, amante y asesina; diosa, demonio y paria; tentación y olvido; voz y suspiro. Tirsa, la Gitana, aguarda el momento de su último aliento, elixir de memoria y de nostalgia, que no llega, que se aplaza, que se extiende en el tormento tenaz del sufrimiento. Tirsa agoniza. Lo hace lento, despiadadamente lento. Lejos de todos, postrada, confinada por más que lo haga a cielo abierto, en ausencia que no brilla, pero por igual tampoco se apaga; recargada la espalda, torcida y reparada, sobre una roca enorme como sus culpas, pesada como sus párpados, a la deriva y despreciada, primero, por la nube que, mustia y coludida, le niega sombra y cobijo, lluvia, frescor y alivio; y luego, porque siempre hay un luego, causa y motivo de todo cuanto acontece en este momento, por la sierpe que yace a su costado, la de arillos negros y rojos, de pequeña testa y enormes fauces, símbolo de venganza y justicia, que de un mordisco partiera su pierna, dejando expuestos, abiertos como tasajo, músculos, tendones y nervios; y que a la sangre inyectara, jugo viscoso emanado de su perversa entraña, letal y precisa ponzoña que tiene tendida y derrotada a Tirsa, la Gitana, que alucina, naufraga en la confusión y en la desmemoria de aquel día que a sus instancias, a su ruego maldito y traidor, expulsaron al último Rey de carne y hueso, al último Sabio, al gran Señor. Y ahora le habla, se dirige al viento pronunciando su nombre, con la voz trémula, rompiente en llanto, buscándole a tientas en el vacío que se yergue ante sus ojos y le pide perdón y amores evocando recuerdos, componiendo el pasado, previendo inaplazable el próximo encuentro, ese que ocurrirá al otro lado del espectro, seguramente, en la bifurcación que abre el sendero, de un lado hacia el eterno descanso; del otro hacia el castigo perpetuo. Y ella, que sabe cuál de ambos le corresponde por designio elegido al forjar su destino, sin opción ni consuelo, sin paraíso que medie, ni fruto prohibido que dote a su suerte de noción o sentido, muere jurando en vano en el nombre de María y con la bendición siempre oportuna del Ángel Caído. Nadie intercede por ella, ni a oración ni a ruego, ni en virtud del honor, menos aún del arrepentimiento. Nadie, ni la serpiente indigesta que anticipadamente ha comenzado a devorar su cuerpo, ni el ave que puntual desciende volando en círculos desde las alturas del cielo. Nadie, ni el hombre envuelto en polvo, el de andar presuroso, el foráneo que aparecido desde algún sitio del horizonte se ha percatado de ella y librando los meandros sanguinolentos que desde su pierna cercenada se han formado, la observa en silencio mientras la vida va, sigue y se escapa. Entonces Tirsa, la Gitana, avanzada ya en su labor de abandonar este plano, extiende la mano y se dirige al hombre, hablándole del pasado y del futuro, confundida de instantes y de historias, llamándole por otro nombre, atribuyéndole la majestad que años antes ella arrebato sin consideración al Sabio; bendiciendo su aparición y retorno, su bondad y amnistía. Pero el hombre que nada entiende, impávido por la prudencia y la distancia, por el temor de manchar sus zapatos con sangre fresca que todo lo tiñe y todo lo embarra, aguarda lo que él sabe deviene, atento al último aliento de Tirsa. Príncipe, le ha llamado. Gloria a ti que has vuelto a recobrar el sitio de aquel hombre que te antecede. Vida eterna a él y gloria a ti que siéndole leal como has prometido, llegaste a tiempo para verme perecer y pagar el precio de lo debido. He cancelado mi deuda y tus ojos son testigo. Ve, no te detengas más por mí. Sigue, sigue, sigue. Tirsa cerró los ojos y desmayó el cuerpo hacia un costado. El hombre guardó silencio, inclinó la cabeza y sin comprender ni santiguarse, reanudó la marcha. Y el ave, negada por la naturaleza del don del duelo y la empatía, apurando la tarea eternamente desdeñada, pero indispensable que es la carroña, a brincos se acercó al cuerpo y comió de él como lo haría de cualquiera. Nada quedará, cuestión de tiempo, de Tirsa, la negada y expulsada; la redimida y perdonada por la vía dolorosa de la muerte y el olvido. Nada será de Tirsa y la Gitana.

Y el hombre va. Sigue. Sigue. Sigue. Dejando atrás charco, moscas, meandros, conejo y gitana, porque el tiempo apremia y para la Villa aún queda distancia.

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