En voz baja.

Quiso borrar el hombre de su mente el instante y regresó al sendero sin mirar lo que a su espalda ocurría. La víbora, indigesta, oculta bajo la misma piedra en la que yacía recargado el cuerpo de aquella anciana, se hundió en un sueño profundo que le privó de atestiguar su partida. El zopilote, en cambio, batidos en sangre el pico y las alas, lo miró alejarse y continuó el festín solitario sobre los despojos de la Gitana. Contrario a su naturaleza rapaz e insaciable, dejó ir al sujeto sin pedirle acaso prueba de vida, cierto de que con la barriga llena no corría prisa de propiciar su muerte. Sobre los rastros de sangre, rápidamente absorbida por la tierra, se fueron formando bichos salidos de la nada, dispuestos a alimentarse de ese flujo hemático, irónicamente fresco y viejo a una misma suerte, prueba irrefutable, como usualmente la vida ofrece en testimonio, de la relatividad implícita en el tiempo y sus instancias. De esta forma, dejando atrás pena, culpa y náusea, tan sólo con mirar el ángulo en que caían los rayos de sol, el hombre calculó la hora aproximada y sin saber del todo la distancia que aún tenía por recorrer, fijó en su mente la idea de caminar por dos horas sin descanso y ya después averiguar en dónde se encontraba. Para entonces una leve ventisca comenzó a correr desde cualquier parte, formando pequeños remolinos de arena suelta, que como una jauría de fantasmas se iban multiplicando, uno tras otro, en diferentes puntos del panorama frente a sus ojos. El silencio del entorno era rotundo e inalterable, de no ser por el sutil crujir de la tierra al agrietarse, cosa que él jamás había escuchado, o más aún, hubiese imaginado que pudiera escucharse. El paisaje, sobra decir, era agreste, desolador, como si de otro planeta se tratase; un yermo afanoso de agua, flora y fauna, desde luego más variada que la existente, dispuestos todos a dotarle del color y lozanía que hoy las dunas le negaban. Así que guiado por el instinto de quien debe preservarse en un sendero cuyos límites y cursos a veces eran inciertos, cuando no carentes de sucesivas referencias, apretó el paso. Levantó la solapa de su abrigo para protegerse del sol la parte trasera del cuello; inclinó la cara evitando con ello el reflejo de luz que se formaba sobre sus pómulos y clavó la mirada en el suelo al tiempo que tamborileaba los dedos de ambas manos sobre su pecho. Sin percatarse cómo ni en qué momento, comenzó a canturrear una canción que parecía provenir de un pasado distante, de una memoria ajena, de un recuerdo tal vez prohibido. La cantaba entre dientes como si de un rezo se tratase. Y de tanto cantarla, quizá porque era la letra en una lengua extraña, comenzó a encimar las frases, a confundir las estrofas, a cambiar las palabras. Apenas notó que tal cosa ocurría, sin considerar que no había audiencia que por ello reclamara, el hombre maldecía, resoplaba, se mordía los labios en reprimenda, manoteaba tres veces sobre su pecho y articulaba la boca como si finalmente fuese a cantar en voz alta. Ya luego respiraba, carraspeaba para limpiar la arenisca que inevitablemente se le colaba hasta la garganta y con la intensidad de un susurro, incapaz de imponerse siquiera al ruido ya señalado que la tierra hacía, se enfrascaba de nuevo, quebrando la voz por instantes, en esa melodía plena de ansiedad y de nostalgia. De ese modo anduvo las dos horas: con la cabeza inclinada, los ojos clavados en el suelo, los dedos golpeteando rítmicamente su pecho y la canción emanando desde su garganta. Nunca, por cierto, dejó de crujir la tierra. Tampoco, de algún modo, dejó de crujirle el alma.

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