Villa Asunción.

Descendió del autobús con el azoro de quien tras un largo viaje ha llegado a su destino. Apenas puso pie en tierra, reposó su pequeña maleta en el suelo y frotó con fervor la parte posterior de su cuello, como si con ello quisiese alinearse las cervicales. Después, con ambas manos, sobó su espalda a la altura de los riñones, a lo que siguió la inevitable inclinación del cuerpo, primero hacia atrás y posteriormente hacia el frente, en el reflejo natural de elongar por igual músculos que esqueleto. Ahí abajo miró sus zapatos. Recién los había limpiado convencido, como siempre, que un calzado lustroso habla más y mejor de los hábitos de cualquier persona. Y aunque nunca le ha faltado razón a tal concepto, convertido en manía con el paso del tiempo, poco habría de durarle esta vez el gusto, pues pudo advertir, sin que nada se lo impidiese, la forma en que el brillo pulido de la piel de ternera cedía rápidamente ante el dominio implacable de la tierra. Sin más remedio, ansioso de acabar con el disgusto que tal circunstancia normalmente le genera, se resignó a la idea de hacerlos limpiar apenas encontrara un sitio para tal efecto o, de no hallar quién lo hiciera, lustrarlos por él mismo poco antes de irse a la cama. Entonces cerró los ojos borrando de momento la imagen y con cierta parsimonia irguió la espalda para recuperar la postura. En el ascenso, como vestigio de un pasado atlético al que una y otra vez ha prometido volver, jaló tanto aire que en automático le sobrevino un largo y profundo bostezo, el que a su vez, como efecto que da fe de la causa, colocó una línea de agua en el dintel de sus párpados. Tal agua, ni tarda ni perezosa, se desbordó convirtiéndose en un par de lágrimas largas y tendidas que escurrieron venturosas sin saber que no muy lejos de su origen ya les aguardaba el cálido cobijo de un pañuelo. El hombre resopló. Guardó el pañuelo en el bolso interno de su abrigo y abrió los ojos para entrecerrarlos de inmediato tratando de afinar la vista en busca de alguna referencia que le permitiera ubicarse. No obstante, la enorme estela de polvo que el autobús había levantado a su paso se lo impedía. Como en una película del viejo oeste, todo a su alrededor era un paisaje sepia, nebuloso e incierto, del que en ese momento sólo era posible procurarse dos referencias inmediatas: el andar del autobús que, notorio por el ruido del motor y el rechinido de sus muelles, encaramaba más y más polvo al ambiente; y un letrero con el nombre del pueblo, Villa Asunción, que hacía las veces de estación y puerta de entrada a lo que, le habían dicho, sería un lugar encantador donde pasar las próximas noches. Miró el letrero esperando a que el polvo se asentase y descubrió a su lado un charco enlamado y pestilente que le habría arruinado por completo los zapatos de haberse acercado como habría sido su intención en un principio. Sobre el diminuto cuerpo de agua revoloteaba una nube de moscos que parecían batallar con las corrientes de aire, mientras otro escuadrón, este de moscas gordas y de coloridos lomos, se agasajaban comiendo y depositando larvas sobre los restos de lo que alguna vez habría sido un conejo. La imagen, y la sospecha de un aroma que a decir verdad no percibía, produjeron una náusea en el piso de su estómago, erizándole la piel de los brazos y procurándole un sudor frío y repentino que pronto descendió desde su frente. Sacó de nuevo el pañuelo para cubrirse con él la nariz y la boca en un intento desesperado por contener el vómito. Arqueó un par de veces. La segunda acompañada de una tos sonora e inquietante de la que sólo se pudo recuperar expectorando con brutal desparpajo. Escupió el exceso de saliva que las arcadas le había generado y tras mecerse el cabello con enfado maldijo, en nombre y amparo de las mil putas, el momento en que seducido por la labia de un viejo amigo, aceptó la invitación de ir a ese lugar, que hasta el momento puras escenas desoladoras le había obsequiado. En esas andaba cuando, sin saber provenientes de dónde, aparecieron de entre las masas de polvo suspendido un niño y un perro, que se acercaron a él con cierto desconcierto dibujado en sus rostros. El perro, siguiendo una orden discreta pero contundente del niño, acudió de inmediato a olfatearlo, a lo que él sin más remedio aguardó impávido, invadido por el temor de ser atacado por ese animal de aspecto nada acrisolado. El niño, que en todo momento conservó la distancia como si esperara el veredicto del perro, sacó de su pantalón una resortera, tomó del piso una piedra y le apuntó hacia el rostro mientras le advertía, en un gesto de inusual y ortodoxa cortesía, que a menos que debiera algo en su consciencia, no habría razón de temer al perro, pues era sabido por todos en el pueblo que Moloco sólo atacaba a aquellos de los que presentía malas intenciones. El sujeto encogió de hombros y levantó las cejas en señal de que estaba dispuesto a soportar el escrutinio. Moloco le restregó la nariz una última vez, lamió los zapatos y se echó a sus pies sin hacer mueca ni gruñido. Al ver eso, el niño dejó de apuntarle y giró el cuerpo para descargar la piedra sobre el cadáver del conejo, alborotando el zumbido de las moscas que ahí habían formado patria. Volvió a mirarlo, ahora con un gesto menos inquisidor y más curioso. ¿Qué hace usted aquí?, le preguntó. ¿Viene a las fiestas del pueblo? El hombre afirmó con la cabeza y a toda respuesta le extendió, como si de un agente migratorio se tratase, la carta invitación que hacía semanas había llegado a su domicilio. El niño miró con detalle el sobre centrando su atención en los timbres, como si en ellos radicara el misterio de la presencia de ese sujeto. ¿Qué es esto?, preguntó. El hombre le explicó que era la invitación a las fiestas del pueblo. Me refiero a esto, interrumpió el niño señalando las estampillas. Lo otro no me importa porque yo no sé leer. Eso se llaman sellos, le dijo el hombre. ¿Sellos? ¿Y para qué sirven? Es, hizo una pausa tratando de hallar la mejor respuesta, un comprobante de pago. El niño hizo un gesto de entender poco y le preguntó si a él le servían de algo esos sellos. El hombre comprendió que detrás de esa pregunta estaba la intención de quedarse con las estampas y le propuso, a modo de ganar su simpatía, que le permitiera conservar la carta y dejarle a cambio el sobre con los timbres y así evitar el riesgo de romperlos al intentar despegarlos. El niño accedió sin dudarlo. Le entregó la carta y dobló el sobre con excesivo cuidado para guardarlo en el mismo bolsillo en el que minutos antes había depositado la resortera. Entonces volvió a la batería de preguntas. ¿De dónde viene?, cuestionó. De lejos, le respondió el hombre. ¿Viene solo? Sí. ¿Y sabe a dónde va?, remató el niño sin saber que tal pregunta tenía en el sujeto un doble contexto que le complicaba responder de manera correcta, pues por un lado, no tenía la más remota idea del sitio, en términos geográficos, al que se dirigía; y por el otro, hacía tiempo que vivía con la sensación de haber perdido el rumbo de su existencia, siendo esa misma pregunta la que él se repetía cada que se miraba al espejo al comenzar un nuevo día. Supongo que sí, respondió finalmente más para sí que para el niño. Si le sirve de algo, yo conozco mejor que nadie Villa Asunción. Usted dígame a dónde va y yo le digo cómo llegar rápido y seguro. Busco, le dijo el hombre, la Posada del Cardenal, ¿la conoces? Claro, dijo el niño, mi madre trabaja ahí. Abruptamente corrió algunos metros hacia su lado izquierdo y con el brazo extendido señaló hacia un punto incierto entre dos cerros. Por ahí, dijo. Siga todo derecho, que no hay forma de perderse. ¿Está muy lejos?, preguntó el sujeto. No. Todo derecho así como le estoy señalando y llega. ¿Cuánto tiempo?, volvió a preguntarle al pequeño. No lo sé, pero no es mucho. Usted confíe. El niño chasqueó los dedos y Moloco se levantó del suelo. Estiró su cuerpo como lo hiciera el hombre al bajar del autobús. Luego se sacudió el polvo que se le había adherido mientras permaneció echado y caminó con notoria nobleza hacia el niño, que sin decir más puso rumbo hacia el lado contrario de donde había dicho estaba la Posada que el hombre buscaba. El sujeto lo miró alejarse, dudando que tal niño y tal conversación hubiesen realmente sucedido. Levantó su maleta y clavó la mirada en aquellos cerros distantes que, a partir de ese momento, eran sus únicas referencias para dar con la Posada. Para entonces la polvareda ya había cedido. El cielo estaba totalmente abierto y aunque el sol caía a plomo, un viento frío le invitaba a dejarse puesto el abrigo. Frente a sus ojos constató la existencia de un sendero irregular y terregoso, apenas definido en sus límites por una superficie igualmente desértica, pero levemente más agreste. Todo derecho, se dijo. Todo derecho. Miró sus zapatos y se compadeció de ellos. No cabía duda de que iban a padecer como nadie el recorrido. Sin más, apuró el paso y puso rumbo hacia los cerros. Atrás quedaron el letrero y el zumbido incesante de las moscas. A la distancia, otro camión bajaba la carretera. No es que lo hubiese visto, pero una nube de polvo lo delataba.

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