Sin respuestas.

Imelda tiene los ojos grandes. Casi tan grandes como sus dudas, las que, a diferencia de sus ojos, que son azules como el cielo, siempre visten de un gris tieso y nebuloso, como aquel en el que amanecen envueltos los días en El Espasmo, la ranchería en la que, hace ya casi cincuenta años, ella nació. Viste un vestido oscuro, quizá negro, quizá morado, que lleva por estampado miles de pequeñas flores, todas de pétalos blancos, que parecen caer en tropel sobre la tela, amén de un viento que no se aprecia, pero sí se adivina por el patrón que éstas siguen desde la parte alta hacia el pleno de la falda, donde continúan en remolino por todo lo largo y ancho, hasta desvanecerse ahí donde el remate coincide con las rodillas. Sus hombros, de por sí estrechos, hoy se miran más angostos en ocasión de la evidente ausencia de hombreras con la que fue confeccionado el referido atuendo, lo que le da a Imelda un aire de fragilidad y delicadeza, propia de un florero o una licorera hecha en la Verrerie de Sèvres.

Basurto, que en realidad se llama Ernesto, no ha dejado de observarla. Hacia donde ella se mueva, al ritmo que ella lo haga, no la pierde de vista, a veces arqueando las cejas, a veces frunciendo el ceño, y otras, cuando la distancia pone a prueba el avance de su astigmatismo, inclina la cabeza, hacia abajo y un poco hacia la derecha, embebido en la zozobra de seguir la trayectoria apenas por encima del grueso marco de las gafas, horrendas dicho sea de paso, que ocupa para leer. Conforme ella se acerca, como se acerca un cometa a la órbita del planeta, Basurto abre los párpados como zaguanes, se retira las gafas, se frota los ojos y la mira, cómo decirlo, con el azoro de quien no ha visto tierra firme desde hace ya bastante tiempo y por dicha causa se pregunta, entre otras tantas cosas, si lo que mira es en realidad la tierra prometida, o tan solo un espejismo configurado, un poco por la bruma y otro tanto por la urgencia de ya pronto desembarcar.

Imelda lo nota y baja la mirada. Se ruboriza. Junta las rodillas y aprieta el paso. No lo mira, sigue de largo. Entonces Basurto sonríe. Insufla. Ya después deja escapar el aire con deliberada pausa, en lo que se vuelve a colocar los anteojos y anticipa lo que Imelda hace cuando, como ahora, tiene el desatino de ubicarse fuera de su campo visual; justo donde él, por razones que habrán de deducirse más adelante, no puede voltear. Pero más pronto que tarde Imelda toma el camino, que no es otra cosa que ese mismo pasillo, pero ahora de regreso. El ruido de sus tacones lo anuncia. Camina y parece teclear un mensaje en código morse: tres puntos, tres rayas, tres puntos; la petición universal de ayuda, piensa Basurto; y de inmediato, con tan solo cerrar los ojos, se imagina yendo diligente en su auxilio, a lo que, como en toda película romántica, sobrevendrá el abrazo y el beso y el serán felices por siempre, que como promesa de la que todos nos hemos colgado alguna vez, solo es útil para introducir el anuncio de fin, contribuyendo a ese engaño, vil pero universalmente aceptado, de que la felicidad no es el principio, sino el último e insondable final de todo cuanto hagamos en esta vida. Pero, como suele ocurrir cuando en la sala del cine se encienden las luces, todo ese escarceo filosófico se desvanece no bien ella pasa a su costado y le puede mirar, ahora de espaldas, con ese andar cadente y refinado que a Basurto le recuerda la sensación de hallar una fruta, por igual fresca que mostrenca, cuya apropiación parece improbable por la causa válida y conocida de no tenerla, como tal, al alcance de la mano. Entonces Basurto se ajusta los anteojos y se frota las manos. Luego se mece con cierto apuro los cabellos y resopla como si ahora fuera él quien pide ser rescatado, en su caso, de las tantas y tantas preguntas que habiéndosele planteado, no termina de hallarles respuesta.

Imelda, en el instante que pasó a su costado, disimuladamente aspiró con todas las fuerzas las notas frescas de esa fragancia que, de entre todos, distingue a Basurto. Como un reflejo inaplazable engendrado en las cavernas de su olfato, apenas supo que no podía ser vista, abrió sutilmente la boca, se mordió alternadamente los labios y los selló pasándose la punta de la lengua por todo su contorno, como si con ello pudiese reprimir la cosquilla que, duda o antojo, Basurto le ocasionaba. Y a toda respuesta de un cuerpo que por momentos, ella admite, no gobierna, Imelda se encontró en la labor de enderezar la espalda, alinear los hombros, cruzar los brazos por encima de su pecho y con apenas la punta de los dedos tocarse el cabello con arcana ansiedad. Todo lo anterior, como una de esas tantas cosas que llevan a las otras sin que apenas medie voluntad o resistencia, hizo que ralentizara sus pasos, ajustando para bien el talante de sus piernas y añadiendo, en natural y bien intencionada consecuencia, un énfasis delirante al contoneo de sus caderas al andar.

Pero, maldita sea la suerte de los astros que se alinean sin siquiera enviar una señal, resulta que todo ello a Basurto le pasó inadvertido, a instancias de lo que, nervios y preguntas sin respuesta, antes ya les he participado. Así que, sin más argumentos de por medio que el impenetrable sentido de lo no visto y la ambigüedad incognoscible de lo callado, ambos dejaron que sus miradas coincidieran por vez primera desde que este relato diera inicio, en la descorazonada espera de que alguno, sea quien fuera, dijera lo que, quizá no quiere, pero sí tiene qué decir. Entonces Basurto caminó hacia ella sin dejar de mirarle a los ojos; esos ojos azules tan grandes casi como las dudas que los revisten; y ella, con la espalda erguida, los hombros alineados, las caderas ceñidas y los brazos cruzados a la altura del pecho, lo vio venir con gusto y triunfal desconcierto, esta vez, sin agachar la mirada ni dar paso al tortuoso rubor de mejillas que otras veces la ha delatado. Pasará lo que tenga que pasar, pensó para sí Basurto. Que pase lo que sé muy bien ha de pasar, se dijo Imelda en silencio. Y así fue. Basurto extendió la mano y entregó a Imelda una hoja prácticamente en blanco. Ella la recibió, sin dejar de mirarlo, con las cejas erguidas en posición de sorpresa. Pero no existe en Imelda tal sorpresa. En su lugar, lo que de sus ojos brota como petróleo recién descubierto es el reflejo de ese placer perverso y tiránico, que envuelve a toda profesora, miente quien diga que no, cada vez que tiene la oportunidad de reprobar a un alumno.

Nos vemos aquí el año que entra, Ernesto -le dijo ella.

Aquí nos vemos, profesora -le respondió sonriente.

Y sin dejar de mirarse, caminando el muchacho de espaldas hacia la puerta que da al patio, Imelda y Ernesto, sin más respuestas, se dejaron ir en absoluto, perverso y prometedor silencio.

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