Las cosas que importan.

Era de noche, casi de madrugada. No importa si llovía, si soplaba el viento, si hacía calor, o si había tormenta. Importa que era de noche y que Claudio estaba sentado en una silla de patas altas y forro color vino, justo enfrente de una mesa, al centro de la cocina del departamento de Paula. Importa también que la luz, la luz de la cocina quiero decir, era tenue, como si viajara entubada y que por esa causa no tuviese manera de esparcirse hacia todas partes. Importa que ello daba pauta a cierta penumbra que gobernaba el entorno. Importa que en la mesa había dos hileras de vasos, seis en total, todos usados; una botella de vino, casi vacía; dos platos, uno con restos de lo que parece ser una salsa y el otro con las hojas a la deriva de lo que con certeza fue una ensalada. Importa que al otro lado de la mesa, frente a la estufa, estaba Paula dando la espalda a Claudio, aguardando el hervor del agua que recién había puesto para hacer café. Importa que estaba el radio encendido. Un radio viejo de esos que ya casi nadie utiliza y que es capaz, cosa más rara en estos tiempos, de sintonizar con toda claridad no solo las estaciones de la frecuencia modulada, sino de la amplitud modulada, cada vez más olvidadas, por no decir que dramáticamente desconocidas. Importa que junto al radio, a una distancia mínimamente prudente como para no quemarlo, habían dos veladoras, una de ellas encendida, consumida a la mitad, desparramado en cera derretida el envase que la contiene. La otra, que estaba por el momento apagada, presumía el pabilo intacto, erguido a lo alto como mástil de velero, dándole un aire de involuntaria paciencia, como aquella por la que transita todo aquel que aguarda el turno de cumplir con su función y su destino. Importa que la veladora apagada no estaba al interior de envase alguno. Por el contrario, aun lucía cubierta por ese papel blanco satinado con filos púrpuras en el que las envuelven para su venta en la tienda de la esquina. Importa que la música apenas se escuchaba; que los anuncios, de tanto repetirse, se habían vuelto predecibles y por ello no despertaban el interés de Claudio, ni el de Paula. Importa que él tamborileaba los dedos de la mano derecha sobre la mesa y que entre los dedos de la izquierda sostenía un cigarro tan apagado como la segunda veladora. Importa que ella, todavía de espaldas, se mecía hacia los lados, entrelazando sus manos por encima de la hebilla de su cinturón, delgado y elegante como todo su atuendo, tratando de contener una respiración cada vez más agitada. Importa, porque esto no puede pasarse por alto, que era la segunda vez que ambos se miraban y la primera que, propiamente dicho, se encontraban solos. Importa que antes de que todo lo dicho ocurriera, estuvieron acompañados por Fernando y Sonia, quienes eran, a resumidas cuentas, los responsables de que se conocieran. Importa que nunca fue la intención de ellos, Fernando y Sonia, dejarlos solos; como tampoco pasó por la mente de Claudio quedarse más tiempo de lo que en estricto sentido debe durar una cena. Importa que Paula, cuando Sonia convocó a un segundo brindis, se descubrió pidiendo en secreto que así fuera: que Fernando y Sonia partieran temprano y que Claudio no hallara motivos para salir sino más bien tarde. Por eso, cuando Fernando y Sonia se despidieron, Paula tomó del brazo a Claudio, a quien le pidió ayuda para reparar una fuga que él recién había descubierto en el baño de visitas. Importa que ella no ha dejado de pensar en eso, en la sucesión de eventos que los tienen ahora, tan cerca y tan lejos, cada uno a lado de la mesa. Importa que es por ello que se mece y que se aprieta el abdomen, tratando de contener los nervios. Importa que Claudio, desde que se quedaron solos, no ha ido a ver la fuga. Importa que no ha ido pues ella insistió en primero beber un poco más de café para hacer la digestión. Importa que así fue como llegaron a la cocina y que fue por eso que hay agua calentándose en la estufa. Hablando de eso, importa que el agua hierve a los cien grados Celsius y que lograr tal temperatura depende de la intensidad de la flama. Importa que, consciente de eso, ella abrió la llave del gas apenas y lo bastante como para que saliese de la parrilla una lumbre más bien incipiente. Importa que él, como no queriendo la cosa, se preguntaba qué tan osado sería abrazarla por la espalda. Importa, porque siempre importa, que evaluaba sus posibilidades sin dejar de mirarle la cintura, ni de calcular el tamaño preciso de sus nalgas. Importa que ella, mientras tanto, contaba mentalmente los pasos que hay entre esa cocina y su recámara. Importa que en ese instante quiso voltear, pero se contuvo ante el temor de sentirse obvia y por tal causa optó por desplazarse un poco hacia donde estaban las veladoras. Importa que en el destello de esa imagen, él pudo apreciarla de perfil facilitándole los cálculos y propiciándole las ganas. Entonces ella, que no quiso perder más el tiempo, ni la oportunidad, ni el momento, ni esas mismas ganas, volteó decidida a mirarlo a los ojos. Importa que el anticipó el movimiento, corrigió la vista y le buscó el rostro. Importa que no solo se miraron, sino que se sonrieron. Y lo mismo importa que como dos niños encogieron los hombros y levantaron las cejas. Importa que no hablaron, que no dieron lugar a duda alguna, que comprendieron a la perfección el significado y el contexto de ese silencio y de las implicaciones de esa noche dispuesta a llevarlos a cuestas. Importa que sin más trámite se aproximaron y se ofrecieron los labios y las gargantas. Importa que después, como una cosa que lleva a la otra, se brindaron las manos y todas las caricias, las sutiles y las toscas, que en ellas se guardan. Importa que se quitaron la ropa como quien se desprende de una carga; y que se descubrieron el uno al otro por obra sutil del tacto y por el arte indomable de las ansias. Importa que él le tomó de la cintura y le buscó la espalda reclinándola contra la mesa; que desde allí le acarició los senos, que para ella toda la vida le habían parecido pequeños y poco aprovechados. Importa que ella, dispuesta a jugarse el resto, le arrimó las caderas; que las frotó contra él embargada por la impúdica voluntad de provocarlo a partir de la fricción más sublime de todas cuantas se hayan descubierto en la naturaleza. Importa que él le metió los dedos a la boca; y que ella, a toda respuesta, le sujetó por el pene jalando de él hasta asegurarle una erección absoluta. Importa que él, ante la plenitud de un deseo tan innegable como impostergable, quiso retrasar el instante de penetrarla, pero ella, que había tomado el control, hizo todo cuanto pudo para llevarlo sin más demora hasta sus adentros. Importa que aquella fue una penetración fuerte, tajante, como esas que anhelan volverse inolvidables. Importa que su ímpetu cimbró la mesa y los vasos, la botella y los platos que estaban en ella. Importa que la radio siguió sonando esa estación vieja; que la veladora no dejó de alumbrar a la salud de los santos y que la luz del foco, entubada y tenue, perdió importancia en la medida en que ambos, Claudio y Paula, se fueron encendiendo e iluminando el uno al otro. Importa, como ya he dicho, que era de noche. Importa finalmente que no se reparó la fuga, como tampoco el que en ningún momento hirvió el agua.

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