Más allá del mar.

Bajo la sombra de este árbol, hija, comienza mi historia. Por aquella ladera del fondo, entre una pendiente y la otra, Cándido solía pastorear sus ovejas desde que tenía siete años. Dos veces al día, caminando por la estrecha vereda que se abre a un costado de la Iglesia de Santa Julia, bajaba desde su casa, en aquel punto del monte, hasta aquí, a los pies de la Torre. Naturalmente, Nonza no era como la miras ahora. Para empezar, no había tantas casas, las calles no estaban pavimentadas y su gente vivía esencialmente de vender olivas, aceites y quesos en los mercados de Farinole, San Martino di Lota y el Puerto de Bastia. Había una sola escuela y estaba lejos. Nadie asistía a ella. En el pueblo se calcula que habrán sido no más de cuarenta habitantes, de los que tan solo diez eran infantes: Cándido y sus dos hermanos; los cinco hijos del tío Fabio, y dos niñas de una mujer llamada Antonella. Según refieren los libros, Córcega era en aquel entonces poco menos que una isla salvaje. Su historia reciente estaba conformada por cien años de revueltas intestinas, bandazos entre franceses e italianos y la impía acción de las plagas y epidemias que le azotaron durante la primera mitad del siglo XIX. Como podrás imaginarte, las necesidades eran muchas y las opciones pocas. Cándido y sus hermanos, junto con los dos hijos varones del tío Fabio, ayudaban en las labores diarias. Cándido y su primo Bertrand lo hacían, como te dije, cuidando las ovejas. Donato, Geronimo y Filippo, con más años que los primeros, se encargaban por igual de cosechar las olivas, de fabricar los aceites y de acompañar a los padres en sus viajes hacia los diferentes pueblos en que los vendían. Las mujeres, por su parte, tenían a su cargo la elaboración de los quesos y la operación de los telares en donde confeccionaban la ropa que usaban. Entre tanto, me imagino, el niño Cándido debió pasar largas horas de su infancia sentado bajo la sombra de este árbol, contemplando el mar con profunda curiosidad y entusiasmo. Una tarde de abril de 1891, a los quince años, Cándido bajó con sus ovejas por última vez a la Sassa, que así solía llamarse este paraje. A la mañana siguiente, él y su primo Bertrand se fueron escondidos en la carreta de Donato hacia el puerto de Bastia en busca de trabajo. Allá las oportunidades eran más y mejor pagadas. Los jóvenes fuertes y entusiastas estaban bien cotizados. Hacía no mucho que se había prohibido todo contacto comercial entre la isla e Italia y eso había ocasionado que muchos trabajadores, más identificados con sus orígenes italianos que con los lazos franceses que a toda costa trataban de imponerles, abandonaran el puerto en busca de aventuras al otro lado del Mar Tirreno. Los dos muchachos se quedaron poco más de un año en Bastia. Allí trabajaron como cargadores, primero en el mercado y después en el muelle. Compartían un cuarto muy cerca del Oratorio de la Inmaculada Concepción, apenas a una cuadra de la Place du Marché. Todo les quedaba a pie. Todo les parecía favorable. En enero de 1892, por un acuerdo del que nadie tiene mayores datos, se reactivó el comercio entre Córcega, Livorno y Génova. A causa de ello, el puerto retomó auge y se fue poblando de nuevo. Aumentó el flujo de las embarcaciones; las tripulaciones colmaron por igual plazas y tabernas y de su boca arribaron las noticias de un mundo distinto y fascinante del que Cándido no tuvo duda de querer conocer. Con la idea en ciernes, continuó trabajando con esmero, en busca de la primera oportunidad que le permitiera embarcarse e ir tras esos sitios de los que tanto le habían platicado. Aprendió el francés y perfeccionó su italiano asistiendo a clases con un monje llamado Lorenzo. Se hizo traducir sus pocos papeles a los dos idiomas y averiguó tanto como pudo cómo era el trabajo en alta mar. La oportunidad le llegó en julio de ese mismo año. Un brote de disentería entre los marineros de un navío genovés hizo que cambiara el rumbo de su vida. Sin más alternativas y debido a la urgencia de emprender el regreso, el capitán a cargo de la embarcación ordenó que dejaran en tierra a los enfermos y que en su lugar subieran a los primeros doce jóvenes que se animaran a suplirlos. La oferta consistía en llevarlos trabajando y devolverlos como pasajeros casi de inmediato. Solo se quedarían en Génova los dos días de descanso que ordenaba la ley de entonces. Todo sería muy bien pagado en consideración de la premura, sin mencionar, claro, las otras virtudes y beneficios que, todos saben, suelen acompañar a los hombres que hacen del mar su centro de trabajo. Cándido convenció a Bertrand de irse. Supongo que no le habrá costado trabajo. Habían crecido juntos, el mundo conocido por ambos era el mismo y no había razones para eludir una experiencia como esa. Nada les aseguraba, aunque fuera probable, que hubiera otra oportunidad así más adelante. Así que un día y medio después desembarcaron en Génova. Apenas pusieron pie en tierra devoraron cada rincón de ese nuevo puerto. Disfrutaron como un par de niños de sus dos días de descanso. Recorrieron las calles de la ciudad vieja. Se perdieron por la ciudad nueva. Visitaron sus plazas y sus palacios. Comieron como náufragos por todas partes. Pero llegada la hora de zarpar de regreso a Bastia, solo Bertrand abordó el barco. Minutos antes ambos se despidieron en el Porto Antico. Quiero creer que lo hicieron con un fuerte abrazo. Uno de esos que tratan de dejar en claro lo difícil de la separación, pero lo necesario de ella al mismo tiempo. Se habrán dicho algo. Algunas palabras. Me encantaría saber cuáles. Al final, con una profunda incisión en el alma, uno caminó hacia el muelle, mientras el otro lo hizo en el sentido contrario. Bertrand subió las escaleras del barco en lo que Cándido se perdía entre la gente. Esa, hija, fue la última vez que el tío Bertrand y mi tatarabuelo se vieron.

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