No te enojes cuando juegues ajedrez.

de María José Moreno Lim*.

La rana juega feliz ajedrez. Mueve las figuras con alegría por el tablero. Peones, alfiles, torres y caballos. Todo en movimientos precisos y bien calculados. Su contrincante, una gallina vieja y gorda que se las da de ser buena en el juego, mira con detalle cada movimiento y trata de adivinar el juego de la rana. No quiere perder la partida, me queda claro. Pero la rana, joven y astuta, toma la reina y avanza segura de que el fin está cerca. La gallina se ha confundido y en un descuido la rana, que cierra un ojo como si necesitara afinar la puntería, en solo dos movimientos la puso en jaque. Oh, problemas. La gallina se ha enojado. Cacaraquea fuerte y se esponja como una pelusa recién salida de la lavadora. Está tirando picotazos sobre el tablero, echando a perder el juego. Yo creo que la rana nunca la había visto enojarse. Le miró con miedo y sorpresa. Abrió sus ojos rojos como dos soles y espero quieta y en silencio hasta que la gallina terminara con su berrinche. Hasta eso no pasó mucho tiempo, aunque a la rana pudo parecerle eterno. De repente la gallina comprendió que estaba haciendo el ridículo. Es solo un juego de ajedrez. No entiendo porque no se divierte. Cuando por fin se calmó y sus plumas volvieron a su sitio, caminó hacia el otro lado del tablero y extendió su alita, pidiendo disculpas a la rana por lo ocurrido. Te prometo que ya nunca me voy a enojar, le dijo la gallina. ¿Quieres seguir jugando? La rana, que además de cabeza tiene un corazón muy grande, estrechó el ala de la gallina. Entendió que de vieja su amiga ya no va a cambiar y que ella la quería tal y como era. Por eso le sonrió. Frotó sus manitas y volvió a colocar las piezas sobre el tablero. Juego nuevo, le dijo a la gallina. Cada una ocupó su sitio y comenzaron a jugar de nuevo.

Llevan cinco horas jugando y la gallina no se ha vuelto a enfadar. Lo sé porque las estoy viendo desde la ventana. Está bueno el juego. Yo quiero que la rana me enseñe a jugar ajedrez.

*Nota: Como parte de un juego mi hija y yo hubo una vez que comenzamos a inventar historias. De tantas que hemos inventado, hoy nos dimos a la tarea de escribir una. Lo tomó muy en serio. Ella imaginó a la rana, a la gallina y quiso que ambas jugaran ajedrez. Quedé sorprendido. Jamás imaginé que el solo hecho de acompañarme mientras escribo lograra en ella el interés por algún día crear sus propios cuentos. Estaba tan contenta que le prometí que lo publicaría. Y aquí está. Lo que acaban de leer es la reproducción íntegra de lo que ella propuso como eje central de su cuento. La historia es totalmente de ella. Yo solo puse los puntos y las comas. Y la risa. Y el asombro.

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