Puede que así sea.

Madrid de noche

Aquella noche cayó una tromba en Madrid. El sol aún no terminaba de ocultarse y un banco de nubes, negras como la misma noche, ya había invadido por completo el cielo. El destello de los rayos y el crujir de los truenos dejaron en claro que no se trataba de una lluvia ligera. La gente que deambulaba por las calles corrió despavorida apenas se dejaron sentir las primeras gotas sobre sus cabezas. Cada uno de ellos hizo lo que pudo para ponerse a buen resguardo. Algunos, por ejemplo, se refugiaron en las plazas comerciales, otros lo hicieron en cafeterías y restaurantes; los más corrieron hacia las estaciones del metro. Hubo también quienes se quedaron varados en cines y teatros. Los osados y los desamparados, en cambio, quedaron sin más remedio a merced de la tormenta las dos horas que tardaron en vaciarse los nubarrones sobre las calles del centro de la capital.

En principio Rebeca no tenía idea de lo que ocurría allá afuera. Recién despertaba de una siesta que, pese a sus intenciones, no tuvo nada de breve. El hambre y el desconcierto, ya que Rebeca no suele dormir por las tardes, la sacaron de la cama con el apremio de hacerse a la calle y buscar un buen sitio donde cenar. Para entonces la tromba estaba en su apogeo. Desde el ventanal de su habitación no se veía otra cosa que una cortina de agua cayendo inclemente sobre calles y techumbres. La ciudad había desaparecido detrás de una bruma tan baja y espesa que ni los relámpagos podían abrirla con su efímero resplandor. Salir, por mucha hambre que tuviese, sería una locura. Sin otra alternativa y muy a pesar de su costumbre, decidió que la mejor opción era pedir el servicio a la habitación. No fue ni con mucho una decisión sencilla. En su memoria todavía estaban alojados los sinsabores que horas antes le había procurado el desayuno. El café tibio, los alimentos insípidos, pero principalmente un pésimo servicio le hicieron jurar que bajo ninguna circunstancia volvería a comer en el restaurante del hotel. No obstante, dadas las condiciones del entorno, era eso o nada y su hambre, una vez declarada, no conocía de orgullos, menos aún de razones, así que la jodería con ahínco hasta producirle espasmos en la boca del estómago y salivaciones próximas a las náuseas. Con cierto enfado, comiéndose las uñas como cada vez que la frustración se hacía en ella, caminó hasta la repisa frente al espejo y tomó el menú que ahí se encontraba. Lo miró con el desdén de quien sabe que no habrá de encontrar nada a su entero gusto. Con cierta predisposición al desencanto y sin mucho meditarlo, optó por algo ligero: una ensalada de lechugas, jitomates y alcaparras; una copa de vino blanco, un vaso de agua tibia y un café descafeinado. No habría de matar el hambre, lo sabía. Cuando mucho la mitigaría apenas lo necesario para pasar una noche más o menos relajada. Ya en la mañana, con el clima en mejor disposición de facilitar las cosas, tendría tiempo de hacer, si era el caso, el último desayuno en Madrid.

Cogió el teléfono de mala gana. Marcó el número que conectaba al restaurante y espero a que le respondieran. Timbró una, dos, hasta tres veces. De pronto una voz joven, dudosamente masculina, respondió el llamado. Ella, sin más cortesías, levantó la orden. Su tono era tajante, como si quisiera hacerle saber a su interlocutor que no estaba para soportar cualquier intento de mal servicio. Al otro lado de la línea, el joven repetía con desgano cada una de las solicitudes de Rebeca. De solo imaginarlo con las cejas erguidas y los párpados entrecerrados, inmerso en un mohín de franca burla mientras replicaba lo que le decía, Rebeca era capaz de sentir cómo le comenzaba a hervir la sangre, y como siempre que eso ocurría, gesticulaba abriendo de más la boca, torciendo la mirada al techo y sacando la lengua de tanto en tanto. Entre una mueca y otra miraba de reojo al ventanal, deseosa de que la lluvia le ofreciera una tregua, tan solo necesaria para gustosa cancelar la orden y salir a ese restaurante que tanto le apetecía desde la primera noche en la ciudad. No obstante, seguía lloviendo y no tuvo más remedio que concluir el pedido, tras lo que colgó el teléfono y exhaló desde lo más profundo como si con ello hallara alivio a su frustración. Con la frente recargada sobre las palmas de las manos, fijó la mirada en algún punto impreciso de la habitación. Llevaba cuatro días ocupándolo y se había perdido el recuento de los detalles circundantes. Lo primero que miró fue la única lámpara que estaba encendida. Le recordaba mucho a la que tenía en casa y quizá por ello es que no bien llegaba de la calle, lo primero que hacía era encenderla. A diferencia de la suya, tomó nota de inmediato, la luz de esa lámpara era tenue, algo así como apagada, si es que el término resulta adecuado; como esas que, a la sazón de un bajo voltaje, despiden un haz de luz sesgado que solo alarga las sombras. Observándola con el debido detenimiento, era notoria la presencia de un titilar discreto pero impaciente, que propiciaba en todo cuanto iluminaba un ambiente atribulado. Por instantes la luz parecía no provenir de un foco, sino de una vela con el pabilo desmadejado. Después miró la alfombra. Era de un rojo cereza, color habitual para los hoteles del centro, que no precisaba de mucho para adivinar que alguna vez fue más intenso. Rebeca aspiró como queriendo ubicar los aromas que venían de ella. Descubrió que, como lo pensaba, olía a viejo, a tela eventualmente enjabonada, pero de cualquier manera plena de una esencia insuperable de polvo una y otra vez lavado. En algunas zonas, las de tránsito más frecuente, era notorio que había perdido su tersura originaria, ya que asomaba, con cierto grado de descaro, las asperezas resultantes de los gruesos hilos de su entramado interno. De todo el mobiliario, pensó, el armario era el mejor conservado. Sus puertas eran de un nogal extraordinariamente trabajado. Los remaches de la herrería tenían la textura martillada de los viejos talleres. Todo indicaba que era un mueble artesanal y caro, acaso la prueba más contundente de la fama y gloria que precedía al Hotel Castilla.

Previendo la impaciencia que le generarían los cuarenta minutos que le dijeron tardarían en llevarle la cena, Rebeca aprovechó para avanzar algunos pendientes. Antes que otra cosa vació todo cuanto cargaba en las bolsas de su pantalón. Dejó caer sobre la cama algunas monedas, otros tantos billetes, la llave del cuarto, su tarjeta de crédito y un papel que estrujó con cierta malicia, pero que inexplicablemente no arrojó al cesto de la basura. Como si hubiese abandonado un lastre con ello, se posó frente al espejo y miró su reflejo como si estuviese conociendo a alguien por primera vez. Estiró los brazos. Los elevó tratando de alcanzar el techo. Después los estiró hacia el frente atenazando los dedos de ambas manos. Como el cielo, crujieron las vértebras de su espalda media, extendiendo el crepitar de sus huesos, como en un efecto dominó, hasta llegar al cuello. Sintió tanto alivio que volvió a estirarse hasta que un bostezo, que parecía venir desde el fondo de sus intestinos, emanó ferozmente de su boca. Como un felino, exhaló y alargó el torso hasta sentir que la vida podía escapársele por el ombligo. Cerró los ojos y deseando por un breve instante que así fuese, se dejó ir en el placer que le imponía esa sensación. De memoria desabrochó uno a uno los botones de su blusa y de su pantalón. Aflojó sutilmente la ropa y se soltó el cabello, dejándolo caer como cascada sobre sus hombros. Se miró las piernas, giró para observarse con detenimiento los muslos y por un momento le pareció que era más alta de lo que siempre había creído. Con pasos suaves, flotantes, regresó hacia la cama, donde además de las cosas que recién había dejado, también estaba, a medio hacer, la única maleta con la que había viajado. De su interior extrajo la ropa que habría de usar el día siguiente. Nada especial ni extraordinario. Ropa más bien práctica y cómoda, como debe ser para cualquier viaje. Una a una tomó las prendas. Las olió al tiempo que las iba doblando para finalmente colocarlas sobre el sillón de lectura que estaba contra la pared a un costado de la cama. Así lo hizo desde el primer día. Una más de las acciones mecánicas que llegó replicando desde casa. Antes de cerrar la maleta guardó en ella algunas cosas que asumió ya no ocuparía. Aunque estaba segura de tener todo bajo control, echó un último vistazo en cajones y gavetas solo para cerciorarse de que no olvidaba nada. Hasta entonces fue que se percató con asombro del desorden que al paso de los días había ido dejando sobre la mesa. Cartera, mapas, boletos, sombrilla, revistas y hasta la toalla que recién había usado para secarse cuando se lavó la cara antes de la siesta. Todo estaba amontonado con aire de consumada desvergüenza. Aparejado con el golpe de un relámpago cuyo reflejo se coló por la ventana, le vino a la mente la cena. Pensó que de ninguna manera comería en la cama, así que era necesario despejar aquella porción de madera, convertida en el repositorio predilecto de su desarreglo. No obstante, en vez de acercarse y poner en marcha la tarea, se sentó en la orilla de la cama y contempló en absoluto silencio el pequeño caos en el que estaba convertida esa parte de la habitación. Supuso que así habría de verse, si acaso alguien hiciera una toma repentina, la radiografía de sus emociones en ese momento. Todo cuanto había en la escena contaba con una razón para estar, pero nada estaba como tal en su sitio. Descubrió que, como la mesa, la totalidad de sus emociones, las buenas y las malas, estaban allí, mezcladas sin ton ni son, a la espera de brotar, aun a riesgo de confundirse, sin orden ni sentido. Pensó que mientras las contuviera no habría modo de separarlas, menos aún de depurarlas y se preguntó en qué momento es que permitió que todo se volviera tal desbarajuste. Recordó la última conversación que sostuvo con su madre y las palabras que entonces pasó por alto, le hicieron eco y sentido. Mantén la calma, le dijo aquella vez su madre. Deja que el tiempo ponga cada cosa en donde corresponde. ¿Pero cómo?, reflexionó Rebeca. No hay manera de que ello ocurra teniendo tal amasijo de emociones apiladas. Definitivamente no hay tiempo que haga su trabajo en esas circunstancias, se reprochó. La idea de liberarse, de fluir comenzó a tomar forma en su mente ya no tanto como anhelo, sino como una necesidad impostergable. Para ello habría que poner orden, soltar y al mismo tiempo recibir aquello que la vida le ofreciera como catalizador, que al fin y al cabo, bien empleados los catalizadores, son el principio básico de una solución mayor.

Supuso que ordenar la mesa sería como un primer ensayo de lo que con el paso de los días debería hacer consigo misma. Cayó en la cuenta de que no había hablado con su madre desde aquella charla que le dejó con más preguntas que respuestas. Admitió que había sido ella la que propició el distanciamiento apenas notó que su agobio, en vez de decrecer a raíz del desahogo al que había ido en busca, iba en constante aumento; y que su fastidio, otrora controlado, estaba tomando un rumbo tan peligroso como incesante. Fue entonces cuando apareció Octavio, un viejo amigo de quien muy poco había sabido en los últimos cinco años y que repentinamente acudía a su vida con la simplicidad de una grata coincidencia. Sin que tuviera que hacer demasiado, por el solo hecho de concurrir en el momento preciso, Octavio se convirtió en una opción de desahogo a la medida para Rebeca. La distancia física existente y el tiempo que dejaron de frecuentarse eran ingredientes insuperables para ello, pues a un mismo tiempo él era lo necesariamente familiar y lo pertinentemente ajeno como para dotar a sus consejos de toda la objetividad que Rebeca daba por hecho los demás habían dejado de obsequiarle. Durante las madrugadas cruzaban mensajes de texto. La comunicación, breve y esporádica en un comienzo, fue tomando ritmo en la medida en que ella iba desentrañando sus dudas y pidiendo consejos. Por lo general las conversaciones nunca llegaban a un punto conclusivo, sino que se quedaban inertes apenas asomaba algún comentario u opinión que precisara, para Rebeca esencialmente, de tiempo para digerirse. A la noche siguiente se retomaba el contacto, pero no la conversación, así que todo cuanto se había hablado en las noches precedentes quedaba flotando en un mar de cabos sueltos a los que aparentemente no les daba el tiro para ser atados en un solo hilo conductor. Una noche, sin embargo, la conversación se extendió por más de tres horas. Mensajes iban y venían con un ritmo más constante de lo habitual. Los textos eran más largos y contenían más detalles. Poco a poco se iban aclarando ciertos temas que las otras charlas dejaron a la vera de la intuición y la sospecha; y en paralelo se abrían otros que hasta entonces ninguno de ellos habría supuesto que podrían tocarse sin la natural resistencia del otro. Estaban cómodos con la dinámica, con la sensación de fluidez que cada envío les iba dejando, con la idea casi convertida en certeza de que al otro lado de la línea, en este caso tan ancha como un océano, la contraparte sonreía y hasta se emocionaba con lo que estaba ocurriendo. Ahogado en esa euforia, Octavio tomó el riesgo menos calculado de su existencia y lanzó una propuesta que dejó fría a Rebeca. La charla se interrumpió de golpe. Octavio, suponiendo que, como en los pantanos, cualquier movimiento solo empeoraría las cosas, no hizo nada por corregir, menos aún por arrancar una respuesta. Rebeca, por su parte, optó por reservarse hasta tener claro lo que tal planteamiento anímicamente le generaba. Quería evitar a toda costa una respuesta precipitada que tarde o temprano trajera consigo decepción o desencanto. Era obvio que desde hace tiempo vivía a merced de sus dudas y de sus miedos. No bien el silencio se prolongó hasta hacerse insuperable, Rebeca apagó su teléfono, lo guardó en uno de sus cajones y se metió entre las sábanas de su cama ideando la mejor respuesta. Quiso dormir pero no pudo. Hizo un rápido inventario de sus emociones y descubrió que había un nuevo inquilino en el caos habitual de sus entrañas. Era una sensación distinta al resto. Una suerte de emoción cargada de una fuerza particular que poco tenía de azarosa y que, a partir de ese momento sería lo único que permanecería en su sitio. Salió de la cama, encendió la luz, tomó el cuaderno de notas que siempre dejaba sobre el buró y pluma en mano quiso describirla, ponerle adjetivos por si precisaba explicarla cuando diera respuesta a Octavio. Empero, no halló las palabras precisas. Escribió y tachó cada línea que anotó sobre esa hoja en blanco. Cerró los ojos, se jaló los cabellos, se abrazó procurándose consuelo hasta que finalmente comprendió que las emociones, como sucede con los eventos más trascendentales de la vida, sin importar que se encuentren en su estado más embrionario, suelen carecer de explicaciones, pues la órbita en la que ocurren lo mismo las dota de sentido que igualmente las hace inmunes a cualquier razón que las confirme.

Tres días después, sin que mediaran más explicaciones, Rebeca dejó un recado en la contestadora de casa de sus padres. Me voy, les dijo. Vuelvo en unas semanas. No se preocupen por mí. Voy a estar bien. Posteriormente, empacó algo de ropa, tomó un taxi hacia el aeropuerto y abordó el avión que la llevó a Madrid. Supuso que las once horas de vuelo, el cambio de horario, la distancia, el mar de por medio, todo en conjunto, ayudarían en algo para sentir mejoría. Y aunque todavía no estaba segura de estar haciendo lo correcto, admitió que de un tiempo a la fecha esa misma sensación le perseguía a todas horas, sin importar que actuara conforme lo que ella creía era lo mejor para todos; así que, como quien comprende que los dolores aumentan cada vez que se les presta más atención de lo ordinario, asumió que lo mejor sería restarle importancia y dejar que la fortuna le diera la razón a quien la tuviera. ¿Qué podía ser lo peor que le pudiera ocurrir?, se preguntó; y a toda respuesta le vino de nueva cuenta aquella sensación indescriptible que la sacó de cama la última noche que se escribió con Octavio. Una palpitación incesante y hasta inoportuna que terminaba por alojarse como sutil punzada en el centro del pecho. Estaba justo a la mitad del vuelo, con todas las luces del avión apagadas y la mayoría de los pasajeros durmiendo. Esa punzada era su única compañía y la ansiedad que ella le generaba la única conversación probable. Apremiada por la intriga se levantó de su asiento y caminó por el pasillo hasta donde los sobrecargos estaban reunidos. Les pidió le sirvieran un trago de tequila pues no podía conciliar el sueño. Amablemente se lo sirvieron y le invitaron a regresar a su sitio, lo que ella hizo sin oponerse. Para su fortuna los sillones contiguos estaban vacíos, así que pudo extenderse en ellos improvisando una cama que a pesar de su estrechez era mejor que la limitada inclinación de un respaldo. Apagó la luz de lectura, sorbió un poco de tequila y desabrochó los primeros dos botones de su blusa. Se le metió en la cabeza que debía ubicar el lugar preciso de donde tal dolencia provenía. Para ello, colocó los dedos índice y anular sobre su hueso manubrio y desde allí descendió una cuarta hacia el esternón. No tuvo que buscar demasiado. La punzada estaba alojada entre un hueso y el otro, en un punto medio entre los senos. Tratando de medir el umbral de la molestia, Rebeca fue oprimiéndolo gradualmente. Como si se tratase de un mal físico, medía la intensidad del dolor procurando adivinar la causa probable. En la medida en que lo iba palpando descubrió que la piel se le erizaba y la mente echaba a andar sus ansiedades. Un temblor le recorrió las piernas y el bajo vientre. El corazón batió con desenfreno y la consciencia, urgida de tomar de una vez por todas el control del momento, tiró en última instancia el lazo con el que amordazó de golpe todas las demás sensaciones. No era, le quedó claro, una taquicardia. Era, en todo caso, una mezcla perversa de ganas y arrepentimiento anticipado.

Ocho días habían pasado desde entonces y la punzada ahí estaba de nuevo. Rebeca terminó de limpiar la mesa convencida de dejar que la sensación entrara en ella con toda su fuerza. Sintió cómo se le entumecieron los senos. Un hilo de sudor bajó por la mitad de su frente. Apretó los dientes. La respiración comenzó a entrecortarse. Con las manos frotó sus muslos y apretó el trasero contra la silla. La punzada ya no estaba en el pecho, sino en las sienes y en la entrepierna. Era como un estallido que subía y bajaba de una ubicación a la otra, dejando una estela de placer sobre la piel. Llevó la mano hasta el sitio exacto de donde ella asumía partía ese tren del deleite y cerró los ojos tratando de imaginarse acompañada. A su mente vino la imagen de un solo cuerpo sobre el que se amontonaron varios rostros. Todos amados en su momento, todos atractivos según los evocaba la memoria. Uno de ellos, el más distante y difuso de los que ahí concurrían, vino con la fuerza de una marea mal calculada. Entonces sintió un sobresalto que la sacó de su gozo, obligándole a elevar los muros de la consciencia en su defensa. De golpe las sensaciones se disiparon. Nada quedaba de ese momento de fuga. En el desconcierto que ello le procuraba, afanosa de distraer la mente, encendió el televisor y sacó de su bolso la cajetilla de cigarros. Eligió un canal al azar. El programa era lo de menos, lo que ella quería era el ruido de otras voces que le permitieran ahuyentar la sensación de soledad que intempestivamente le había cobijado. Y aunque sabía que no se detendría a ver el programa que eligiera, llamó su atención una película de vaqueros en la que Chuck Norris hacía el papel del Sheriff del Condado y David Carradine actuaba como Joe Sabandija, el malo de la historia. La trama, por demás previsible, era lo de menos. A Rebeca le parecieron divertidos los diálogos, pues estaban doblados al español ibérico, lo que eventualmente le dotaba de ocurrencias lingüísticas que en una de tantas le hacían perder coherencia al guion. En una de las tantas escenas el Sheriff acude en solitario al encuentro de la banda de Joe Sabandija, en pleno centro del pueblo. Con una mirada penetrante descendió de su caballo mirando a todos y a ninguno. Pasando por alto toda probable y probada desventaja, posando la palma de la mano sobre la cacha de su revolver para entonces perfectamente ceñido a la cintura, eleva la voz y les advierte que solo disponen de dos horas para marcharse del pueblo, o de lo contrario habría de mandarlos a tomar por culo. Los de Joe Sabandija rompieron en una sonora carcajada. También lo hizo Rebeca, a quien le pareció no solo que tal advertencia carecía de la sustancia requerida para tomarse por seria, sino que por si sola la frase “a tomar por culo” era a tal modo patética y divertida que merecía lugar en el corolario de un mal chiste. -A tomar por culo-, la repitió en voz baja mientras dirigía los pasos hacia el estrecho balcón a un costado del cuarto. Abrió el ventanal y sacó la mano para cerciorarse de que la lluvia hubiese menguado lo necesario para terminar empapada. Una ventisca fresca y húmeda se coló por el vano desprotegido y el olor a polvo de la alfombra se desvaneció en el aroma a tierra mojada que entraba apabullante desde la calle. A la par del sereno ingresaron todos los ruidos de una ciudad que pretendía recuperar el tiempo perdido a instancias del aguacero. Aún persistía una leve llovizna que para nada impedía el que Rebeca saliese al balcón a fumar su cigarro. Lo primero que hizo fue recargarse en el barandal. Miró hacia abajo como queriendo medir la distancia al suelo. Era apenas el segundo piso y sin necesidad de esforzarse era posible distinguir los rostros y oír las conversaciones de quienes pasaban frente al hotel. Después miró hacia arriba. Según sus cálculos, ni siquiera el que estuviera en el piso más alto podría garantizar el éxito de una osadía suicida. Se sorprendió de las cosas que estaba analizando y para dejar de hacerlo encendió el cigarrillo que desde minutos antes ya tenía aprisionado entre los labios. Lo hizo con la elegancia que aprendió de su madre, cigarro sostenido con pulgar y dedo medio de la mano derecha sobre la línea que marca los confines del filtro. Inhaló profundo, como si solo tuviese una oportunidad de sentir el humo mentolado correr por su garganta. Retuvo el humo lo más que pudo. Contó hasta diez y lo liberó sin correrle alguna prisa. La nube tóxica que emanó de su boca subió en espiral hacia una de las farolas al otro lado de la calle. Rebeca, que no se percató de ello, abrió los ojos con un evidente gesto de encanto y parsimonia. Por primera vez creyó sentir que el tiempo y la distancia estaban poniendo de su parte. Miró a lo lejos, agitó la mano y se extravió en el reflejo de un movimiento idéntico que se proyectaba sobre la superficie de uno de los espejos de agua que se habían formado sobre la calzada. Volvió a moverse tratando de hallar el mismo reflejo, pero se dio cuenta que no era ella. En el reflejo había el destello de un collar y unos aretes, cosas que ella no traía puestos, así que tras descartarse, quiso saber quién era. Primero buscó la fuente de la iluminación. Miró una a una las lámparas que estaban cerca, luego volvió los ojos al reflejo y siguió el ángulo de proyección hasta dar con el verdadero origen de esa imagen. Era una chica bailando sobre un banco, al otro lado del charco. Su figura esbelta, de brazos largos y piernas torneadas se reflejaba sobre el agua como si se tratara de un ser que emanaba desde las profundidades de esa cavidad repleta de agua. La observó, primero directamente y luego sobre el agua. Colocó el cigarro entre sus labios y trató de imitar sus movimientos queriendo creer que ella se veía tan dócil y liviana como se veía la muchacha. Es una Rebeca paralela, se dijo. Solo que ella es más joven y más ligera; no trae tantas cosas consigo y tiene el divino descaro de ondear por la vida como bandera izada con el viento a favor. Sintió el deseo de ser como ella y en el encanto de una vida sin amarras ni cortapisas, bailar toda la noche en ese balcón de escasos tres metros cuadrados, hasta desfallecer, o bien las piernas para ya no ir a ninguna parte, o sus resistencias para salir corriendo a donde la vida le ofreciera otras alternativas. Sonrió de lado sin dejar de aprisionar su cigarrillo con la boca. Se imaginó en igualdad de circunstancias y quiso creer que era posible agotar los pasos y aun así partir al día siguiente a donde tuviera que hacerlo. Fumó una vez más. La brasa adquirió ese color naranja que tantas veces llamó su atención cuando era niña, mientras la ceniza que se acumulaba en la punta caía al suelo con la sobriedad de lo que habiéndose consumido ya no sirve para maldita la cosa. Miró como al caer ese polvo mitad gris y mitad blanco se mezclaba con el agua esparcida por el suelo. Paso a paso avistó cómo primero adquiría una tonalidad homogénea de color negro para después disolverse sin que hubiese modo de detener el proceso. Si ya no sirve, si ya no es útil a la causa, se dijo, basta un poco de agua, otro tanto de tiempo y sin más quedará disuelto. Alzó las manos como quien celebra algo y comprobó que la lluvia había parado definitivamente. Desde una euforia controlada, comenzó a bailar un ritmo silencioso que le venía desde las entrañas. Sus ojos adquirieron la paz de un estero y cada músculo de su rostro hizo por la labor de perfilarle una sonrisa que ella creía ya nunca más habría de esbozar. Como si se desbordara en su propia tormenta, transpiraba copiosamente desde la frente, por el cuello y en las manos, y a diferencia de la tormenta de afuera, que la mantuvo encerrada cuando debía estar buscando por sus propios medios cómo saciar su hambre, ésta le impulsaba a salir corriendo apenas amaneciera hacia ese sitio en el que, aunque le costaba trabajo imaginarlo, ya alguien le esperaba. De solo imaginarlo comenzó a bailar con más enjundia y con menos peso a cuestas. Sin sentir cuándo ni cómo, la mente había claudicado en su intento por estropear el plan original y ahora se alineaba al empeño de dar de frente con un nuevo camino sin importar más nada. La felicidad, como los temblores, supuso, se deben medir por intensidad y magnitud y no tanto por tiempo. Qué más da lo que dure. Se encogió de hombros, se tomó la cabellera por las sienes y gritó desaforadamente. Desde los recovecos de sus pulmones sacó un alarido de angustia contenida que cayó al piso y se mezcló con el agua y la ceniza, con el polvo de hojas secas, con la tierra de los macetones que adornan la azotea del edificio y de aquel que, sin deberla ni temerla, llegaba a posarse con el impulso del viento. Tiró la colilla al piso y danzó sobre ella hasta desmadejarla por completo. Constató a punta de saltos que las piernas, así bailara toda la noche y todo el día siguiente, no habrían de desfallecer en ese viaje. Se miró los muslos, los presintió lo suficientemente fuertes para no rendirse y comprendió que sus resistencias podrían ir pensando en un mejor quehacer durante los siguientes días. Entonces se los dijo como para que quedara claro: O se van de mí al amanecer, o los mandaré a tomar por culo.

Apareció en el aire el olor de la noche y en su pecho la punzada. Ansiedad sin arrepentimientos, esta vez. Sin culpas ni muertes disfrazadas de recato. Vida en su estado más puro, la sutil emoción de todas las cosas. En ese regodeo estaba cuando tocaron a la puerta. Por fin, había llegado la cena.

 

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