Puede que así sea II.

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II.

Octavio pasó la noche en vela. Le preocupaba no estar listo, quedarse dormido, no llegar a tiempo al aeropuerto. Giró de un lado al otro de la cama sin poder conciliar el sueño. Lo intentó primero sobre el costado izquierdo, luego boca arriba, luego del lado derecho y al final boca abajo. Se cubrió los ojos, se destapó los pies, se sacudió de encima las sábanas y al final se volvió a tapar. No es que hubiese perdido el sueño. Más bien había perdido la calma. A las tres de la mañana, harto de un insomnio que declaró insuperable, decidió meterse a la regadera y se dio una ducha lenta, con agua más caliente de lo habitual. Talló su cuerpo con vehemencia no una, sino tres veces, hasta quedar cubierto de una capa de espuma gruesa, bajo la cual comenzó a estornudar incesantemente. La quitó de encima y una vez libre de ella, dejó que el agua le cayera sobre la frente tratando de detener el incesante galope de su alergia nerviosa. Aunque de momento no pararon los estornudos, cerró las llaves y extendió la mano hasta dar con la toalla que estaba colgada de un gancho adentro de la propia regadera. Era una toalla nueva, recientemente comprada en el almacén de KadeWe, cuyo color se debatía entre la sobriedad de un azul intenso y la elegancia de un gris frío como el de una piedra de río. Estaba maquilada con el algodón más suave que hayan tocado sus manos y la frescura que tal textura le ofrecía era por mucho la mejor forma de tranquilizar las ansiedades que le devoraban los nervios. Se secó frente al espejo y aprovechó para mirarse con detenimiento las ojeras y la comisura de los labios. También se meció el cabello y se contó las canas. Desde que apareció la primera, contarlas era una actividad recurrente. Lo hacía una vez por semana, casi siempre los jueves, y en cada censo olvidaba cuántas había contado la sesión previa. Por lo tanto, era un ejercicio en vano, sin sentido, pero arraigado que solo le dejaba la certeza del tiempo transcurrido, no así de su calidad ni de su adecuado ejercicio. Las contó en voz baja, como si lo hiciera a partir de un suspiro. Llegó al sesenta y tres y decidió que debían ser ochenta y cinco. No ochenta y tres ni ochenta y cuatro, sino ochenta y cinco, pues odia los números medios. Contabilizó solo las que son visibles en el fleco, pues son las que mejor podía ver. Las demás, también decidió, no existen, no suman y por ende no restan en su balance. Un día cualquiera habría hecho un recuento, pero éste no era un día cualquiera. Recordó todo lo que aún le esperaba y sintió la reprimenda moral de quien desvía la ruta y comienza a perder el tiempo. Para no olvidarla, anotó la cifra con el dedo sobre la superficie empañada del espejo. Esta vez deseaba tenerla presente para cuando ocurriera el siguiente conteo.

Salió del baño con la pijama puesta y los pies descalzos. A cada paso que daba la duela crujía como si en cualquier instante fuera a romperse. El piso estaba frío, más bien helado. Ni siquiera la calefacción lograba templarlo. Prevalecía por ello una sensación parecida a la de una construcción en obra negra. Ese era un asunto del que todos solían quejarse en el edificio. Durante la primavera y el verano, el frío del inmueble se enmascaraba pasando inadvertido; pero en otoño, y más aún en invierno, cobraba un brío aterrador, tornándose en verdugo para los huesos de los vecinos. Para Octavio, el más joven de todos los inquilinos, eso no llegaba ni siquiera a tema. Fuera cual fuera la estación del año, él se sentía a gusto con la gélida sensación de su departamento y con ese afán de vez en cuando retaba a su suerte con los pies desnudos.

Entró a la cocina y cogió una taza. Llenó de agua el depósito de la cafetera y la encendió en espera de que hiciera su trabajo. Como quien esparce una noticia por largo tiempo esperada, el aroma comenzó a regarse por toda la casa. Olía a lo que huelen las mañanas en casa de Octavio. Solo faltaba el efluvio del pan tostado y los primeros rayos de luz escurriendo por debajo del filo de las persianas. Balto, su perro, atendiendo el puntual llamado de su olfato, se incorporó de donde estaba para ir al encuentro de su humano, que ya venía regresando de la cocina. Se encontraron en el pasillo. Octavio le tendió los brazos y por breves instantes ambos se prodigaron algunos mimos más bien toscos. No duraron mucho. Balto se hundió en un profundo bostezo del que solo se repuso echándose sobre el tapete de la sala para seguir durmiendo. Octavio lo miró con cierta envidia. Bostezó y siguió de frente hacia su recámara. A las cuatro de la mañana partió rumbo al aeropuerto. Lo hizo con el cuidado de quien anhela pasar inadvertido. Al cerrar su departamento, cargó la puerta para eliminar el rechinido de las bisagras y con la llave recorrió el resbalón de la cerradura, anulando el crujido natural de cuando se ancla en el cerradero. Giró la chapa. Se cercioró de que no hubiese modo de abrirla. Acercó la oreja para verificar que todo estuviera en orden allá adentro y conforme no escuchó ruidos, se persignó como suele hacerlo cada vez que está por salir de viaje. Bajó por las escaleras con ligereza y entusiasmo. Llegó al vestíbulo y se dirigió hacia el escritorio del conserje. Abrió uno de los cajones y depositó en su interior un sobre amarillo. En él dejaba una copia de la llave del departamento y un billete de cincuenta euros.

Una ráfaga del viento que baja desde el río lo recibió en la calle. Era un soplo frío, constante, muy natural en las vísperas del otoño. A paso veloz, tratando a toda costa de mantener al margen la gélida sensación del aire, caminó media cuadra hacia la avenida Unter den Linden. Allí giró a la izquierda y siguió de frente hacia la Pariser Platz, donde detuvo por unos instantes la marcha. Como todas las veces que por ahí transitaba, se dio el tiempo de contemplar la Puerta de Brandemburgo. Nunca había estado frente a ella a mitad de la madrugada. Era la primera vez que la miraba apenas iluminada con las luces de reserva. Como sea, a pesar del esfuerzo ecológico que el ayuntamiento hacía por reducir el consumo de energía eléctrica, le seguía pareciendo fascinante. Ella y el potencial de entretenimiento que le representaba la Isla de los Museos habían sido, por mucho, una de las razones que con más peso le llevaron a elegir a Berlín como la sede de su residencia por los siguientes cinco años. Sacó el teléfono, eligió el ángulo e hizo dos fotos para sumarlas a su colección. Sin ni siquiera revisarlas, guardó el teléfono y reanudó la marcha. Cruzó la Puerta por el acceso central y se dirigió al paradero al otro lado de la calle. Para su fortuna había un taxi disponible. Hizo señas con las manos para que el conductor lo viera y corrió hacia él para abordarlo, sin reparar que a esa hora nadie podía ganarle el servicio. Un dejo de sorna se asomó por el arco de sus cejas. Sonrió con cierta pena, se encogió de hombros y estrechó la mano del conductor. Era un hombre joven con un aire turco por igual esparcido en la mirada y en la sombra de una barba creciente. Su alemán, inentendible por momentos, tenía ese acento particular que endurece aún más las consonantes y acorta las vocales. Octavio, que por un momento igualmente dudó de su capacidad de hacerse entender, le indicó el destino y eligió la ruta entre las opciones que el conductor le ofreció. Después de eso no cruzaron más palabras. El taxi arrancó y de inmediato dio vuelta a la derecha sobre la Straβe des 17. Juni. En un movimiento rápido, facilitado por la amplitud del asiento trasero, Octavio sacó de su chamarra el teléfono para mirar las fotos que recién había hecho. Eligió una. La adjunto en un mensaje y después escribió: -En camino. Allá te veo-. Lo envió seguro de que no habría respuesta en ese momento. Guardó el aparato y centró la mirada al exterior del taxi, que en ese momento rodeaba la célebre Columna de la Victoria.

Lo primero que hizo apenas llegó al aeropuerto fue ir al sanitario. Al lavarse las manos aprovechó para mirarse otra vez en el espejo. Ochenta y cinco, dijo a media voz mientras se acomodaba el cabello con las manos. Después se revisó la sonrisa, la mirada y el arco de las cejas. Notó entre tanto la presencia de un ligero tremor en el párpado izquierdo. Se oprimió la zona con la yema de los dedos. Inhaló y exhaló con profundidad tratando de procurarse la serenidad que asumió le hacía falta. Salió de ahí sin notar mayor diferencia. Su corazón latía al mismo ritmo que cuando salió de casa. Caminó hacia la enorme pantalla que anuncia las llegadas y las salidas y en ella ubicó la sala desde la que debía abordar su vuelo. Avanzó sin prisa. Tenía tiempo de sobra. A cada paso gesticulaba llamativamente en un intento por relajar los músculos de la cara. Una niña que inesperadamente venía despierta lo miró sorprendida desde su carriola. Las caras deformes que hacía despertaron en ella una sonora carcajada. Los padres de la niña y Octavio cruzaron las miradas. Ellos se disculparon, él solo respondió con una sonrisa que sintió totalmente tierna y sincera. En la sala ya había gente esperando, lo que le tomó con cierta sorpresa. Todo el tiempo había creído que el vuelo iría prácticamente vacío y ahora resulta que, como él, a más de cien personas se les había ocurrido que pasar unos días en Lisboa era una buena idea. Tomó asiento en una banca frente a la gran ventana que da hacia la plataforma y desde allí miró a detalle el danzar de las luces parpadeantes de los autos y los aviones que se mueven por todas partes. Sin perder de vista el espectáculo, sacó de su maleta un libro. Era nuevo. Todavía estaba envuelto en el plástico de la librería: “Sin nada”, era el título; Katharina Hacker era la autora. Antes de prescindir del envoltorio dio vuelta al libro para leer la reseña de la contraportada. -Isabel y Jakob se reencuentran después de muchos años de no verse-, decía la primera frase. No necesitó leer más. En automático una sonrisa mustia se dibujó en su rostro y supo, como normalmente sabía qué libros habrían de atraparle, que esa había sido la mejor elección para el viaje, aunque en el fondo deseaba no tener tiempo para leerlo en los próximos tres días.

Frente a sus ojos la radiante silueta de un avión comenzó a acercarse hacia la dársena veintitrés. La tripulación, que como el resto de los pasajeros aguardaba en esa sala de espera, se aproximó a la puerta de embarque para abordar antes que cualquiera. Octavio estaba quitando la envoltura del libro cuando al unísono chirrió el altavoz del aeropuerto y el timbre de su teléfono celular. Miró apresurado el teléfono. Había recibido un mensaje. Era breve, conciso, casi telegráfico: -Allá te veo-. Sonrió como si todo hubiese recobrado sentido, como si el alma, otrora empeñada en la duda, volviera a sus cabales sin más facturas que cobrar. Tomó su maleta, la echó a sus hombros y se acercó hacia donde la gente comenzaba a desplazarse. Por segunda ocasión, desde el altavoz del aeropuerto, una señorita solicitaba encarecidamente que todos los pasajeros del vuelo 2029 estuviesen listos para comenzar el abordaje. El párpado izquierdo de Octavio comenzó a temblar descontroladamente.

 

Si quieres leer la primera parte, da click aquí: https://eloscurodivan.com/2019/04/03/puede-que-asi-sea-primera-parte/

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