Cirilo y la duda.

Pez betta

Mira, se me rompió la muela, le dije a Cirilo, que desde hacía rato me observaba con particular detenimiento desde el otro lado del vidrio-. Le mostré la palma de mi mano y en ella el trozo de diente fracturado. Cirilo, que si tuviera cejas las hubiera levantado, se sacudió de la ansiedad, gesticulando palabras incomprensibles a partir de una mueca repetitiva, parecida a aquella que hacen los fumadores cuando juegan a hacer donitas de humo y que en él, más allá de lo instintivo, por momentos tiene rasgos de tic nervioso.

Cirilo, debo aclarar, es el pez betta que mi mamá cuida por las tardes. Desde hace algunos meses, la vecina pasa todos los días a dejarlo en punto de las tres de la tarde. A partir de ese momento mi mamá se desentiende de todo y lo lleva y lo trae por todas partes de la casa, como se trae un encargo del cual uno no puede desprenderse. La vecina dice que lo hace para que mi mamá no se sienta sola. Yo digo que lo hace porque en realidad ya no quiere al pobre pez y guarda la esperanza de que mi mamá un día ya no se lo devuelva. Uno pensaría que la gente no se percata, pero todos saben de qué pie cojea mi madre, quien de un tiempo a la fecha le ha dado por hacer suyos los despojos, las causas y las sinrazones de los otros.

Por lo pronto, ansioso de conocer de cerca a Cirilo, me acerqué a la mesa de centro tratando de no hacer ruido. Mi madre duerme en el sillón más largo de la sala. Tiene un libro de cuentos sobre el regazo y los lentes desmayados sobre la curva de su nariz chata. Seguro quiso leerle algo a Cirilo, pensé, para ver si se dormía aunque fuera un rato. Mi madre solía hacer eso conmigo y hasta donde la memoria me alcanza, el resultado era el mismo: yo quedaba despierto como si nada y ella inmersa en una profunda siesta que nunca le duró más de media hora. Obviamente, lo que menos quiero es despertarla. Primero, porque vivo convencido de que si algo le debe la vida a mi madre son horas de sueño. Segundo, porque este proceso de conocernos Cirilo y yo será mejor sin que ella intervenga.

Viéndolo con detenimiento, Cirilo tiene la mirada lánguida, como la de un guerrero cuyos mejores años han pasado. Sus labios son carnosos y forman una sonrisa inversa que le da una ínfula de enfado o de tristeza permanente. Tiene la piel roja como si su brillo dependiese de una batería y su cauda, otrora flamante, se asemeja a la textura marchita de una flor de jamaica. Come, cual todo pez, como si no tuviera llenadera. Es un mercenario de todo cuanto se deja caer en su pecera y es también, no sé si por vocación o por imposición, todo lo ermitaño que se puede llegar a ser en el reducido espacio de la esfera de cristal soplado en la que vive.

Pero él también me observa. Lo hace en un punto y ángulo que estoy seguro me está mirando a los ojos. Yo le hago gestos esperando a que, como un niño, le venga o bien una risa sonora, o el reflejo de un puchero incontenible. Pero Cirilo agita la cola y se esponja como tratando de parecer más grande. ¿Acaso estás tratando de intimidarme?, le pregunto. Honestamente me encantaría saber la opinión que de mí se está formando. ¿Sabrá que soy el hijo de la mujer que lo cuida por las tardes? ¿Tendrá claro que él tan solo es un pez, un pez prestado, un intruso vespertino al que se le tienen atenciones, pero ninguna consideración adicional? ¿Sabrá que en una situación de apremio, por el orden natural de las cosas, yo voy primero que él? ¿Lo sabrá mi madre?

Quizá por ello le he mostrado el trozo de diente roto. Quiero que le quede claro a este guerrero acuático a qué he venido. Que sepa, sin resquicio de duda, que vengo en busca de mi madre para que me procure los mimos que corresponden a todo hijo que enfrenta un dolor de muelas. Pero como no he logrado hacerme entender, ni tampoco he comprendido el origen del valor que este individuo se arroga, opté por zanjar el tema y lo llevé hasta la cocina, para que, como corresponde a ese viejo ritual familiar, selláramos nuestro respeto y reserva mutua con un trago de alcohol.

Nos serví los tragos. El mío en un caballito de esos que guarda mi papá en la alacena; el de Cirilo fue directo a la pecera. Apenas choqué mi vaso y brindé porque la vida y el tiempo pusiera a cada quien en el sitio que corresponde, Cirilo sacó la casta y bebió con el rigor de un teporocho cualquiera. En cosa de pocos minutos las branquias le comenzaron a abrir y a cerrar a un ritmo incesante; le dio por lanzar besos eufóricos en todas direcciones, nado poseído por el desvarío de los excesos hasta que le vino un vómito contundente que no le dejó más remedio que reposar la briaga panza para arriba en la parte alta de la pecera.

Justo en eso andábamos cuando despertó mi mamá de su siesta. Sin darle opciones, previendo que iría a buscarnos, fui a donde ella a platicarle la desgracia de mi muela.

-Hay que ir al dentista -me dijo-. Si quieres te acompaño. Solo hazme un favor, -comentó entre bostezos-, que nos acompañe Cirilo, porque no quiero dejarlo solo. Vaya a ser la de malas.

-No creo que quiera ir, mamá -le respondí-. El cuento que le leíste fue tan bueno que sigue dormido. No veo cómo se pueda despertar en un rato. Mejor vamos solo tú y yo, insistí fundiéndome con ella en un profundo abrazo.

Salimos de la casa camino al dentista. Sin que mi madre lo supiera, dejamos en la cocina a un Cirilo arrimándose a la deriva. Yo buscaba afanoso el trozo de diente que, creo, se quedó en el fondo de la pecera. Ya era tarde. Por supuesto que no me iba a regresar a buscarlo. Podía decirle al doctor que me lo había tragado.

La curación duró más de tres horas. Volvimos a casa al anochecer. Mi madre dejó la bolsa de pan que traía sobre la mesa del comedor y fue de inmediato a buscar la pecera. Cirilo, que ya comprendo tenía problemas con su manera de beber, murió sin dejar siquiera una nota. A mi mamá le sobrevino la angustia y el dolor de quien debe rendir cuentas. Al final no le duró gran cosa el sentimiento. La vecina, dándome la razón en cuanto a lo que de ella pensaba, nunca vino a reclamar su pez. Es más, nunca volvió a ocupar la casa que rentaba. Nada, pues, que lamentar.

Salvo una cosa, claro. La duda. La duda que hasta este momento me atormenta. ¿Alguien sabe cuánto alcohol ocupa un pez para ponerse hasta las aletas?

Un comentario en “Cirilo y la duda.

  1. Pobre Cirilo 😢 …estoy de acuerdo si algo debemos a nuestras madres son horas de sueño!. Me hiciste recordar un poco Mi niñez . Y lo estoy pensando y no, no tengo idea cuanto alcohol necesita un pez para acabar hasta las aletas! 🥴

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