Larga espera.

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Hay una banca al otro lado de la calle. Es una banca simple, de concreto, de poca altura, sin más diseño, sin más gracia. Frente a la banca hay un joven arce de tronco compacto y copa chata. Su enramada es amplia y tendida, como si estuviese dominada por el ímpetu de un soplo incesante. El árbol está completamente desnudo. Es el final del invierno y desde el otoño no hay hoja que penda de sus ramas. Pero ahí está el árbol, o su tronco, o su alma, o su despojo, o su simple promesa de volver a ser sombra, aguardando con ilusión y paciencia el retorno de la primavera. También hay un hombre sentado en la banca. No le veo el rostro. Está de espaldas, con el torso curvo y la mirada clavada en el algún punto de la banqueta. Viste un abrigo negro de lana inglesa. También trae puesto un sombrero de fieltro y una bufanda que le da tres vueltas al cuello. Entre el sombrero y los pliegues de la bufanda asoman algunos cabellos, tenues como los pelos de una mazorca tierna. Es evidente que tiene frío, pues no obstante lleva cubiertas las manos con unos guantes de piel, la mayoría del tiempo, o las ha tenido guardadas en los bolsillos del abrigo, o las frota frente a su boca tratando de calentarlas con el tibio arrojo de su aliento. A su lado hay una mochila. También es negra, como los guantes, como la bufanda, como el sombrero y como el abrigo. Luce erguida; firme como no se mira la espalda del sujeto. Por eso dudo que esté vacía. Algo lleva, algo carga. ¿Y cómo saberlo? Yo digo que son libros, muchos libros; tantos como los que son requeridos para una larga espera. Porque el hombre lleva ahí ya un rato, un muy largo rato. Lo sé porque cuando desperté ya estaba sentado en la banca y cuando salí y cuando volví allí seguía. Estaba como si nada ocurriera, como si nada cambiara; como si no pasaran las horas, ni existiera el hambre, ni hubiese manera de perder la paciencia. Es raro mirarlo y saber que lleva rato con la misma postura, con la espalda encorvada, con las manos cubiertas, con el mismo frío y con la misma mirada clavada en la acera. ¿Y qué espera? No lo sé, pero espera. O tal vez sí lo sé y como el árbol espera la primavera.

Mientras tanto, atrás de todo eso: atrás del hombre, cruzando la calle, detrás de la ventana, del vidrio y del muro; en algún sitio del salón en el que ahora me encuentro, entre el murmullo de la gente, el rechinido de las sillas, los golpes de los cubiertos y el choque de los platos, un hombre y una mujer conversan. Están frente a frente, solos, inmersos en su propio entorno, apenas separados por la mesa. Desde aquí él se mira feliz, ensoñado; ahogado en las mieles de una tentación innegable y reconocida, que se alimenta de sí misma, que no mengua ni descansa. Ella lo sabe, sonríe, lo mira y haciendo gala de su particular belleza, lo invita a seguir, a continuar por ese mismo sendero. Veo que no se tocan. No hay contacto visible ni por encima, ni por debajo de la mesa. Tan solo se hablan. Lo hacen de palabra y de mirada. Cualquiera podría entender lo que se dicen en ese juego placentero e insufrible, ameno y torturador. Ella se toma el pelo, se humedece los labios. Frota sus manos en la tela que cubre sus muslos y mira hacia todas partes, cierta de que nadie más le observa. Algo me dice que ya sobra la mesa, presiento que estorba, que solo divide, que se interpone; que ha dejado de cumplir el noble propósito de enlazarlos. Y sin embargo, ahí se queda la mesa y se queda él y se queda ella. Y él, desde esa distancia, remota y cercana a un mismo tiempo, la contempla con la  devoción con la que se miran las estrellas, el paso de las galaxias, la transición de las noches. Y supone sus horas de luz y sus horas oscuras; sus instantes de aguas mansas y los de aguas bravas. Y sabe que en ella caben por igual destellos que tormentas, porque como toda tentación en la vida, es obra de Dios, pero también del Diablo. Y lo reflexiona, o tal vez no tanto, porque da señales de importarle poco, o de plano nada; y a pesar de las posibilidades, de los pronósticos y las advertencias, está dispuesto a abandonar el letargo y a jugarse el todo por el todo, por ella y por ese instante que resulta de toda fascinación impostergable. Entonces ella, que aún sonríe y mira hacia todas partes, se levanta de la mesa y la rodea; recorre la breve distancia que los separa y propicia el encuentro, la colisión, el destello, la bendita hora de la rendición; el instante sublime en el que el cazador muta y se va convirtiendo en la presa.

Pienso entonces en los dos hombres, en sus instantes incomparables y en sus fortunas aparentemente opuestas. No hay mucha diferencia, según caigo en cuenta. Y es que de un modo u otro resulta que ambos son hijos de una larga espera.

Miro hacia afuera. Ahí sigue la banca, el hombre y para mi sorpresa, una feliz pareja que no deja de mirarse mientras se besa.

 

5 comentarios en “Larga espera.

  1. Me gusta mucho como introduces primero al hombre sentado en la banca para entender al muchacho con su pareja, y al igual que ellos me gusta que el arbol también está en larga espera a la primavera. Me gustó mucho esta redacción, te pone a pensar mucho si es bueno esperar, y qué buenas cosas traería esa espera. Así como describes al muchacho, es como me siento estando cerca de Alejandra.

    Muy bien, me gusta leer lo que escribes.

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  2. Definitivamente soy la hija de una larga espera, me gusta como
    Describes al sr. sentado abrigado esperando, me transporte real, hasta imaginaba el frío q podía estar sintiendo y El beso de esa pareja en definitivo se de q hablas! Bien Edgar!!

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