Divina.

antique classic finger hands

Hace siete meses que murió Rominita. Cuentan que lo hizo una mañana que volvía de pepenar comida en el basurero del mercado. Dicen que se desvaneció de repente, que cayó como si el alma la hubiese abandonado, que se desplomó como lo hacen los árboles tras el golpe letal de un relámpago. Nadie supo decir qué lo ocasionó: si algún bicho, o el despecho de su corazón errante, o el golpazo que se acomodó en la cabeza al caer. El caso es que quedó tendida en el piso, a mitad de la calle, con el rostro al cielo y los ojos a medio abrir, o a medio cerrar, que para el caso da lo mismo. Los primeros que se acercaron a ella la identificaron sin atisbo de dudas. No había de otra. Todos en Camaná conocían a Romina Ocoña. La ubicaban por muchas causas. Una de tantas, por ser la hija que el General Liberio Ocoña tuvo con la Divina, la puta más bella y famosa que haya oficiado alguna vez en el pueblo.

Platican los más viejos, con las licencias que el tiempo concede a todo relato, que en su paso por el sur, el General Ocoña llegó a Camaná acompañado de doscientos hombres. Iban, dicen que por instrucciones del Presidente Prado Ugarteche, hacia la frontera con Chile afanosos de recuperar la provincia de Arica. No planeaban quedarse, dijeron. Otro batallón, éste al mando del General Gálvez, los esperaba en Matarani para continuar la marcha; así que solo se concentraron en buscar un lugar en donde comer y descansar unas horas. Para ello se dividieron, se repartieron por el pueblo y acordaron encontrarse en la Plaza de Armas apenas los relojes marcaran las seis de la tarde. Liberio, escuchando la sugerencia de un anciano que salió a su paso, se dirigió en solitario a la Pensión del Loro, donde fue recibido por una hermosa morocha de ojos color miel que lo dejó impactado. Sin más, cierto del oficio que la muchacha ejercía, la tomó por la cintura y  la llevó consigo hasta la primera mesa que encontró en su camino. Ya sentados, sin despegar la mirada de los labios párvulos y carnosos de la escuincla, el General respiró hondo y pidió, pasando por alto la instrucción que él mismo había dado a su gente, una botella de aguardiente y dos vasos. Entre arrumacos y caricias que poco tuvieron de furtivas, bebieron sin reparo durante dos horas. Después, acordado el precio, se encerraron en uno de los cuartuchos de la pensión, de donde no salieron hasta que el sol asomó por segunda ocasión por el borde de la ventana.

Cuentan las mucamas de la pensión que el General, exhausto por las faenas físicas labradas en la piel de la muchacha, regresó de un sueño profundo apenas recordó que su gente le aguardaba en algún otro sitio del pueblo. Con el Jesús en la boca y como un resorte bien tensionado, salió de la cama, se vistió como pudo y con los pies todavía descalzos caminó hasta la Plaza de Armas. Sus hombres lo vieron llegar con preocupación y alivio. Aunque para nadie era un secreto su paradero, algunos llegaron a temer que la evidente diferencia de edades habría de cobrar fatal factura en perjuicio del General Liberio. No obstante, maltrecho o como fuera, allí estaba, vivo y con una sonrisa como nunca le habían conocido. Todos se cuadraron respetuosamente ante sus ojos.  Él, con la boca seca y las piernas todavía temblorosas, sin más formas les suplicó que adoptaran la posición de descanso. Entonces tomó a Méndez, un joven soldado con quien jamás había cruzado palabra, y sin más trámite, ni pompa, ni circunstancia, lo nombró Capitán, lo puso a cargo de todo y le ordenó que ordenara al resto reanudar la marcha hasta Moquegua, donde el suponía que para entonces estarían Gálvez y su gente.

Los soldados salieron del pueblo bajo las órdenes del improvisado Capitán Méndez al mediodía del nueve de septiembre de 1943. El General Ocoña, no bien los vio alejarse, volvió sobre sus pasos hacia la pensión. Entró a ella con la camisola abierta, bañado en sudor e hiperventilando de una ansiedad sin precedentes. Se dio cuenta que aunque en esos dos días se había aprendido cada recoveco corporal de la chamaca, no sabía su nombre ni cómo la llamaban y temió que por esa causa pudiera no hallarla de nuevo. Se plantó en la mesa que con ella había ocupado y señalándola con el dedo, como si ello fuese suficiente referencia preguntó a las voces. ¿Dónde está la divina?, preguntó al hombre que despachaba los tragos. ¿Dónde está la divina?, preguntó a los meseros. ¿Dónde está la divina?, preguntó a dos mujeres que ya estaban a la espera de los clientes. Iluminado por la intuición del militar que poco a poco estaba dejando de ser, caminó hacia la habitación pensando que desde allí sería más fácil seguirle el rastro. No fue necesario. El cuerpo desnudo de la muchacha estaba tendido sobre la cama esperando su regreso. Liberio, que paulatinamente fue recobrando el aliento, la contempló desde la puerta por breves instantes. Se preguntó si era cristianamente correcto hacer lo que estaba haciendo y más aún, pensar lo que estaba pensando. A toda respuesta, cerró la puerta, se quitó la ropa con la prisa de un adolescente, se metió entre las sábanas impregnadas de sudor y otras secreciones. Con los dedos y una delicadeza que hasta entonces no se había descubierto, le quitó del rostro algunos de los rizos que la cubrían y le dio un beso en la frente para despertarla. Ella lo miró desconcertada. Nunca antes había pasado tanto tiempo con un mismo cliente. Jamás alguno le había tratado con el decoro y la caballerosidad del General Ocoña. No sabía qué hacer. Entonces Liberio, en el último desplante castrense del que se tenga memoria, le dijo: -Me llega al pincho cómo se llame usted, o cual sea su nombre de trampa. Solo quiero que sepa dos cosas a partir de este momento. La primera: usted ya es mía, se va a dejar de huevadas y se viene a ver a dónde, que le voy a construir una casa. La segunda: en su nueva vida usted no tendrá más nombre que el de Divina.

Todo ocurrió muy rápido a partir de entonces. Tratando de poner distancia con su pasado, Divina y Liberio se fueron a vivir a Arequipa, donde la familia de él tenía algunas propiedades. Ahí Liberio encontró trabajo como administrador de una fábrica de textiles y ella pudo retomar los estudios básicos que había dejado inconclusos cuando huyó hacia Camaná. Para finales de año todo marchaba de maravilla. Por azares del destino, Divina se embarazó la misma noche que Liberio recibió un telegrama urgente. Lo enviaba el General Ureta, hombre cercano al Presidente. La misión del sur había fracasado. Las tropas fueron arrasadas por el enemigo y aquello no solo culminó en una sangría lamentable, sino en un escándalo y un ridículo del cual urgía poner a salvo al Presidente. El gobierno necesitaba una coartada, alguien que cargara con la culpa de lo ocurrido y Ocoña, cuya deserción había sido pasada por alto en espera del día en que debiera devolver el favor, era el candidato perfecto. Lo citaron en un supuesto campamento localizado en Polobaya. Le pedían que acudiera solo y vestido con el uniforme de combate. Cuando el General Ocoña llegó al sitio indicado en el telegrama, se dio cuenta que no había tal campamento, sino un par de vehículos y seis hombres armados. Uno de ellos, que se identificó con el nombre clave de Chuchu Qoyllur, se aproximó a él haciendo el saludo militar. Lo que ocurrió después nadie lo sabe con precisión. Los diarios locales anunciaban en primera plana que el ejército peruano había dado con el paradero del militar identificado como líder del movimiento rebelde que indebidamente se había adentrado en territorio chileno. Su nombre era Liberio Ocoña Duarte y lamentablemente, como resultado del enfrentamiento armado desatado para lograr su captura, había perdido la vida. Las fotos en la primera plana daban fe de su cuerpo inerte. En ellas se apreciaba el rostro amoratado del General y la marca de dos disparos: uno en el pómulo, muy cerca del ojo izquierdo y otro, por demás revelador del método empleado, justo a la mitad de la frente.

Embargada por un dolor sordo y desquiciante, Divina regresó por el único camino que en su desesperación conocía. Retornó a Camaná con algunas pocas cosas y con la incertidumbre gestando en su vientre. Tocó a la puerta de la Pensión del Loro y pidió una nueva oportunidad. Estaba más bella que nunca. Parecía que se había ido hace años y que el paso del tiempo había hecho en ella la bendición de pulir sus de por sí generosas virtudes. Sin duda, el embarazo le estaba sentando de maravilla y sus ojos guardaban la esencia de ese mar en calma donde muchos clientes deseaban naufragar. Para septiembre de 1944, un año después de que todo comenzara, en el mismo cuarto donde se unió por primera vez a Liberio, Divina trajo al mundo a Romina.

Está de más decir que Romina heredó la belleza física de su madre y más lo está aclarar que ante la falta de oportunidades, ella no tuvo más remedio que seguir el camino que Divina ya le había pavimentado. A los dieciocho años, cuando ya comenzaba a desplazar a su madre entre las mujeres más socorridas de la Pensión, conoció a Chepe Pereda, un joven que no escatimó recursos para poner a sus pies el cielo y las estrellas. Tres visitas a la pensión bastaron para que Romina huyera con él a Lima, donde al paso de los años se volvió actriz, amante y puta fina de importantes empresarios y altos políticos de la nación. Fue entonces cuando Romina Ocoña alcanzó una fama sin precedentes. Hombres y nombres colmaron su agenda y sus días. Uno de tantos, un militar en retiro que hasta hacía unos meses había fungido como agregado diplomático en Francia, la invitó a salir no bien se instaló en la capital peruana. Se reunieron en el bar del Country Club. Bebieron algunos tragos y subieron a una de las habitaciones donde pasaron algunas horas juntos. Durante el sexo, en uno de esos instantes en que la emoción y el frenesí obliga a bajar la guardia, él le pidió que le llamara por su nombre. Efraín, le dijo ella entre suspiros. Lo repitió una y otra vez mientras lo cabalgaba como potro indómito. Él, sacudido por las envestidas de sus caderas redondas, puso el dedo en sus labios y le preguntó si sabía guardar secretos. Era obvia la respuesta. Si Romina se hubiese dedicado a revelar la identidad de cuanto sujeto había pasado entre sus piernas, lo más probable es que ya estuviera muerta. Para no dejar lugar a dudas, asintió con la cabeza mientras su boca se ocupaba de seguir jadeando. Dime entonces, -dijo él tratando de retardar una eyaculación que prometía ser explosiva-, Chuchu Qoyllur, como solían llamarme en el ejército. Ella sonrió y sin dar ni pedir tregua, así lo invocó durante los últimos diez embates que sus nalgas le obsequiaron antes de estallar en un orgasmo simultáneo. Liberada la energía contenida, Romina se dejó caer sobre el torso de Elías y lo besó prolongadamente antes de abandonar la cama en su camino al baño. Encerrada, enjuagó su rostro tratando de conservar la calma. Lloró durante algunos minutos en silencio y ahuyentó de sí todo síntoma de remordimiento. Para cuando salió del baño, Elías ya no estaba en la habitación. Sobre la mesa de servicio estaba un trago que le había mandado traer desde el bar y una nota en la que le invitaba a pasar ahí la noche. Pero no lo hizo. Terminó de vestirse, tiró el contenido del vaso en el lavamanos y bebió tanta agua del grifo como creyó necesitaría para las próximas horas. Inmediatamente bajó al estacionamiento, abordó su auto y puso rumbo al sur hacia el pueblo que la vio nacer. A la mañana siguiente los noticieros abrieron transmisión con la nota de la intempestiva muerte de Elías Efraín Valverde. Un infarto fulminante le arrebató la vida durante la madrugada, mientras esperaba a bordo de su auto la luz verde en la intersección de Avenida Santa Cruz y la calle de Enrique Palacios. Según los peritos, viajaba solo y no había rastros que hicieran suponer la existencia de un atentado.

Rominita nunca más volvió a salir de Camaná. Allí su belleza, riqueza y juventud se diluyeron sin remedio. No tuvo más amantes, ni gente que la visitara. En los últimos meses, afectada por una demencia ingobernable, se le miraba pasear por la calle ligera de ropas, hablando de todo y de nada con la gente que según ella le perseguía desde niña. Divina, dicen, repetía con frecuencia. Todos los días salía de casa al mercado, en donde husmeaba los botes de basura y rescataba algo de fruta y verdura en regular estado para comer. Inmersa en esa rutina de franca supervivencia, de olvido y desconcierto, es que le vino aquel desfallecimiento que la postró fatalmente sobre la acera. Quienes se acercaron refieren que en su mano derecha llevaba una bolsa de papel estraza. Adentro de ella llevaba una naranja, dos papas y una zanahoria. También había una sardina, o lo que quedaba de ella. Los vegetales eran suyos. La sardina en cambio, era para el gato que en sus delirios aseguraba le esperaba en casa apoltronado debajo de un barandal sucio y oxidado.

Todos en el pueblo conocían a Rominita y aun así nadie se atrevió a darle cristiana sepultura. Su cuerpo yace en la gaveta doce de la morgue del pueblo. En una semana, si algo no ocurre, la echarán a la fosa común. Del gato nada se sabe. Es fecha que nadie lo ha visto y nadie puede asegurar que en realidad exista.

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