Nuestra mala entraña.

fotomulta

Camino hacia el trabajo y salvo unos detalles mínimos –nimios prácticamente– todo se mira exactamente igual: Botes rellenos de cemento, cuando no piedras, tambos o cajas de madera (o los restos de todo lo antes dicho), apartando lugares en la calzada. Autos deteniendo la marcha sobre los pasos peatonales y peor aún, cuando la congestión vial lo amerita, bloqueando indiscriminadamente el paso de las intersecciones. Motociclistas haciendo maniobras temerarias en el ínfimo espacio intralaminar de los vehículos circulantes; y ciclistas rodando como si la calle, banquetas incluidas, les perteneciesen por obra de un derecho natural y por ende preferente.

Escucho, sin todavía hallar notoria diferencia entre lo que es y lo que solía ser, la sinfonía de claxonazos común de nuestra urbe. He visto a niños danzando en los asientos traseros como mísiles en espera de salir proyectados por el parabrisas. He visto a sus madres maquillarse al volante, o al padre indiferente mientras llama por teléfono. Como peatón, vivo –o padezco– la misma faena de siempre a la hora de cruzar una avenida, sin saber a ciencia cierta qué ha sido de la supuesta prioridad de paso que tenemos los transeúntes. Y a la hora de ponerme al volante he notado, en cambio, que los recorridos toman más tiempo que antes gracias a esos ridículos límites de velocidad que han impuesto, aderezados con la paranoia colectiva en que se han convertido las célebres y cuestionables fotomultas.

Las fotomultas son un abuso, hemos pregonado cada que podemos en todos los foros y confines. Adictos como somos a la teoría de la conspiración, hemos invertido horas y argumentos tratando de hallar el renglón torcido que deje en inobjetable evidencia la naturaleza truhan y despiadada, a más de tranza y ojete, que sostiene tan arbitraria medida por parte de nuestros engreídos gobernantes. Hemos hecho todo cuanto nos es posible por abolir la acción mediante la vía del descrédito, o bien, evadirla a través de la complicidad y la rebeldía colectiva, enarbolando la bandera que mejor nos queda desde que la Malinche decidió traicionarnos y al buen Cuauhtémoc le quemaron los pies: el de víctimas perpetuas de todo cuanto se nos cruza en el camino.

Pero seamos claros, honestos pues: es cierto, nos duelen, a título preventivo, las consecuencias que, abuso o exceso de por medio, pudieran repercutir en nuestros bolsillos; pero más nos duele, como siempre ha sido, el hecho de que alguien, quien sea, no nos permita hacer lo que se nos pegue nuestra chingada gana.

Desde que José Alfredo Jiménez consagró aquello de que aquí la vida no vale ni el aire que la sostiene, nos lo hemos tomado muy en serio. Ese desdén cotidianamente lo reflejamos en nuestra proclividad a violar los órdenes establecidos. -A mí nadie me va a decir que no puedo.– –Muy mi pedo si manejo rápido y muy mi carro si lo hago hasta la madre de borracho.– Somos, nos lo hemos repetido incansablemente en ese afán de querer convencernos de que somos algo, una raza de cabrones; y a los cabrones, se nos ha dicho para cerrar el silogismo, les está permitido hacer lo que su voluntad les dicte.

Así vamos por la vida, asumiendo que nuestros derechos son superiores a los del resto; y cuando por alguna razón no llegaren a serlo (porque eventualmente sucede), apelamos a la sobreestimada dimensión de nuestros cojones con el objeto de imponerlos. De tal modo alardeamos de nuestra condición de chichos invencibles, hasta que nos llega la fecha de encontrarnos al gandul que muestre más credenciales que las de uno, o peor aún, la norma que nos restrinja el soberano ejercicio de nuestro arrojo. Es entonces cuando, con todo el dolor de nuestro ego herido, nos declaramos víctimas de un notorio abuso y de ese altar, instalados cual peces en el agua, no nos bajamos hasta que de nueva cuenta las cosas se tornan propicias para hacer de nuestros chicharrones los únicos que truenen.

Las fotomultas, ni cómo negarlo, tienen una naturaleza de sobra cuestionable. Son un medio propicio para cometer, en efecto, muchos abusos. No hay ni como controvertir tal idea y ni como objetar la desconfianza que tal medida genera. Pero lo que no hay que perder de vista es que el abuso, como tal, lo cometemos todos, a todas horas y todos los días. Que la naturaleza gandalla existe por igual en gobernantes y gobernados. Porque tan grave es que nos claven una multa sin haber dado pauta alguna, como lo es, por ejemplo, disponer arbitrariamente del espacio público y, peor aún, beneficiarse de ello. Porque es un abuso impedir a los otros el derecho de desplazarse ágil, segura y libremente por la calle solo porque asumimos que nuestra prisa es la única que importa. Porque es un abuso asumir que si yo no puedo avanzar un modo de hacer justicia es impedir que lo hagan los demás. Porque es un abuso, así sea de nuestra suerte o probabilidades, dejar a nuestros hijos sueltos como mascotas en los asientos traseros, a merced de un infortunio. Porque digan lo que digan es un abuso poner en riesgo a los demás, cualesquiera que sean los medios que utilicemos para tal fin. Porque es un abuso, en pocas palabras, estirar la liga más allá de sus límites y sorprendernos de que algún día ésta se rompa. Y es que, nos guste o no, detrás de todo abuso se esconde, como quien jala los hilos de la marioneta, la más rancia certeza de que como por la buena no somos capaces, menos aún merecedores, tenemos que hacernos notar, aunque eso implique hacer alarde de nuestra mala entraña.

Por eso nos decimos cabrones: para no pasar por idiotas.

Y quiero ver quién me dice que eso no es sino un feo e inútil complejo, que a lo único que nos lleva es, precisamente, a pasar por un puñado de absurdos e inútiles pendejos.

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