Suelo, duelo y el vuelo que nunca fue.

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Llegaron al mediodía a la cabaña. Tras permanecer amontonados en el asiento trasero de la camioneta, los niños salieron del auto como se esparce el agua por la grieta de un dique roto. Corrieron hacia todas partes, urgidos de devolver a las piernas un poco del flujo sanguíneo que con el paso de los minutos habían ido perdiendo en la carretera. Las niñas, con la parsimonia de las chiquillas de entonces, se apoderaron de la sombra bajo la pérgola erguida a un lado del asador. Ahí jugaron a las muñecas hasta que llegó la hora de la comida. Los más pequeños, adormilados casi todos, optaron por pegarse a la falda de sus madres, mientras los más grandes, saciaron su espíritu explorador corriendo hasta los confines del terreno, apenas limitado por unas pilas inmensas de leña entre las que, les advirtieron los padres, se ocultaban gusanos, grillos y escorpiones.

El chino, apodado así por la forma rasgada de sus ojos y no por la condición marchita de su pelo, recorrió el campo con el señorío de quien, además de ser el más grande, lleva el balón entre las manos. Paciente, con la mirada de quien sabe lo que quiere y lo que hace para conseguirlo, buscó lo que fuera que pareciera una portería hacia donde patear la pelota. Para su suerte, a mitad de un terraplén apenas cubierto por un pasto más parecido al zacate, estaba un viejo pasamanos cuyos tubos de donde colgarse parecían reventados por una fuerza inexplicable. Al final del pasamanos había una resbaladilla empinada a la que extrañamente le faltaban los escalones para subirla y le sobraban peligrosos bordes oxidados en la bajada. Frente a ella, muy próxima a las pilas de leña que marcaban los confines del predio, estaba la estructura de la que, supusieron los niños, alguna vez debieron pender los columpios. Lacho, que llegó siguiendo al chino hasta ese paraíso abandonado, fue el único que intentó recorrer el pasamanos, pero la incandescencia de los tubos y una dolorosa cortada en la palma de la mano le hicieron saber que ello sería una hazaña no tanto imposible, sino en exceso peligrosa. Acostumbrado a las heridas comunes de la infancia, Lacho chupó la cortada absorbiendo la sangre y luego la recubrió con un poco de tierra, seguro que con ello habría de contener la incipiente hemorragia. Pocos minutos después, Lacho, el chino, Oliver y Mané, desentendidos de cualquier magulladura que el entorno pudiera procurarles, jugaban a la pelota imaginando que lo hacían en el estadio más grande del mundo.

El chino les aventajaba en habilidades y entusiasmo. De donde fuera, como fuera, le pegaba al balón con una precisión envidiable. Su padre, alguna vez futbolista profesional, le había enseñado los secretos técnicos del disparo a gol y él no hacía más que replicarlos con la enjundia de sus nueve años. En un alarde de suficiencia prometió a sus primos que el siguiente tiro lo estrellaría en la estructura metálica del pasamanos. Así lo hizo, pero con el infortunio de que, tras el impacto contra el larguero, la bola salió proyectada hacia las alturas con tal fuerza que rebasó la muralla de leños.

Una vez que se perdió de la vista de todos, el balón corrió cuesta abajo por una ladera hasta entonces desconocida y no se detuvo hasta que se depositó en la cuna que curiosamente habían formado las salientes retorcidas de unas raíces sin árbol. Desde la parte alta de los maderos impecablemente apilados, erigidos en patrulla de vigilancia remota, los cuatro niños peinaron el entorno hasta dar con el paradero de la pelota. Mané, no sin dudas, fue el primero en señalar el entramado de bulbos y rizomas que había impedido que el esférico siguiera de frente hasta dar con el cauce de un riachuelo, pequeño pero caudaloso, que seguro habría arrastrado el balón lejos del alcance de los pequeños. Oliver, excelente planificador, pero el más limitado en la ejecución, trazó la ruta con el dedo hasta el punto de recuperación. Sin más asambleas, empoderados por la fuerza que emerge de todo niño ante el riesgo de perder una pelota, decidieron pasar por alto cualquier advertencia en contra y descendieron por la pendiente terregosa. Uno tras otro, cubiertos cada uno con tanto polvo como su pericia mereciera, llegaron hasta la zona importante. Lacho, que por mucho era el más experimentado en eso de ascender y descender por obstáculos ante los que cualquier otro niño se habría arredrado, tomó el balón y emprendió el sendero cuesta arriba para volver cuanto antes al juego. Fue entonces cuando la voz del chino congeló a todos. Mané que apenas llegaba y Oliver que aún no terminaba el descenso, apuraron el paso pensando que algo malo le había ocurrido al chino, pues de frente a la madeja de raíces muertas se había quedado doblado como quien quiere dar curso a una náusea inesperada.

No era náusea ni mucho menos. En el fondo de tal cuna, apenas cubierto por unas cuantas pajillas de rizoma seca, estaba el diminuto cuerpo de un pajarillo cuyas alas aún no daban para montar en vuelo. Tuvo suerte. De no haber sido por la forma en que las raicillas estaban dispuestas, el balón sin duda lo habría aplastado. La sola idea de que así hubiese sido generó de inmediato un sentimiento de culpa en el alma del chino. Enmudecido y sin ánimo de dar explicaciones, rompió en llanto al tiempo que bajaba las manos para tomar el ave. Lacho, hermano de tres niñas especialmente chillonas y por lo tanto indolente al sollozo ajeno, pasó por alto el quebranto emocional de su primo y volvió a la parte alta, seguro de que a la brevedad todos lo alcanzarían.

Cosa de unos minutos, no tan pocos como Lacho hubiese esperado, los tres aparecieron de vuelta por el horizonte. Para su sorpresa, Oliver y Mané venían abrazando al chino, quien con el pichón entre las manos no paraba de gemir su culpa ante la posibilidad de haberle dado muerte. Sin más explicaciones, los tres siguieron de largo hacia la cabaña, pasando por alto que él los esperaba junto a la resbaladilla.

Nadie recuerda en qué momento una caja de zapatos se convirtió en su casa, ni a instancias de qué comenzó a llamarle por el nombre de Pichi; pero totalmente cierto de que su deber era cuidarle con el mismo esmero que la casualidad puso para cruzarlos en el camino, el chino renunció por completo a toda la diversión a campo abierto que asomaba a las afueras de la cabaña, para dedicarse, como todo un padre, a alimentar y crecer a su hijo emplumado.

Así pasó lo que restaba del viernes, todo el sábado y el domingo, hasta que llegó la hora de hacer maletas para el regreso. Su idea original era volver con el Pichi a casa, en donde seguro habría de seguir con sus cuidados obsesivos. No obstante, su madre, sorprendida por los enormes efluvios de ternura que recién le había descubierto al hasta entonces rudo e indomable de su hijo, le advirtió que de ninguna manera el pajarraco habría de viajar con ellos, por lo que debía dejarlo en libertad antes de que todos estuvieran prestos para volver a casa. El chino lloró desconsolado el resto de aquella mañana, pero comprendió que no había más alternativa cuando Lacho le dijo que era muy probable que el Pichi muriera apachurrado entre tanto niño inquieto amontonado en aquel asiento trasero del carro. Resignado, con la ayuda de Mané, otro símbolo de rudeza y brusquedad consolidada, el chino comenzó los preparativos de la despedida, alentado por todos los primos que una y otra vez le reconocían como el héroe del fin de semana.

A las cuatro de la tarde de aquel primaveral domingo, todos los primos se aglutinaron en el terraplén frente al pasamanos. Mané, Lacho, Oliver, Alejandra, Pilar, Jimena, Sofía y el pequeño Paolo atendieron con precisión de logia las instrucciones que el chino les daba:

-Todos hagamos una hilera y corran a mi lado en lo que suelto al Pichi para que vuele- dijo. –Yo voy al centro para que todos puedan ver cuando mi pequeño se vaya- remató.

Según sus cálculos, la carrera junto a sus primos le daría al Pichi la velocidad necesaria para emprender el vuelo. En su mente el chino imaginaba al pichón volando por encima de aquel larguero que circunstancialmente les obligó a conocerse. Sería la vívida imagen de que ambos, pichón y hombre, habrían rebasado sus limitaciones y que con ello quedaban saldadas las culpas que su encuentro fortuito había generado.

Con las manos vacías ensayaron la carrera para estar ciertos de que nada fallaría. Todos lo hacían con la solemnidad que el chino quiso imponerle al acto. El único que se quedaba rezagado era Paolo, pues para entonces apenas tenía unos cuantos meses de haber empezado a caminar. El chino no vio problema en ello y le pidió que, para compensar el que tal vez no presenciara el momento en que el Pichi despegara, tan solo lo despidiera con una pequeña rama llena de hojas.

Por fin el chino abrió la caja y tomó al Pichi entre sus manos. Uno a uno pasó a despedirse del pajarillo antes de formar la hilera convenida. Apenas todos estuvieron en sus puestos, contó hasta tres y emprendieron la carrera. En cuanto el chino asumió que era el momento, abrió las manos e impulsó hacia arriba y hacia al frente al pequeño Pichi, que desconcertado aleteó por instinto, mientras sentía que se precipitaba por el borde de los dedos de su guardián. Todos miraron hacia arriba buscando la ruta de su intempestivo vuelo. Por un momento pensaron que había volado tan rápido que fue imposible verle partir. Estaban contentos, satisfechos, orgullosos del primo que había sacrificado su fin de semana para dar nuevos bríos a un pajarito. Celebraban. Todos, excepto Paolo, que detuvo la marcha para señalar algo en el piso con la punta de su rama. Cuando los primos se acercaron todo cobró sentido. Era el cuerpo del Pichi totalmente aplastado por el rigor de un zapato. Congelados, cada uno de ellos miró hacia los zapatos de los otros para ubicar al responsable. Paolo señalaba, otra vez con su rama, el arma homicida. No había duda, las manchas de sangre en el borde de la suela derecha del chino lo confirmaban: el Pichi nunca voló. Cayó como un bulto de plumas hacia el piso, encontrándose indefenso con la marcha arrolladora de quien juró cuidarle para siempre.

Sin saber qué decir, menos aún qué hacer, las niñas dieron media vuelta para volver a donde los padres les esperaban. El chino, brutalmente desconsolado y a mitad de un mar de llanto, volvió minutos después abrazado por Oliver y Mané, quienes en todo momento procuraron brindarle mudo consuelo. Lacho, el inconmovible, se quedó en el terraplén unos instantes más. No mucho hasta eso. Apenas lo suficiente para decir una oración y echarle al Pichi un puño de tierra, en la esperanza de que con ello parara en algo la abundancia de sus hemorragias.

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