El último diciembre.

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Conocí a Renato cuando ambos estudiábamos en el Conservatorio Nacional de Música. Él perfilaba desde entonces para ser un más que decente violinista, mientras yo brincaba incansable de aula en aula, tratando de hallar la especialidad que le diera cauce a mi vocación artística. Al cabo del tiempo comprendí que mi pasión por la música pasaba no tanto por el dominio de algún instrumento, como por la emoción que en mí sembraba la fidelidad de unos buenos audífonos. Yo no estaba para ejecutar, lo mío era el hedonismo de escuchar y perfeccionar lo que los otros ejecutan. Cuando caí en la cuenta de ello, opté por desertar. Lo único que traje conmigo del Conservatorio fue la amistad del querido Reno y los amoríos esporádicos de Ivanka, una contrabajista rusa que gustaba de caricias osadas, armoniosos tríos y lenguaje vulgar a la hora de poner la piel sobre el colchón.

Poco antes de graduarse, Reno comenzó a aceptar pequeños trabajos amenizando festejos y reuniones en las colonias cultas y caras de la ciudad. Desde un inicio me nombró su ingeniero de audio y me hizo acompañarle a cada evento en el que era contratado. En ocasiones, cuando el cliente optaba por un ensamble de cuerdas, invitábamos a Ivanka y a su prima Ludmila, con quienes pasado el festejo, olvidábamos las partituras y terminábamos la noche inmersos en otras tocatas y sinfonías.

De eso vivimos durante cuatro años. De tres a cinco eventos al mes y todos los días de diciembre, Noche Buena, Navidad y Fin de Año incluidos. Alguna vez llegué a preguntarle al Reno si no prefería pasarla en familia. Como sea, a mí me daba lo mismo. Yo no tenía nadie con quién celebrar, así que trabajar era la forma más productiva de anestesiar la soledad que por esas fechas me invadía. Pero Renato era todavía hijo de familia y por ello no lograba entender cómo una fecha tan especial prefería consagrarla lejos de los suyos.

Renato Ilhuicamina es el primero de dos hijos de doña Magda Cervantes y don Luis Ramos, quienes abrieron una tienda de ultramarinos a unas cuantas cuadras de la casa de mi tía Genoveva. Doña Magda, mujer de hogar ciento por ciento, ayudaba con el negocio a la distancia, contactando clientes y proveedores vía telefónica. Al frente del mostrador de Citlalicue, que así se llama la tienda, estaban don Luis y Sara Yolotzin, la hermana del Reno.

Don Lucho, como suelen llamarle los amigos más próximos, es un hombre hosco y de muy pocas palabras. Bajo de estatura, narigón y cejijunto, no hay modo de ocultar su proveniencia española, de la que, sin embargo, ha renegado como si de hacerlo fuese posible borrar los orígenes.

Por el lado de su madre sus abuelos llegaron de Andalucía a hacerse la vida en Puebla, vendiendo telas y trapos de puerta en puerta. Por el lado de su padre, su abuelo, una tal Rolando Ramos, a quien todos conocían simplemente como el Payo, fue un sevillano de malas mañanas, torerillo de cuarta, que no se cansó de defraudar a cuanto incauto propuso negocios. Su infortunio se hizo público, urdiendo el escarnio que por siempre marcó a la familia, cuando terminó sus días a la sombra de una celda en Lecumberri, acusado de matar a una prostituta en un cuartucho de hotel allá por San Antonio Abad.

La abuela paterna, el único eslabón cierto que ataba a Lucho a esas raíces que con fervor defendía, era una morena menuda cuyas fotos de sus años mozos la delatan poseedora de una belleza tan rural como atractiva. A ella, de nombre Citlali, se la trajo el Payo, cual Malinche, desde Veracruz no bien bajó del barco. Fue la única mujer que lo amó sin reserva ni medida y a la sazón de ello, la primera víctima y la única perenne de su larga lista de engaños.

Don Luis decía a los cuatro vientos que sus raíces eran aztecas como las de Moctezuma. A punta de maledicencias condenaba el atropello histórico que fue la conquista y desacreditaba la autoridad moral de una iglesia, a la que culpaba de haber derramado más sangre en imponerse, que aquella vertida por los sacrificios humanos sobre todos los techcatl que haya en el mundo.

A sus hijos, por obviedad de razones, no los bautizó, pero sí los hizo pasar por un ritual de copal, incienso, danzas, sonido de caracoles y cascabeles, en los que les fueron impuestos sus segundos nombres. Normalmente no iba a misa, salvo cuando llegaba diciembre y la Villa se iba poblando de peregrinos, muchos de los cuales se fueron haciendo sus clientes.

No hay mejor socio para los negocios, asumió como excepción que confirmaba su regla de vida, que Dios y los suyos cuando se trata de arrear gente. Por ello, nadie como Lucho para organizar un gran festejo en honor a la Virgen. Llegada la fecha, tiraba sin prejuicios la casa por la ventana, a sabiendas de que cada litro de alcohol invertido en los agasajos, los ingresos se multiplicarían como el pan y los peces en aquella parábola bíblica.

Cada doce de diciembre era tal el éxito en ventas, que don Lucho, seducido por las mieles del éxito, se dejaba subir en el tren de los excesos y agarraba un pedo tan grande como el tamaño de sus incongruencias. Encerrado en la bodega de Citlalicue, sin más compañía que las cajas repletas de dinero, se embriagaba un día tras otro con un brandy español llamado Gladiador, al que poco le faltaba para ser vinagreta.

Don Lucho iba apareciendo, con los estragos de la contienda a cuestas, por ahí de la sexta posada. Para entonces, doña Magda, Yolo y Renato lo esperaban con el profundo resentimiento del enfado no reivindicado en una mano y con la angustia y el sobresalto de pensar que lo peor pudo haber ocurrido en la otra. Eran días tensos en la casa de la familia Ramos Cervantes. Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, el papá quedaba bajo los esmeros y cuidados del doctor Sierra, quien a punta de sueros e intravenosas trataba de devolverlo a la vida, arrancándolo de las garras de la cruenta resaca que acusaba. Para cuando don Lucho recuperaba en algo el semblante le venía la hora de enfrentar al tribunal en que se había erigido la familia. Apenas se formulaba el primer reclamo, a toda respuesta él plantaba su aún temblorosa mano para pedir la palabra:

No me digan nada, se los pido-, les decía. –No me juzguen por algo que ustedes todavía no saben. ¿Han hablado con el doctor acaso? ¿Les ha dicho lo que tengo? No quiero preocuparlos, pero me temo que estoy muy enfermo. Parece ser que es algo irreversible y– dando inicio a un sollozo histriónico como su amor por todo lo azteca- quizá esta sea mi última Navidad.

Así, con el mismo patrón y el mismo discurso, don Lucho moría cada diciembre. El Reno, que por alguna razón se sentía responsable de cuidar de Lucho como un hijo; o de responder por su madre y hermana si acaso éste faltaba, compró desde un inicio la historia como cierta y la Navidad, en los recovecos que la angustia forma entre las tripas, se convirtió en los preparativos de un inminente velorio para despedir a su padre.

Por eso me cagan estas fechas-, me dijo aquella noche que regresábamos de amenizar una cena de Nochebuena en Avándaro. –Por eso no las disfruto y sí en cambio, las padezco-, resumió como quien quiere dejar un asunto saldado para toda la vida.

Hace quince años ya de aquella plática. Meses después, el Reno se fue a Zaragoza a perseguir su sueño de tocar en una orquesta de cámara. Días antes de ello, yo me casé con Yolo y actualmente juntos atendemos la tienda de ultramarinos. Doña Magda, por su parte, vive la vida entre los conciertos de su hijo y las travesuras que sus nietos, Jorge Cipactli y María Tonantzin, le obsequian. Don Lucho, naturalmente, sigue vivo; y aunque ya no festeja el cierre de año como solía hacerlo, sigue jurando que éste será su último diciembre.

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