Cósmica.

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Traigo un dolor en la espalda que no termina de hallar lugar preciso. Por momentos lo siento como nudo sobre los hombros. En otros lo hace a manera de ardor que se carga hacia mi costado izquierdo, hasta instalarse como arrullo a la altura de los riñones. Pocas veces, de la nada, sin avisar pues, revienta como puñalada trapera apenas por debajo de mi omóplato derecho.

Es, diría mi abuela si aún viviera, un frío encapsulado. Uno de esos que me llegan cortesía, muy seguramente, de mi absurdo afán de andar por el mundo sin suéter que me proteja. La solución, de no haberse ido este mes hace ya treinta años, sería de lo más sencilla y placentera: una sobada de esas que acomodan hasta las ideas; unas cuantas ventosas ardientes que igual quitan fríos que empachos; y una untadita generosa de una pomada de sepa la bruja qué yerbas, y listo, la magia está hecha.

Pero mi abuela, muy a pesar de mi anhelo, necedad y obstinación, ya no está físicamente en este planeta, y de eso, estoy cierto, se aprovechan los dolores para traerme jodido sin más recurso que mi estoica resistencia. No cabe duda que hasta en eso, en la gestión interna de las ausencias y los recuerdos, los hay oportunistas y ventajosos.

Elena se fue una tarde de octubre sin que yo supiera a ciencia cierta la falta que me haría al pasar de los años. Si bien partió muy temprano en mi vida, me enseñó tantas cosas y tengo de ella tantos recuerdos, propios y compartidos, que de un tiempo a la fecha comprendo que a su muerte perdí mucho más que una abuela.

Ella, por ejemplo, me enseñó a montar a caballo; a comer las tortillas de maíz azul sin pagar el precio de que me rompieran el hocico por llamarlas trapos. Me enseñó que la vida no es vida si en el curso de ella uno no se revienta de menos una vez las rodillas; a disparar un arma; a dar sin límite ni reserva; a tener fe sin atisbos de duda y a dudar de todo cuanto nos dicen es imposible que suceda.

Me enseñó a soñar y en el proceso, me reveló su secreto para hacer realidad los sueños y de la voluntad de todos lo que a ella se le pegara su chingada gana.

Ya lo he dicho muchas veces: le debo un libro. Tengo la deuda de sentarme a escribir las cosas que supe, vi y viví con Elena. Los senderos recorridos de su mano, de su hombro, bajo su fiel y leal cobijo.

Éstas, después de todo, son simples ideas que brincan la reja de mi inconsciente, como ovejas de inventario tratando de procurarme la paz que dé fin a mi vigilia. Pero algún día tendré que hacerlo. En algún momento habré de sacudir la nostalgia y rendirle culto a la primera mujer, además de mi madre, que he amado con admiración y desbordada idolatría.

Se llamará Cósmica y será en tu honor, abuela. Será mi forma de hacerte saber que traigo un dolor en la espalda que, a causa de tu desafortunada partida, no termina de hallar lugar preciso. Serás tú en él y para ti conmigo. Allí te leeré, allí te veré de nuevo. Entre esas hojas te encontraré y sabrás que quiero abrazarte, nunca soltarte, mi amada Cósmica.

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