Apolonio está muriendo.

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Su cara lo dice todo: ha sufrido lo indecible. En el rostro, la viva imagen de la desgracia recurrente, no caben ya los gestos que puedan dar más fe de ello. Sonrisa apagada como farola fundida de barrio marginado, mejillas mal rasuradas, rojizas, un tanto escurridas que agravan la sospecha de que hace tiempo no conjugan el verbo reír; barbilla temblorosa cuya arritmia sería perceptible si acaso Apolonio tuviera dientes con los cuales hacer ruido; y la mirada ¿qué les digo de la mirada?, ausente, carente de todo brillo, casi siempre enfocando a ese túnel imaginario del cual nadie sabe si tiene final, pero basta con saber que no tiene retorno. A sus veintitrés años, Apolonio, el pobre Apolonio, acumula más desgracias y desventuras que un indigente que le triplique la edad. Huérfano, desempleado, no sabe leer ni escribir, abandonado por su mujer no hace mucho tiempo, con tres hijos que apenas comen y en las manos el resultado de unos análisis médicos que le confirman que su soplo en el corazón tiene tintes de tragedia a corto plazo.

A su lado, enfundado en un impecable Ermenegildo Zegna color azul marino, el conductor del programa narra al televidente con lujo de innecesario detalle el catálogo de vicisitudes que agobia a Apolonio. Pese a su evidente congoja no se detiene un solo momento y acaso cuando siente que las emociones están a nada de desbordarse, o bien respira hondo, o acelera el ritmo encimando las palabras, conteniendo siempre detrás del Windsor de la corbata el nudo que pareciera le tiene apergollado el cogote. De pronto, la voz se quiebra. Nadie es lo suficientemente fuerte para soportar las radiaciones atómicas del dolor ajeno. Con el micrófono perfectamente sujeto por ambas manos, pega su boca a la esponja que lo recubre y agacha la mirada como si quisiese ocultar que este momento, particularmente a él, le está doliendo hasta el tuétano. Por fin, ha hecho una pausa. Pareciera que no puede seguir hablando. Detrás de él, su compañera en la conducción, una morena de facciones impecables y contornos violentamente atractivos, recarga su mano sobre el hombro y le invita a conservar la calma. Ella también está a punto del llanto. Lo sé, pues se ha puesto el perfil de la otra mano con la palma hacia abajo oprimiendo levemente su boca, al tiempo que mira a la cámara pidiendo para sí y su compañero un poco de clemencia por parte de la teleaudiencia. La cámara uno hace un acercamiento conmovedor a los ojos de ella para que todos seamos testigos de cómo, poco a poco, se van inundando en pena. Es un ángel llorando, maldita sea. Está uno tan concentrado en su divino rostro que apenas se le ha prestado atención a la dolorosa melodía que la producción ha puesto de fondo y al horripilante mensaje que ha aparecido en la pantalla sentenciando: “Apolonio se está muriendo”.

Mientras tanto, la cámara tres prepara una toma fulminante. Será el rostro de Apolonio. Podremos ver cómo se le escapa, a tiempo real, los últimos suspiros de vida si es que desde nuestra casa, previa venia de nuestra mezquindad e indolencia, no hacemos algo por ayudarle. Es cierto, Apolonio está chimuelo, no sonríe, sus ojos miran a ninguna parte, todo él es un manojo de dolores de cuerpo y alma, pero tiene hambre, ganas, anhelos, pero sobre todo un sueño: tener dinero suficiente para poderse operar el corazón y no dejar desamparados a sus críos. Y todo eso es posible. Por supuesto que es posible. Para eso está la Santa María Virgen Televisión. Lo único que tiene que hacer Apolonio es bailar. Bailar como nunca antes lo ha hecho, que bailando podrá tomar revancha de la vida, puta y desdeñosa, que tanto se ha ensañado con él. Pero (todo tiene un pero en la vida) no puede solo. Nos necesita. Por eso, el conductor y el bombocito que le acompaña nos increpan y nos piden que llamemos, que salvemos a Apolonio y hagamos que su sueño siga vivo. Solo nosotros podemos salvarlo, nuestro es el poder y decisión de pavimentarle el camino al quirófano.

¿Por qué, Señor? ¿Por qué? ¿Cuál es tu afán de ponernos a prueba en pleno domingo de digestión perezosa? Yo, que hasta hace un par de horas no guardaba más culpa que el último taco de buche que me comí y más certeza de que habré de pagarlo con una agrura que me eche a perder la noche, resulta que me siento culpable de estar viendo a Apolonio y sus infortunios en una pantalla de sesenta pulgadas y no sé cuántos putimillones de pixeles, cuyo costo rebasa dos veces el del marcapasos que dicen necesita.

Está bien, Dios, admito que es insoportable. Lo de menos es cómo baile, hay que ayudar al necesitado. Así que, en este momento, movido por esta lástima que me calcina por dentro, voy a llamar y votar por este pobre andrajo humano. Después de todo, ¿qué tanto son quince pinches pesos por llamada? ¿Cuánto vale la paz de mi atormentada conciencia? No lo sé. Solo sé que debo llamar y ayudarle. Pero antes voy a la tienda. Necesito comprar una sal de uvas y un agua mineral, solo por aquello de que ese taco de buche ahuyente de mí las ganas de dormir tranquilo. Ojalá y Apolonio no muera antes de que yo vuelva y calme este reproche dominical que súbitamente me atormenta.

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