Vayamos en paz.

La lluvia no cesa este sábado que, debo decirlo con todas sus letras, madrugué en vano. A pesar de lastres y resistencias, abandoné la cama y las lecturas con tal de honrar la palabra de acompañar a mi hija a un partido más de volibol. Hasta hoy los he visto casi todos y hacerlo es, no importan las circunstancias, un apetito que no mengua, un placer que supera cualquier otro antojo. No bien salimos de casa, sin ser remotamente experto en el pronóstico del clima, el sentido común me dice que pocas son las probabilidades de que las cosas cambien y previa supervisión del atuendo, llega a mí el presentimiento de que el desplazamiento será en vano. La neblina, sobra decir, cubre gran parte del paisaje y hace lucir la carretera como un espacio insondable al cual, de ser posible, habría que evitar hasta nuevo aviso. No falta, porque aquí ese tipo de imbéciles aún abunda, el conductor que desciende hacia la ciudad con el apremio de quien poco le queda para redactar su epitafio. El encuentro, por fortuna, es apenas al otro lado de la carretera. El detalle es que los retornos nos obligan a marchar un kilómetro hacia abajo y luego hacer dos de subida, distancia suficiente para contemplar, a pesar de la bruma, uno que otro ejemplar de la ya mencionada manada de hidro-estúpidos que habitan estos parajes.

La cancha, vieja conocida del circuito, cuenta con un techo en forma de carpa (martirio manifiesto de los balones que salen por alto) que es apropiado para proteger a las chicas durante los días soleados. Pero hoy, tras diez horas continuas de lluvia, ha hecho patente el límite funcional de su estructura en aquello de preservar seco el terreno de juego. No se trata de filtraciones. El material hasta el momento luce resistente e impermeable. El agua, como corresponde, escurre sobre las pendientes dirigida a las partes bajas de la techumbre, formando un cauce uniforme y acelerado hacia los bordes de la superficie (impidiendo acumulaciones), desde donde el agua se precipita cual cascada apenas por encima del límite exterior de la cancha. Eso, más un declive imperceptible que afecta el terreno y la falta de rejillas de drenaje periférico, devuelve el agua en corrientes constantes hacia las zonas que debían preservarse secas, ocasionando encharcamientos a prueba de escobas y jaladores, que serán imposibles de secar mientras continúe lloviendo. En otras palabras, la intención del techo, como muchas cosas, es buena; pero su funcionalidad, como eventualmente sucede con otras, es limitada dependiendo de las circunstancias.

Aquí de menos llueve agua, la neblina asienta su holgura sobre las partes altas y medias de la ciudad y el viento refresca un entorno que hasta hace un par de semanas era una inmensa braza dispuesta a asarnos vivos. En cambio, en Oriente próximo, por ya no citar el caso de Ucrania, llueve fuego; no es neblina sino nubes de llamas y polvo las que se levantan, elevando la temperatura del mundo a niveles que, por más que nos mantengamos voluntariamente ajenos, deberían tenernos atentos y preocupados, como quizá no lo hemos estado desde que terminó la Guerra Fría.

Israel, no contento ni entretenido con la que tiene montada contra Palestina, recientemente la ha cargado contra Irán, bajo el argumento de impedirle el acceso a las armas nucleares. En las últimas horas, Estados Unidos le ha hecho segunda al Estado hebreo, bombardeando las tres principales instalaciones nucleares del país iraní, en lo que se supone ha generado un daño considerable al programa nuclear militar del Estado persa. En resumen, una vez más hablamos de “guerras preventivas”; una vez más figuran en el escenario las armas nucleares y, nuevamente, todo se hace, según dictan los discursos morales sin los cuales nada de esto sería medianamente digerible, en busca (¿de qué más?) de la paz y la estabilidad del mundo.

La verdad (espesa, confusa, histórica y compleja), va más allá de las puras buenas intenciones que Israel y los Estados Unidos (por cierto, Estados poseedores de armas nucleares), puedan mostrarnos en su conocido papel de policías urbi et orbi. La intención de preservar la paz a través del equilibrio de las fuerzas y la no proliferación de armas nucleares que puedan caer en manos de regímenes autoritarios y peligrosos (el chiste se cuenta solo) no sólo reviste los discursos, sino le da forma a esa versión de la historia que se escribe desde el argumento simplista de todo conflicto circunscrito al enfrentamiento entre los buenos y los malos. Siendo objetivos, la existencia de tales intenciones está en duda. Es decir, no hay de por medio tantas buenas intenciones como sí los grandes intereses. Punto.

Irán, que desde el primer momento ha dado respuesta a los bombardeos de Israel, advirtió que la participación, hoy consumada, de los Estados Unidos puede resultar muy peligrosa. En consecuencia, no se descartan ataques a intereses estadounidenses en la región (que son muchos, por cierto), ataques terroristas en otras partes del mundo y el rearme de milicias que eventualmente han sido un dolor de cabeza aparte para los ejércitos implicados. Y si pensábamos que Irán habría de renunciar a su programa nuclear militar tras el ataque, lo más probable es que, si bien lo han retrasado por algunos años, el Estado iraní perseguirá el objetivo con más ahínco y quizá descaro que antes, lo que revivirá algunas tensiones en la zona y escalará la carrera armamentista, la nuclear incluida, de una forma contraproducente para la región y el planeta entero. Rusia, que ya ganó sacando el foco de atención de su conflicto con Ucrania, ha condenado el ataque. China, que está a las vivas con la presencia de un buque militar del Reino Unido en aguas del Estrecho de Taiwán, se mantendrá al tanto para ver cómo se beneficia del pleito en cuanto a sus diversas pretensiones territoriales, mientras que la India, Paquistán y Corea del Norte, Estados poseedores de armas nucleares consagrados por fuera del Régimen de No Proliferación, podrán atizar con más fervor sus conflictos regionales en la certeza de que el mundo está mirando hacia otra parte. Israel, que no sé si esté tranquilo, está contento: logró arrastrar a los Estados Unidos a un conflicto que propició para validar y fortalecer posiciones ante el deterioro de la imagen pública internacional que el conflicto con Palestina le ha acarreado.

Y la paz, como el techo de la cancha en la que iba a jugar mi hija, ahí está, escurriendo aguas por todas partes, ahogada en sus propios encharcamientos, como suele ocurrir con los conceptos basados en buenas intenciones, pero construidos con la premura y el descuido de quien poco le importa.

El juego de mi hija se ha cancelado. Corresponde regresar a casa, pero antes iremos a desayunar deseosos de olvidar un poco los trajines de la semana, inciertos de lo que la lluvia, la guerra y otros asuntos en curso traerán consigo. En una de esas, quién sabe si debamos preocuparnos tanto. Entonces, impermeables a cuestas, vayamos en paz, lo que quiera que tal cosa signifique.

Santiago de Querétaro, a 21 de junio de 2025.

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