No se veía nada. En aquel entonces las calles todavía no estaban pavimentadas. Era pura terracería, piedras, tierra suelta, y cuando llovía todo se hacía lodazal. Tampoco había alumbrado público y no es como que hubiera muchas casas. Una que otra cada ciertos metros y lo demás eran lotes baldíos. Nada que ver de como está ahora. Qué va. Hace mucho tiempo que no voy para allá, pero la última vez que fui ya hasta les llegaba el agua a las casas y las calles ya estaban bien trazadas, pavimentadas, con sus banquetas y toda la cosa. Pero todo eso, cuando yo era niña, era un enorme predio a mitad de la nada, una comunidad olvidada de Dios. La tienda, por ejemplo, estaba algo retirada de la casa. No soy muy buena en eso de calcular distancias, pero habrá sido como unas siete u ocho cuadras de las de ahora. ¿O será que exagero? No lo sé. Sólo recuerdo que había que caminar como unos diez minutos para llegar a ella. Era la única tienda del rumbo, así que abría desde temprano y cerraba ya muy tarde. Yo, la verdad, podía ir a comprar la leche y el huevo, que era lo que mi mamá me encargaba, pon tú a las cinco de la tarde, cuando todavía había luz. Pero no, yo me esperaba hasta lo último, hasta que llegara mi padre, que casi siempre lo hacía borracho. Dirás que para qué me esperaba. Que cuál era la necesidad. Pues la verdad yo sólo quería huir de él; de esos primeros minutos de cuando llegaba a casa en plan de buscar no quien se la hiciera, sino quien se la pagara. Lo que pasa es que mi papá cuando tenía sus tragos encima era muy violento. Mucho. Y macho. A mis hermanos no les decía nada. Era a mi mamá, a mi hermana y a mí con las que cargaba con su furia. A mi mamá le gritaba muy feo, le jalaba de la ropa y de los cabellos. A mi hermana, que es mayor que yo, le echaba en cara que era una huevona porque ya no iba a la escuela. Pero, qué crees, ella dejó la escuela para meterse a trabajar y traer el dinero que mi papá no aportaba por estárselo bebiendo. Él no pensaba en eso. Él, estoy segura, no pensaba en nada, su único interés era descargar su ira de no poder seguir en la farra, de quedarse con las ganas de otro trago, de otra vieja, o qué sé yo. Conmigo las cosas eran distintas. Yo sí iba a la escuela, así que a mí no me podía hacer pleito por eso. Pero cuando me tocaba, sin que mediara razón previa, me cacheteaba y sólo hasta que terminaba de hacerlo, decía que yo estaba marcada, que traía en la cara la pinta de golfa y que no iba a tardar en salirle con mi domingo siete. Pero cuando eso ocurriera, me advertía, me iba a coser a patadas hasta asegurarse de sacarme la que quiera que llevara en mis podridas entrañas. Imagínate, yo sólo tenía once años cuando comenzó a decirme eso. Yo era todavía una niña que no entendía el significado de sus palabras. ¿Qué era un domingo siete? ¿A qué se refería con mis podridas entrañas? Por eso te digo que apenas cumplí catorce y mi mamá me encomendó lo de comprar las cosas, yo comencé a ocuparlo para poner tierra de por medio. Apenas oía la reja abrirse, o su voz aguardientosa echando pestes antes de dar vuelta en la esquina, yo salía hacia el patio trasero, me saltaba la barda y me iba corriendo directo hacia la tienda. Mi apuesta era que cuando yo volviera, él ya se hubiera quedado dormido; porque te voy a decir que lo de mi papá era como una bomba: caía, estallaba, arrasaba con nosotras y luego menguaba como una vela a la que se le acaba la cera. La señal era cuando se retiraba de nosotras a los tumbos. Caminaba como un perro que se busca la cola; tiraba lo que hubiera en la mesa, manoteaba, mentaba madres, se tiraba al sofá abatido por una ebriedad que parecía le cogía por las piernas, refunfuñaba cosas que no se le entendían y en un dos por tres se quedaba profundamente dormido. Quince minutos era lo que más o menos duraba su escenita. Así que, si yo me tardaba mínimo veinte en ir y venir, mis probabilidades de éxito eran muchas. Y la verdad, modestia aparte, es que casi todas las veces me salió bien el plan. Salvo dos o tres ocasiones que llegué antes de tiempo, o mejor dicho a tiempo, para que me tocara mi rebanada de pastel; el resto sólo me tocaba ayudar a levantar lo caído. Pero hubo una ocasión, la última, que no es que haya llegado antes de tiempo, sino que mi papá me salió al paso. Y esa fue la peor de todas. Y es justo la que te quiero platicar, antes de que se me olvide.
Muy buena narrativa, atrapa al lector.
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