Verdad de Dios (La manzana).

Oiga, Jerónimo, ¿gusta una manzana? Están frescas. Huelen bien rico, mire. Hasta podría decirle que son de hoy. Digo, me refiero a que pareciera que hoy merito las cortaron. Las acabo de comprar en el mercado de Tacubaya. Ahí tengo una comadre que vende fruta, por si algún día gusta. Vende de todo: papaya, sandía, ciruela, peras, naranjas, unas cositas que se llaman nanches, ¿los conoce?; granadas, plátanos, toronjas, fresas, uvas, lo que me diga. Chulada de fruta, verdad de Dios. Estas manzanas las compré porque las traen de Tamasopo. ¿Si ubica Tamasopo? Es un pueblito en San Luis Potosí, como a una hora y media de Ciudad Valles, siempre y cuando se vaya por la autopista que hace no mucho hizo el presidente Salinas. ¿Nunca ha ido? No me extraña. Casi nadie va para allá. Todo mundo se sigue de largo, la verdad. Aunque, más allá del entusiasmo y la nostalgia que ya habrá notado, tampoco vaya a creer que se ha perdido de mucho. Es un lugar de pronto alejado de todo lo bueno y sin mucho que hacer, salvo bañarse en el río y eso cuando no anda en tiempos de crecidas y caudales. Lo único bueno que sale de ahí son las peras y las manzanas. ¿Que cómo lo sé? Uy, joven, usted no está para saberlo, pero yo nací allá hace sesenta y cinco años. Sí, sesenta y cinco, escuchó bien. Este modelito, ya descontinuado por cierto, va por el mundo con sus sesenta y cinco años a cuestas. Yo sé que no lo parece, joven. Ni falta hace que levante así las cejas. Tengo muy claro que me veo más vieja. Que estas arruguitas, tan necias como inoportunas todas, y la falta de algunos dientes no me ayudan en nada. También estar gordita no me hace mucho alivio, es cierto; pero aquí donde me ve, debajo de este cuerpo desvencijado y maltrecho por los años, yo era una chulada de chamaca, verdad de Dios. Nada más cierre sus ojos e imagine. Ande, le doy permiso. Acinturadita, piernuda a madres y firme por donde me viera. Tenía yo unas cejas tupidas, las pestañas largas, naturales, por cierto; sonrisa de actriz, algo así como la de Miroslava, pero en morena y los labios carnosos, carnosos. Sólo porque no traigo fotos de entonces para que no le quedara duda. Figúrese que yo era una mocosa todavía y ya más de uno andaba tras mis huesos. Unos mejores partidos que otros. Tampoco es que fuera una verbena de posibilidades, ¿verdad? Uno que otro, pero hasta en la escasez hay opciones, ¿a poco no? Y ya en esas, habiendo más de dónde elegir, pues resulta que terminé posando mi existencia, como casi a todas, moscas y mujeres, nos ocurre cuando menos una vez en la vida, sobre el primer trocito de mierda que me salió al paso. No se ría; Jerónimo, que esto es serio. ¿Cuándo ha escuchado a una mujer admitiendo que ha elegido mal? Nunca, ¿verdad? Y es que a las mujeres nos hicieron con la dignidad a prueba de nuestras propias balas. La cagamos y lo más fácil es hacerse la occisa y de inmediato apelar a la mala suerte cuando de hombres se trata. Lo que se nos olvida es que una cosa es la mala suerte y otra muy distinta que de origen salimos medio pendejas para elegir. No fueran zapatos, ¿a poco no? Pero, ¿sabe?, eso de admitir que una es pendeja para elegir se aprende, si es que alguna vez se aprende, con los años, verdad de Dios. Con los años y uno que otro chingadazo, joven. Y ahí sí, le puedo anticipar, que a diferencia de otras, yo aprendí bastante rápido. Mi trocito de mierda se llamaba Ramiro, dicho sea de paso. Trocito, dije, míreme tan modesta que soy. ¿De verdad no quiere una manzana? Están bien jugosas, anímese.

Ese cabrón del Ramiro, lo que sea de cada quién, tenía ojo fino para las hembras y una boquita tan convincente que ninguna dejaba para comadre. Ay, joven, debería de ver cómo nada más de acordarme de ese hijo de la gran chingada, que Dios tenga a fuego lento en el infierno, se me tuercen las tripas. Ya sé, ya sé. No hay que desearle el mal a nadie, menos a un difunto, porque la mala voluntad, así la arrojemos con fuerza para que llegue lejos, tarde o temprano se regresa y termina por joder a quien la parió; pero yo siempre he dicho, y usted dígame si me equivoco, que una cosa es desear el mal y otra muy distinta es anhelar para alguien sólo y nada más que lo que se merece. La primera, joven, es chingadera, así tal cual, chingadera y esas se pagan con el tiempo. La segunda, por ser consecuencia directa de lo que vamos haciendo en vida, es justicia. Pura y cruda justicia, verdad de Dios. Pero bueno, de ver su cara, cómo abre esos ojazos que vaya que sí están chulos, me imagino lo que le ha de estar pasando por la cabeza. Pero antes dígame, ¿verdad que sí está bien sabrosa la manzana? Ya ve, y usted que se hacía del rogar. Hasta se parece al Tobías, mi ahijado. Ayer estaba igualito que usted: no quería, no quería, pero bien que la boca abría. En fin, ya le digo, segurito que se ha de preguntar por qué tanto odio al Ramiro. Y la verdad, aunque tal vez sea muy pronto, no pienso dejarlo con la duda. No a usted que tan amable ha sido en conversar conmigo. Además, quién nos dice que va a haber una segunda oportunidad, ¿cierto? Con eso de que usted casi ni se mueve por estas madrigueras, que joda que yo, de puro gusto, lo deje en ascuas. Porque, además, no es cierto eso de que la duda mató al gato. Ojalá lo hubiera matado. Qué fácil hubiera sido, ¿no lo cree? Pero nada de eso, la verdad es que lo trajo pendejo al pobrecito y por un largo rato. Entonces, como no quiero eso para usted, que nada malo me ha hecho, pues mejor le cuento, que ni falta hace que me diga que le sobra tiempo. ¿Perdón? ¿La curiosidad? ¿Cómo? Ah, que no fue la duda, sino la curiosidad lo que mató al gato. Bueno, pues puede que la curiosidad sí lo mató, pero la duda, mientras la tuvo, vaya que sí lo trajo pendejo; y como usted no es curioso, sino que más bien no lo queda claro qué pitos toca el Ramiro en esta orquesta, pues déjeme y lo vacuno contra la pendejez, que de aquí, por curiosidad nadie, primeramente Dios, ha de salir muerto.

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