Algo de beber (2a. Parte).

II.

Cerraste la portezuela del auto con la premura de quien no quiere mojarse. Ya adentro te revuelves en el asiento como si éste te quedara pequeño y tú no terminaras de hallar la postura adecuada. Cierras los ojos y aspiras una enorme bocanada de aire como creyendo que con eso todo se tornara más sencillo. Siempre lo haces, no todas las veces resulta. Aprietas los dientes en un último intento de dar con la postura precisa. Nunca has comprendido porque cada vez que precisas realizar algo que te pide un último esfuerzo tú comienzas por apretar los dientes. Repentinamente, el auto se sacude. Es el tremor de la cajuela cerrando ya con tus maletas adentro. Desde el vidrio, que escurre grandes cantidades de agua y ahora, debido a tu presencia, se empaña con una rapidez insospechada, alcanzas a ver la silueta del conserje parado debajo de la sombrilla, con la espalda curva, las rodillas levemente flexionadas y el brazo izquierdo en las alturas, ondeando la mano en señal de despedida. ¿Qué hace ahí?, te preguntas. Sería mejor que se metiera. No tiene ninguna necesidad de estarse mojando. Pero a él tus dudas no le importan, ni siquiera le inquietan, así que habrá de quedarse hasta que el taxi parta y se pierda de vista al girar en la primera curva. Lo miras con cierto aprecio y también con un dejo de desconfianza, que se ve interrumpida cuando el chofer por fin sube al auto. Como tú, él se revuelve en el asiento hasta quedar cómodo. Ciertamente, a él le toma menos tiempo y menos trabajo. ¿Será cuestión de práctica o de tamaños?, te preguntas echando un ojo a esa barriga que de antojo en antojo te has ido procurando. Luego, volviendo al chofer, atestiguas el ritual preliminar de cada viaje: Cinturón de seguridad, cabecera, espejos laterales, radio en sintonía, aire para desempañar los vidrios al máximo, sistema de navegación y motor en marcha. Por último, ajusta el retrovisor para buscarte la mirada y desearte los buenos días, o las buenas noches, o las buenas madrugadas, o lo que quiera que se deba desear en este horario jodido en el que a la mayoría de la gente todo le da lo mismo por la simple y sencilla razón de que están durmiendo el quinto sueño. Buenas noches, termina diciendo. Buenos días, le respondes. Con las cejas levantadas, indicativo de que lo suyo es una pregunta que espera respuesta, confirma el destino, por cierto, naturalmente obvio; y mete primera, suelta el embrague y el auto comienza a rodar. Tú devuelves la vista hacia un costado y te despides del conserje mostrando apenas la palma de tu mano izquierda. Él, que no se ha movido ni un solo milímetro de su posición, solo gira el cuello siguiendo el andar del auto sin dejar de agitar su brazo largo y huesudo. Cualquiera diría, de tan solo ver la imagen, que te vas para siempre o al otro lado del mundo. Ni una cosa, ni la otra. Solo serán cinco días. Solo vas a Nueva York, como lo haces cada año. Con un poco de suerte, volverás y aquí seguirá lloviendo la misma lluvia. Entonces bostezas. Es una de esas boqueadas prolongadas que te llevan sin más remedio a cerrar los ojos. Cuando los vuelves a abrir sientes cómo dos lágrimas descienden por el cauce que los años han construido entre tus pómulos y la pared de la nariz. Como parte de un reflejo más arrimado al temor de que alguien piense que estás llorando, que a la incomodidad de tener el rostro húmedo, te las retiras con un movimiento brusco de tu mano derecha, la que después secas en el forro de los bolsillos de tu abrigo. Afuera, mientras tanto, la lluvia cede y un banco de niebla avanza, descendiendo desde la montaña que queda a las espaldas, no muy lejos, de donde vives. Es cierto. Siempre te has quejado de lo mismo: el camino es oscuro y por la noche las referencias pocas. Las luces de un auto que viene de frente y la huella lumínica de un semáforo intermitente, el único que hay hasta llegar a la gran avenida, te ayudan a ubicar en qué sitio te encuentras. Si fuese necesario, todavía podrías volver a pie hasta tu casa. Poniéndote a prueba, mentalmente recorres el sendero: la curva, la choza, la piedra, el parque. Ya iba tu memoria hacia la última curva, la primera si vienes desde tu casa, cuando bostezaste de nuevo. Es el segundo, ¿lo recuerdas? Pues detrás de ese viene el otro y un cuarto y un quinto. La cara se te va llenando de lágrimas bajando por el mismo arroyo que da fe de los años, pero ya no te apura limpiarte la cara. Al contrario, paladeas cada uno de los bostezos y paulatinamente lo vas tomando todo con más calma. Cierras los ojos y observas la curva, la choza, la piedra, el parque, la otra curva y la casa. La curva, la choza, la piedra. La curva, la choza. La curva. La curva. La curva. El chofer, que te ha visto cabecear desde el espejo ha bajado el volumen de la radio. Él sabe que la mayoría de los pasajeros a estas horas se quedan dormidos. No le baje, alcanzas a pedirle. La canción te gusta. Te recuerda cosas. Balbuceas la letra, tarareas el coro. Noche no te vayas, alcanzas a decir poco antes de quedarte profundamente dormido.

Cuando despiertes tu mente seguirá pensando en la curva.

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