Casi siempre jirafa

A los seis años —y sin National Geographic de por medio— qué íbamos a saber de las propiedades velocistas del guepardo. Por eso a Octavio, menudo individuo que corría como en estos tiempos sólo saben hacerlo los rumores, solíamos llamarlo “la liebre”. Conforme crecimos, Octavio no sólo conservó la habilidad, sino que la depuró con la técnica que ciertas clases le brindaron. A mitad de la primaria, la maestra de educación física le observó maravillada y no dudó en intervenir en la reclasificación zoológica de nuestro compañero. Así, el mote de liebre quedó superado y Octavio devino, con todos los honores que el reconocimiento magisterial puede conceder, en “la gacela”. No recuerdo a ciencia cierta si alguno de nosotros habría visto en su vida una de aquellas, pero el puro nombre nos sonaba a velocidad pura —rápidas han de ser, supusimos— y el apodo le quedó colgado a Octavio como medalla inapelable, hasta que los impulsos de la adolescencia nos arrojaron al sendero de los apodos denigrantes.

A todos, supongo, las tablas de multiplicar nos dieron eventuales dolores de cabeza. No he sabido de alguno que se las haya aprendido sin que mediara un poco de esfuerzo, cuando no una violenta coerción por parte del entorno —familiar o académico—. La tabla del siete, por ejemplo, era algo así como una punzada de ubicación incierta, que a la sazón de la memoria suelo ubicar en las inmediaciones de los genitales. Por ello, quien transitaba por sus tenebrosas rutas con aires de vanidosa suficiencia lo mirábamos, por ese sólo efecto, como si se tratara de un bicho raro —por lo demás, la más democrática de las clasificaciones zoológicas aplicadas al humano—. Margarita, por ejemplo, era una de ellas. La evoco yendo por el mundo recitando las tablas como si fueran versos. Su rostro, hoy difuso en la memoria, se alía a la imagen nunca cambiante de una calculadora de Texas Instruments. La cosa es que su sobrado talento, siendo objetivos y conforme ella lo demostró al cabo de los años, no sólo estaba vinculado a las multiplicaciones, sino igualmente a los quebrados, al álgebra, al cálculo y demás misterios ligados a los números. Por semejante habilidad todos la reconocíamos como una verdadera “trucha” de las matemáticas.

Así, podría irme con otros tantos ejemplos. El de Jorge, a quien se decía era un perro con las chavas. El de aquellos cuyos gustos y modales cuestionables los clasificaban en el desprestigiado escalafón de los gatos; a los changos, es decir el tumultuoso grupo que por su ordinario proceder había perdido el estatus de homo sapiens; los ratones de biblioteca por su consabido gusto de pasar la vida leyendo; a los sapos que tras haber sido besados jamás se convirtieron en príncipes, hasta llegar a las vacas, cerdos, borregos, zorras y demás especies cuyas razones y motivos para ser en tal forma llamados prefiero obviar para no herir sensibilidades.

Como verán, la idea de vincular la existencia humana con la de otras especies no es algo nuevo. Lo que es más, desde que los humanos comenzaron a integrarse en sociedades, aquella noción forma parte inalienable de nuestro ideario colectivo. La mitología, ciertos dogmas religiosos, el arte y la costumbre social lo demuestran. El punto de quiebre yace, como ya nos ha ocurrido en otros tantos casos, cuando lo llevamos a extremos francamente ridículos con la absurda pretensión de normalizarlos.

Seamos claros: los therians —la joda comienza desde el nombre— merecen nuestro respeto —sí, aquí estoy torciendo con desagrado y resistencia la mirada—. Esto es así, pues a pesar de sus insostenibles incongruencias y notorias limitaciones emocionales, son humanos. Y los humanos, cualquiera que sea su desarrollo mental, cultural, intelectual o emocional, formamos parte de un solo grupo, es decir, no hay humanos de primera, segunda o tercera, sino simplemente humanos. Y a este grupo —como quiera que al colarse se diluya la materia— le asiste un cúmulo de derechos —ostentosamente— llamados universales. Entre tales derechos en México existe uno que se llama el “derecho al libre desarrollo de la personalidad” (véase el artículo 1° de nuestra Constitución) que, a resumidas cuentas, constituye la libertad que cada uno tenemos de hacer de nuestra vida un papalote. Luego entonces, si Joel o Adriana se perciben a sí mismos como lagartijas, pues muy su soberano gusto y en el ejercicio de su muy libre derecho de llenar sus vacíos existenciales como taxonómicamente les plazca, habrá que respetarles su idea —por imbécil que parezca— de concebirse como tal.

El dilema viene —porque a huevo que en todo esto hay al menos un dilema— al evaluar los alcances del derecho aludido. Esto es, el derecho al libre desarrollo de la personalidad efectivamente nos impone el deber a todos, hablando del caso muy concreto, de respetar la idea que tales personajes tienen de sí mismos, pero a mi entender no nos impone el deber de hacer propia semejante idea o visión, lo que en mi opinión constituiría una seria contradicción legal. Es decir, los therians son libres de sentirse lagartijas, perros, armadillos, serpientes o cucarachas —ya, ni hablar—, siendo ésta una concepción que sólo a ellos implica, por lo que a nosotros —los que tenemos el sorprendente descaro de sentirnos humanos a secas— nos corresponde respetar el derecho de concebirse como ellos gusten; pero —léanlo con énfasis que prolongue la e, por favor—, sin que por ello estemos obligados en momento alguno a reconocerlos como lo que ellos asumen que son, lo que alteraría el orden social natural, sino a tratarlos siempre y en todo momento —por muy diluida que les quede la categoría— como congéneres de nuestra especie.

Ahora bien, establecidas mis razones —plagadas de reservas y objeciones— para manifestar mi respeto —podría decirse meramente profesional— a este movimiento que ha marcado tendencia en los últimos días, me cuesta trabajo no caer en la tentación de romper con toda noción ética y empática que gobierna mi prudencia y expresar lo que a título personal pienso de todo esto. Sin embargo, no lo haré, pues la decadencia que nos acontece difícilmente proviene de un solo origen, ni obedece a una única causa, sino es resultado de muchas cosas que se han dejado de hacer, o que hechas indebidamente se han tolerado y que ahora, bajo conceptos socialmente relajados o retorcidos no sólo pretendemos justificar, sino empujamos con más encono los límites con tal de normalizarlos. Siendo el caso, si me preguntan quién está detrás de este polémico tema, yo les diré, apelando a una vieja broma que adoro, que podrá ser el padre, podrá ser la madre, pero que, con certeza, casi siempre jirafa.

Santiago de Querétaro, a 22 de febrero de 2026.

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