Brigitte, la última y nos vamos

El señor, me da la impresión, rebasa los setenta años. Está de pie sobre uno de los andadores centrales del Jardín Hidalgo. A tan sólo unos metros, confieso, lo miro con atención, perdiendo el foco de aquello que, se supone, iba a retratar. Viste con irreprochable elegancia: pantalón de vestir color azul, zapatos cafés de fina hebilla, camisa blanca planchada con lujo de detalle y un blazer de lana color tabaco que lo aleja de todos cuantos compartimos con él la plaza. Luce, para mayor referencia, el cabello corto perfectamente peinado hacia un costado. Su rostro, se aprecia a la distancia, no tiene mucho de haberse afeitado; la tez, pese a los naturales pliegues, se mira humectada, los ojos son claros sin llegar a ser verdes, las cejas parejas y bien acicaladas. Es un hombre, como muchos hay entre los nativos de estos lares, de pómulos finos que armoniosamente tienden hacia un mentón estrecho y bien definido, que bien me lo puedo imaginar a pesar de tenerlo cubierto con la mano izquierda. Su gesto es la de todo hombre que libra la batalla interna por contener el nervio de una emoción inminente. Su mirada apunta, con alarde de sobriedad vagamente perturbada, hacia la calle al otro extremo de la plaza. Es justo eso lo que más me ha llamado la atención. Algo me dice que de ahí saldrá la razón por la que con tanta emoción aguarda este caballero. Me intriga saberlo, pues ya de nada me sirve adivinarlo.

Es domingo y estoy en casa. Lo que arriba he descrito ocurrió el sábado durante una visita relámpago a San Luis Potosí. Lo configuré en la mente mientras conducía de regreso a Querétaro y me pareció el buen comienzo de algo que —entre las duras y las maduras— debía trasladar al papel. Mientras tal cosa ocurría, a fe del martirio que es corregir estilos mientras se intenta dormir, desperté no bien el reloj marcaba las cinco de la mañana con la única misión de plasmarlo de puño y letra en alguna parte. Ya en el papiro, escrito con letra apresurada y sin molde —como corresponde a cualquier esbozo— sentí la libertad de la memoria resguardada y la presión de quien tiene en las manos el deber de concluir lo que apenas ha comenzado. Sin embargo, el temor de forzar un relato y hacer de él un muy probable cagadero, tomó el control de cualquier impulso, obligándome a fijar mi atención en lo que justo hago en este momento: intentar escribir de cualquier otro tema. Y ya en esas pude, como tantas otras cosas que he escrito, relegar la tentación de abordar un texto no planificado —quiero decir no sobrepensado— y habérmelo quedado. Guardarlo por ahí, adentro de alguna libreta, de un cajón o entre las páginas de un libro a la mano, sitio en el que, antes o después, habría de extraviarse quedando muy probablemente a la suerte del olvido. Así que, negociando con aquel temor a quien suelo no contradecir en lo más mínimo, opté —aún si saber exactamente por qué — por acomodarlo en este texto, que con toda seguridad —reconfortado en mucho por ello— será el último del año.

¿Y de qué puede escribir uno el día en que todo cuanto se dice goza de la —inocente— presunción de ser mentira, cuando no una mala broma? ¿Cómo hablar en serio de algo justo el día en el que la costumbre —de suyo estúpida por inexplicable, o viceversa— dicta que debemos embaucar al prójimo para conmemorar que muchos años atrás un tal Herodes El Grande ordenó matar a cuanto niño menor de dos años habitara Judea? ¿Con qué armas o higos se puede sentar uno a dilucidar los motivos que dan sentido a tal gesto de tan mal gusto? ¿Será eso por lo que tras tal conmemoración no nos queda más remedio que terminar el año? ¿O será que en el fondo hasta esta fecha es que admitimos que la religión —como si no se dedicara a otra cosa— vive y se sostiene de vernos la cara de santos inocentes?

Y como verán, estoy a dos segundos de meterme en problemas. Uno de esos que son por igual síntoma o consecuencia, esta vez de aquello que, a resumidas cuentas, casi nadie se quiere cuestionar, a sabiendas de que, como ya lo he dicho, es un tema —entre tantos— que raya en el vasto Pantone de lo absurdo e inexplicable. Y si a alguien debo responsabilizar de semejante osadía, que no echarle la culpa, es al último libro de Martín Caparrós, Sindiós, que breve como es, ya he leído dos veces en los últimos siete días con la sed de quien ha encontrado una generosa fuente de proteínas para hacer crecer los músculos del criterio, el buen juicio y la razón. Si me lo permiten, si entre sus propósitos para este año nuevo está desarrollar tales apéndices intelectuales, yo se los recomiendo. Por lo pronto, hablemos, pues, de otros temas, ya que aquel temor antes referido —versátil y polifacético como es— ya me lanzó la advertencia de que me aproximo a un terreno que —no por falta de argumentos que me pongan a salvo—, promete convertirse en aquello que justo quería evitar con el aborto de un relato mal gestado.

Lo mío —largo cambio de juego hacia la banda de la derecha—, no son precisamente las rubias; lo que no significa que, como con las ferias de pueblo, alguna vez no me haya visto implicado con alguna. No entraré en detalles —ni de rubias ni de ferias—, por lo que pido amablemente a la concurrencia le baste el aserto —contundente y confirmado— de que las mujeres de blonda cabellera no precisamente me devanan los sesos. Pero una cosa es que no me guste acampar y otra muy distinta que por ello niegue sistemáticamente las bellezas que en definitiva nos obsequia la naturaleza. Es decir, estoy convencido de que entre tener claras las predilecciones y jugarle al imbécil renegado —al menos para mí— media un tramo que sí o sí debe respetarse. Esto es, si bien me resultan más atractivas las mujeres de cabelleras castañas cuando no oscuras, no me recuerdo haciendo gestos cada vez que una mujer, digamos como Scarlett Johansson, ha cruzado portentosa ante mis ojos. Y peor lo haría si omito el recuerdo del primer deslumbramiento pasional que tuve —porque aquello no pudo ser amoroso— por ahí de los seis años, a instancias de una joven cuyos rulos dorados me impactaron a la orilla de una alberca a la que, por supuesto, me negué a entrar tras haber perdido el aliento. El punto es, obviando todo aquello de los gustos y los colores, que nadie en su sano juicio puede objetar que Brigitte Bardot —y toda su rubia personalidad— es, ha sido y será una de las mujeres más avasalladoramente bellas de la industria del cine y del orbe. Su trayectoria de símbolo sexual, cuando tal concesión era objeto lo mismo de admiración que de muchas críticas moralinas, no sólo es incuestionable, sino que ahora, con su fallecimiento, se eleva al grado de mito y leyenda. Hubiese querido que la noticia de su muerte fuera una broma. Su referencia, lo tengo claro, nos hará falta justo ahora que necesitamos inculcar a las jóvenes mujeres de hoy la certeza de que se puede ser una bomba de sensualidad sin caer en la vulgaridad o el mal gusto. Ello no es cosa menor: las redes sociales y la sobreexposición inherente; la necesidad de validación constante y la evidente decadencia en la clase y el buen gusto, hacen imperativo aportar a las nuevas generaciones ideales sólidos y válidos en todos los aspectos —la belleza incluida— que las aparten de cualquier intento de cosificación física o mental y del hambre que la necesidad de validación pueda provocarles.

Aguzó la mirada y levantó las cejas. No llegó por donde él lo esperaba. Por su costado derecho arribó a él un hombre más joven, de menos de cuarenta años, igual de elegante y evidentemente conmovido. El joven tocó el hombro de su padre que insistía en buscarlo al otro lado de la plaza. Cuando el caballero se percató quién era quien lo interpelaba, retiró de su rostro la mano, esbozó una sonrisa franca, contundente, una de esas que hablan lo mismo de fuerza que de una vulnerabilidad intempestiva. El caballero abrió los brazos para finalmente recibir a su hijo. Se dijeron algo sin soltarse. El abrazo fue indescriptible. La emoción de ambos también. Algo decididamente inenarrable a partir del momento en el que el joven recargó su cabeza en el hombro de su padre y volvió a ser un niño, de la forma y en el sitio en el que todos quisiéramos algún día volver a ser.

San Luis Potosí y Santiago de Querétaro, a 27 y 28 de diciembre de 2025.

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