Tres veces Guillermo o Monterrey 122, aún no sé cómo debería llamarse este texto. Lo que es más, si bien la idea de lo que quiero hacer está relativamente clara, aún no sé cómo es que debo aterrizarlo en el papel. El músculo que imagina, funcionalmente libre y desvergonzado, lo tiene más que definido. Sabe de qué quiere hablar y hasta asume el riesgo de simular el cómo. Mientras tanto, el músculo que escribe, menos presto y un tanto más rebelde, da parte de más a los juicios de la razón para hallar, no argumentos, sino excusas eventualmente a modo que propicien alargar las dudas. Este es el nudo que más se me complica desatar cada vez que me hago el propósito de hacer esto que —lo parezca o no— disfruto mucho. Para cuando sea publicado, evidentemente, título y texto serán una decisión tomada, aunque ello no necesariamente signifique que la duda haya quedado resuelta. Pero tal cosa, que quede claro, tampoco me desagrada, pues al final uno siempre escribe con más ánimo de desnudarse, que de desdudarse. Como sea, como haya sido, como quiera que se llame y lo que quiera que diga, espero que el contenido, como dirían mis maestros universitarios, explique por sí mismo el continente.
I.
Guillermo Tell es un personaje relevante, probablemente ficticio, en la historia fundacional de Suiza. Su relato, que data de los siglos XV y XVI, pero hecho famoso doscientos años después por Egidio Tschudi en su obra Chronicon Helvetium, se remonta a aquellos tiempos en los que los Habsburgo —sí, aquella poderosa Casa Real austríaca a la que, entre otras personalidades, perteneció Maximiliano, Emperador de México— andaba, como siempre anduvo, con ánimos de expandirse por Europa. El objetivo de los Habsburgo era anexarse —al estilo ruso con Crimea— los cantones de Schwyz, Uri y Unterwalden, con el propósito de sumarlos a los ya anexados cantones del alto Rin y Tirol. Guillermo —Wilhelm, en alemán—, dicen, era un ballestero de fina puntería, que sin más antecedentes políticos que lo delatasen, simple y sencillamente se oponía a la invasión de su terruño por parte de la casa austríaca. Una mañana de tantas, Guillermo, dicta la leyenda, salió a pasear en compañía de su hijo. Al cruzar por la plaza central de Altdorf tuvo a bien —o a mal— no hacer reverencia ante el sombrero ahí emplazado como señal de la presencia de los Habsburgo. No bien se enteró de ello el impuesto gobernador de Altdorf, Herman Gessler, ordenó la detención del señor Tell, a quien tan pronto como lo tuvo enfrente y conocedor de su fama de excelente tirador, le obligó, si es que quería salvarse de los cargos que deseaba imponerle, a disparar su ballesta hacia una manzana colocada sobre la cabeza de su hijo. La propuesta era que si acertaba, Tell y su hijo quedarían libres; si no, además de probablemente matar a su hijo, Guillermo sería inmediatamente condenado a muerte. No sin ciertas dudas, Guillermo, —haciendo breve una larga historia— cargó su ballesta con dos flechas. Apuntó hacia la manzana por encima de su vástago y de una dio en el blanco con precisión quirúrgica. Gessler, que seguramente se resistía a cumplir con su palabra, antes de declararlo libre cuestionó al ballestero la razón por la que había preparado su arma con dos flechas, si sólo le había concedido una oportunidad de intentarlo. Guillermo, en un acto de socarrona franqueza, confesó que lo hizo así, pues en caso de fallar con la primera, apuntaría la segunda hacia el pecho del gobernador, a quien decididamente le arrebataría la vida antes de que lo obligasen a cumplir su condena. Guillermo fue detenido en el acto y encarcelado en el castillo de Küssnacht, de donde no mucho tiempo después se fugó y tras ciertas peripecias, no descansó hasta dar con el paradero de Gessler, a quien desde luego le obsequió otro gesto de su mítica puntería, al atravesarle el corazón con aquella —también mítica— segunda flecha.
II.
William Burroughs y Joan Vollmer—Guillermo y Joana, en inglés— se conocieron en Nueva York, durante la cuarta década del siglo pasado. Él, casado antes con Ilse von Klapper, joven judía a la que ayudó a escapar de la persecución nazi, era un escritor en ciernes egresado de la Universidad de Harvard. Ella, avecindada en Nueva York una vez que su esposo, Paul Adams, fuera reclutado por el ejército para ir a luchar en el frente europeo; era una mujer inteligente, fanática de la literatura, la música y el arte. Ambos formaban parte, como figuras centrales, de lo que después se conocería como la Generación Beat, un movimiento literario y cultural estadounidense que surgió formalmente a finales de aquella década y que se caracterizó, en plena posguerra, por ser un movimiento crítico e innovador hacia la sociedad, mediante la promoción de la libertad, la espiritualidad y la identidad. William, ya para entonces, tenía un gran problema: acusaba una ferviente adicción por la heroína. Joan, por su parte, presentaba ciertos rasgos psicóticos y una, también ferviente, inclinación por las anfetaminas. William comenzó a traficar con estupefacientes como una forma de allegarse recursos para adquirir su propia droga, lo que le llevó a acumular, además del desorden inherente a una vida plena de excesos, órdenes de aprehensión en distintas ciudades de los Estados Unidos. Entonces, cuando la situación se volvió insostenible, Guillermo y Joana se mudaron, a inicios de la década de los cincuenta, a la Ciudad de México, donde pretendían iniciar una nueva vida.
Habrá que adivinar, aquel seis de septiembre de 1951, desde cuándo William y Joan estuvieron bebiendo. Ese día, al interior de un departamento ubicado en la calle Monterrey, número 122, colonia Roma Norte, los vestigios daban fe de que aquello no podía ser borrachera de una sola noche. Cuando los policías llegaron, sobre la mesa había cuatro botellas vacías de ginebra. Sentado en una silla, estaba William completamente ebrio —quizá también drogado— cubriéndose el rostro con las manos; y en el piso, un vaso roto sobre algo de líquido derramado, y a un costado, no muy lejos de allí, el cuerpo inerte de Joan con un impacto de bala a mitad de la frente. William fue detenido esa misma tarde y trasladado a la penitenciaría de Lecumberri, donde rindió sus primeras declaraciones ante las autoridades. Confesó en esa primera declaración —para no hacer innecesariamente larga esta historia—haber estado bebiendo y haber asesinado a Joan mientras pretendía emular a Guillermo Tell. Evidentemente no hubo ballesta, tampoco puntería.
La familia viajó a México para hacerse cargo de la defensa de William. Lo primero que sus abogados hicieron fue suavizar ese primer relato. La nueva versión indicaba que el disparo ocurrió de forma accidental. Había que intentar reducir la pena llevando el delito del plano doloso al culposo, para lo que cambiar la versión de los hechos sólo era el comienzo. Se cree que la familia acomodó las circunstancias —cómo si no— a punta de billetazos. Cosas de nuestra justicia, William sólo estuvo catorce días preso. El expediente, misteriosamente breve, contiene pruebas de que el indiciado y la occisa formaban una pareja bien avenida que, acorde a los testimonios, eran definitivamente felices. No había elementos, pues, para asumir que William tuviese intención de matar a Joan. Los accidentes, se sabe, siempre ocurren. Al final, las autoridades mexicanas lo condenaron a dos años de prisión, pena que de ninguna manera cumplió, pues a la fecha en que fue emitida la sentencia, él ya había abandonado el país.
III.
Hay libros espesos, complejos y retadores que, no obstante, deben leerse. El Almuerzo Desnudo es para mí, sin duda, uno de ellos. Considerada una de las mejores novelas estadounidenses de todos los tiempos, es una obra a la que por su estructura se le debe tener paciencia y tolerancia, pues fácilmente puede ocasionar indigestión. La falta de un hilo conector, que ate el contenido y sirva de menos como línea de vida, me invitó en más de una ocasión a contemplar la idea de renunciar a su lectura. Pero esta vez pudo más el orgullo que otra cosa, aunque en el proceso aún quede pendiente gestionarle su lugar entre mis predilecciones literarias. En esta obra abunda la droga, el sexo y la violencia—en todas sus formas, alcances y modalidades—, pero no como fin en sí mismo, sino como medio —según pude interpretar— para dar sustento a la crítica social que en realidad anhela proyectar. Es una narrativa densa, intensa, podría decirse directa, pero a la vez distorsionada y alienada, como corresponde a William Lee —el tercer Guillermo de este texto— que es el personaje central y narrador de la historia. William es un adicto a la droga, traficante, fugitivo, que debe sumergirse en el lado más oscuro y decadente de su entorno en busca de las dosis que le salven el pellejo. En el camino cruza parajes y personajes tanto o más siniestros que él, haciendo de la novela un coctel de decadencia, sin duda real, pero poco apetecible, propio de William S. Burroughs, autor de la obra, quien a través de esta novela habla de todo cuanto en su proceso de sanación pudo rescatar de lo que en propia carne experimentó en sus años de adicciones.
Con esta obra William Seward Burroughs, creador del personaje William Lee e imitador fallido de Wilhelm Tell, se consagró como uno de los escritores estadounidenses más renombrados en el siglo XX. El homicidio de Joan Vollmer fue sin duda un parteaguas en su carrera. Quién diría que aquella bala que se incrustó en el cerebro de Joan arrebatándole la vida, también lo hizo en la mente de William, abriéndole las perspectivas e impulsando su carrera. Él mismo lo asentó en el prólogo de su obra “Queer” —que no he leído— al mencionar que todo le lleva a la atroz conclusión de que jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan.
Habrá que darle una segunda lectura al libro. Lo haré tan pronto haga digestión el primer intento.
Santiago de Querétaro, a 15 de diciembre de 2025.