El que avisa no traiciona. En mi caso, la sentencia fue clara, aunque quizá no del todo contundente. Hace años advertí a las mujeres en casa, no bien asomó entre los ánimos el deseo de sumar a la familia un integrante perruno, que habida cuenta de mi hasta entonces bien regulado afecto por los perros, tener uno propio sería causa y origen para reorientar, no solamente algunos valores y conceptos, sino una parte sustancial de mis prioridades. Y como todo aquello que se dice en la oculta esperanza de nunca ser escuchado, tal advertencia —como debía de ser— pasó de largo a los impetuosos oídos de la más pequeña de mis hijas, quien una tarde en la que el tema no figuraba en las agendas, no dudó en llevarme de la mano —a sabiendas de que con ello su título de benjamina corría serio peligro— hasta la vitrina de aquel sitio en el que Maya y yo nos miramos sólo para comprender que no había manera de continuar la vida, si ello debía de hacerse yendo cada uno por su lado. La adopté, me adoptó, nos adoptamos; como quiera que haya sido amén del dilema eterno entre elegir o ser elegido. Lo que sí, a partir de ello, de los cambios en el orden de las cosas y en el peso de las prioridades, advertidas que fueron, las mujeres en casa —sin más remedio— se debieron de adaptar.
No muchos meses después, sin entrar en más detalles, la existencia, tal cual la había construido, se me desmoronó casi por completo. En la incertidumbre que acechaba, largas noches en vela transcurrieron. En la penumbra, sentado en el sofá de la sala, me desahogaba tratando de hallar en soledad algo de paz y consuelo. Era el momento, todas dormían, podía hacerlo. Todas, excepto Maya, que echada a mi lado me miraba fijamente y me alentaba a bajar la guardia, colocando su patita —como hasta la fecha lo hace— sobre mi pecho. En aquel entonces, conforme el entusiasmo fue recobrando fuerza, prometí a Maya, agradeciendo la compañía y lealtad demostradas, que para una próxima mudanza buscaría una casa con jardín a la que, si ella quería, podía invitar a vivir a las demás mujeres de la familia. Al poco tiempo, nos mudamos —casi todos— a una casa con jardín que a la fecha mi esposa no duda en llamar —en son de broma— la casa de Maya.
A mediados del año pasado, sin tampoco entrar en más detalles, sobreviví a un infarto agudo al miocardio. A mi regreso del hospital, la rutina era clara: tomar mis medicamentos, alimentarme a partir de una dieta estricta, hacer ciertos ejercicios para mantener el estado de recuperación y dormir tanto como hasta entonces en la vida no lo había hecho. Sobra decir que seguí las instrucciones al pie de la letra. Especialmente en aquello de dormir no bien el cuerpo me lo exigiera, cual si correspondiera pagarle las horas de sueño que desde siempre le debía. Lo curioso es que cada que alguna de las siestas se extendía, extrañada quizá por el ente insomne que días antes solía ser, Maya subía hasta la habitación sólo para cerciorarse de que yo respiraba. Trepaba a la cama, se acercaba a mí con sigilo y aproximaba su nariz a mi rostro para identificar mi aliento. Naturalmente yo despertaba, a lo que ella me miraba, movía el rabo con gusto para luego echarse a mis pies, donde permanecía haciéndome compañía por un largo rato. Era una versión cauta y prudente de Maya. Durante aquellos días prescindió de sus toscos arrumacos, comportándose como si comprendiera que en mis adentros no sólo había un corazón destartalado, sino tres costillas fisuradas, cuya incomodidad me impedía ser el habitual receptor de sus cariños.
¿Y en realidad Maya lo sabía? ¿Alguien le explicó o de alguna forma intuyó de qué iban los trances que en ambos casos estaba atravesando? A todo esto, ¿los perros nos entienden o sólo nos quieren?
La historia que une al Homo sapiens con el Canis lupus familiaris es larga. Haciendo cuentas, han evolucionado uno al lado del otro, por lo menos, durante 15,000 años. El perro ostenta el título de ser la primera especie domesticada por el humano —incluso antes que las primeras plantas de cultivo—, lo que en otros términos le concede el sabido y merecido grado de “mejor amigo del hombre”. Cierto es que esta amistad no se originó acariciando lobos, menos aún dejando que éstos cuidaran de los hijos. En otras palabras, no hay evidencia de hombre cavernario alguno arrojando una pelota a un lobo y de éste trayéndola de vuelta con docilidad o emoción. Lo que se sabe es que la relación inició como un mero vínculo de conveniencia, en el que lobos y humanos se ayudaban a cazar, para después compartir la presa. Por lo tanto, la domesticación del perro no fue un proceso consciente. Tan no lo fue que debieron transcurrir 5,000 años para que la presencia de perros, en tanto animales genéticamente diferenciados de los lobos, figurara de forma constante en el entorno de las comunidades humanas. Lo relevante hasta este punto es que aquella relación simbiótica que le dio origen al vínculo, propició, tanto el entendimiento y la interdependencia entre ambas especies, como ciertos efectos asociados a la presencia de unos en la vida de los otros.
Se sabe —o de menos se intuye— que contar con una mascota contribuye a la reducción de los niveles de estrés, favorece la presencia de emociones positivas y puede incluso, mitigar los riesgos de enfermedades cardiovasculares. Lo que es más, estudios recientes apuntan a la forma en que las ondas cerebrales de la banda alfa —aquellas vinculadas a la relajación— tienden a aumentar cuando un humano pasea o se hace acompañar por un perro; mientras que las ondas cerebrales de la banda beta —asociadas a la concentración— incrementan al momento de juguetear o apapachar al amigo perruno (Onyoo, Yoo). Dicho en otros términos, la relación con los perros —en términos generales— produce placer.
Ahora bien, el turrón de la ciencia se parte en dos cuando se trata de ahondar en las estructuras afectivas o cognitivas que los canes tienden hacia nosotros. Hay quien dice (Boros, Marianna) que a lo largo de su evolución los perros han desarrollado la habilidad de entender la comunicación humana. Es decir, nos comprenden, no únicamente de forma vocal, sino probablemente también de manera contextual. Por otra parte, hay quien señala (Wynne, Clive) que los perros tienen como mayor habilidad la capacidad de amar sin reparos o distingos a los seres con los que conviven, sean de la especie que sean. En otras palabras, los perros no se centran tanto en comprender a sus interlocutores, como sí en amarlos tal y como si la vida se les fuese en ello.
A mi parecer, los argumentos que dan sustento a ambas teorías no son excluyentes. Perros y humanos somos capaces de amar y comprender sin que una cosa dependa de la otra, o, más aún, sin que una cosa implique la otra. —a prueba de ello refiero los vínculos afectivos y cognitivos que depositamos en los hijos adolescentes—. En mi experiencia, no tengo modo de poner en tela de juicio el amor que invariablemente Maya me brinda. Tampoco tengo la menor duda de que me entiende cada que me pongo a platicar con ella. La manera en que me mira, la expresión de sus ojos, sus entusiasmos inocultables y su reticencia —comprensible desde el punto de vista médico, si fuera el caso— a sorprenderme un día articulando respuestas a mis preguntas, me deja claro que entre nosotros hay, por igual, amor y comprensión. Y si acaso no me creyeran, puedo decirles que yo sé que Maya comprende que esta casa la elegí pensando en ella; y que me quiere tanto, como que soy quien se encarga de pagar la renta.
Simbiosis pura. Quince mil años nos respaldan.
Santiago de Querétaro, a 26 de noviembre de 2025.