Mariachis, tríos y serenatas

En diciembre de 1982, yo tenía seis años. Meses antes había entrado a la primaria; el presidente López Portillo había nacionalizado la banca; el país atravesaba una crisis económica de miedo y aun así, el candidato del PRI, Miguel de la Madrid Hurtado, ganó las elecciones con un porcentaje de votos, si bien nominalmente amplio, reducido a lo que el partido entonces oficial estaba acostumbrado. Mi padre, no obstante, vivía la vida con un optimismo inusitado. Los negocios marchaban bien, los ingresos crecían con notoria estabilidad y las cosas, en general, apuntaban hacia lo que, sin duda, era el estatus soñado para un hombre que recién había cruzado los treinta años. Para entonces, vivíamos en un departamento amplio con vistas a la calle, en el primer piso de un edificio cuyos espacios preservo intactos en la memoria. Ahí, en el departamento 102, vivimos momentos familiares memorables: navidades, años nuevos, reuniones casi cada fin de semana de mis padres con los tíos, entonces todos jóvenes y (-alguna vez ya lo había dicho-) música, mucha música, en sí gran parte del repertorio que me ha acompañado a lo largo de mis días.

A la par del éxito en los negocios, otra cosa que iba en franco aumento era la vida social de mi padre. Juntas, reuniones, encuentros, comidas (-excesos-) y desvelos, todo en pos de preservar y hacer crecer el estatus (-o al menos eso decía el viejo-). De vez en vez, mi padre, como la paloma negra, agarraba por su cuenta las parrandas. Hilaba las farras no sé si hasta donde el cuerpo aguantaba, o si hasta donde el enfado de mi madre le advertía que se estaba quedando sin pista. Cuando ello ocurría, o mejor dicho, cuando otras estrategias ya no surtían el efecto de retornar el agua a sus cauces, mi papá llenaba no sólo el departamento, sino el edificio entero, con música de esa que, si bien suplica perdón, no necesariamente lo hace prescindiendo de la fiesta. A veces mariachis, a veces tríos, pero sabrá Dios de donde ni cómo, mi papá formaba a los intérpretes primero debajo de la ventana, desde donde tocaban las piezas predilectas de mi mamá, para luego hacerlos subir al departamento, banda sonora en pleno, cual si fueran un batallón del regimiento José Alfredo Jiménez. Entraban triunfantes por el pasillo que daba hacia la sala y, según lo sugiriese la resistencia emocional que con vehemencia montaba mi madre, los instalaba atrás de la puerta cerrada de la habitación, o ya de plano los hacía pasar a la alcoba, todo con tal de reducir las defensas de su amada esposa, que para entonces se apertrechaba con los despojos de su orgullo por debajo de las sábanas. Para entonces, otras vecinas del edificio, extrañadas por el poco interés que mi madre mostraba a tan romántico detalle, se habían sumado a la invasión de nuestro departamento, con plena anuencia de mi papá. Mi madre estaba (-y mi hermano y yo de paso-) sitiada: músicos pegándole con alegría al recital en la primera línea y un cúmulo de mujeres alentando a mi madre a conceder el perdón que con tanto amor su marido le suplicaba. ¿Aceptación o resignación? ¿Hartazgo quizá? Qué voy a saber yo. El punto es que el embate concluía no bien mi madre salía de su cuarto, haciendo gala de toda la diplomacia que hasta la fecha le caracteriza, a agradecer por tan linda serenata y a dar la bienvenida (-háganme el grandísimo favor-) a las vecinas que, por supuesto, ya coreaban con entusiasmo las canciones finales. “¡Qué-maravilloso-marido-tienes, Celia!” A toda respuesta, sonrisa asimétrica de mi madre, mirada concéntrica, mentón endurecido, parrilla dental en pleno y todo para pronunciar un muy educado “gracias”, antes de cordialmente invitarlas a regresar por donde sea que hayan venido. ¿Y las aguas volvían a su cauce? A ciencia cierta, lo desconozco. A veces pienso que sí, a veces creo que no tanto. Lo que estoy convencido es que mi papá compraba tiempo con rotundo éxito y de la mano de una que otra promesa, cuyo única certeza era su improbabilidad de cumplimiento, el señor salía de esas serenatas listo para asumir la siguiente tanda.

Episodios como aquél no fueron pocos. Quienes conocemos el trasfondo, tenemos claro que ello nunca habló tanto del espíritu romántico de mi padre, como sí de su proclividad a jugar con los límites y de su gusto por batir de forma recurrente ciertos emplastes pestilentes. Por ello, sin obviar la gracia que tales anécdotas implican, para mí las serenatas guardan más relación con colas largas y zurradas, que con el gesto de amor que normalmente el saber popular le concede. Llevar serenata (-para mí, insisto-) poco tiene de declaración de amor y sí mucho de súplica ante un error o una falla posiblemente garrafal, de la que probablemente no está uno del todo arrepentido. Es, en otras palabras, algo así como un costo indirecto de nuestra osadía cuando lo que se busca no es precisamente incrementar el sentimiento positivo que nos une con el destinatario, sino mitigar el furor negativo que tal despropósito realmente le ha generado. Culpa y mala conciencia, acompañada de son, guitarra y violines.

Sobra decir, con base en lo argumentos ya mencionados, que nunca he llevado serenata. Y no es que nunca haya tenido un motivo de tal peso para recurrir a semejante remedio (-todos alguna vez hemos hecho algo que amerita llevar una serenata con el Vargas de Tecalitlán), sino porque me hecho el propósito de hacer de tal recurso (-sea por economía financiera o emocional-) el arma final, total y absoluta de mi repertorio de defensa. Quizá haya en mi criterio más cinismo que paz intacta, pero es a tal modo arraigada mi idea sobre las serenatas que, como con las tarjetas rojas en los partidos de fútbol, asumo que uno no las apela para que le quiten la expulsión, sino para hacer más llevadero el trago de haberte hecho largar de forma anticipada. Mi esposa por supuesto que lo sabe. No han sido pocas las veces que por una o por otra razón hemos conversado sobre el tema. Prefiero, cuando debo hacerlo, mostrar mis afectos y convicciones sentimentales no sólo con más frecuencia, sino con detalles más personales y menos estrambóticos. Quiero creer que el sólo hecho de no pararme afuera de la casa haciéndome acompañar por un trío o un mariachi es para ella señal inequívoca e inapelable de mi humana voluntad de caminar dentro de los límites que a lo largo de los años ambos hemos acordado. Ahora bien, confieso que en las últimas semanas he sentido el impulso de traerle, así sea por una vez, una serenata. Lo que no sé (-y ustedes perdonarán que me quite de tal forma los filtros-) es si quiero hacerlo, pues tengo claro que mi percepción no basta para anular la ilusión que a toda mujer hace el que su pareja tenga algún día un gesto como ese, o porque mirándome al espejo me percato que, en una de esas, me voy pareciendo demasiado a mi padre.

Santiago de Querétaro, a 15 de noviembre de 2025.

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