El paisaje por sí solo vale la escena; ya no digo el precio del boleto ni el del hospedaje. Desde la terraza, la arena se mira como si fuese polvo de oro esparcido sin reserva y la mar (a mí me gusta pensarle siempre desde su lado femenino) viene y va con la serenidad de quien sabe lo tiene todo bajo su señorío. Soplan vientos húmedos que, entre otras travesuras, te remueven el cabello, dotándote de un aire sofisticado, que espero sepas aprovechar en las fotos que ya te urge subir a tus redes sociales. Sobre la mesa dos cosas destacan por encima del coqueto mantel a cuadros rojos y blancos: una tabla de quesos, olivas y embutidos, y a su lado, escoltado por un hermoso par de copas, una botella de un vino tinto que jamás antes habías visto, por no decir que degustado. Extiendes la mano y a tientas, es decir, sin dejar de mirar hacia el horizonte, tomas una aceituna y te la llevas a la boca para juguetear con ella antes de someterla, en un desplante de sensualidad inusitado, entre los incisivos superiores y la lengua. El gesto, aparentemente inconsciente, inocente e inofensivo, está justificado. ¿Por qué lo digo?, ya mismo, si me lo permites, te lo explico. En las licencias que sólo la imaginación concede, te pido sientas la libertad de hacerte acompañar por quien mejor te plazca. Es, decídelo tú, un viaje romántico; la aventura producto de un encuentro fortuito; el escape que ocurrió sin planificarse, un reencuentro por largo tiempo añorado; una mañana de soledad acompañada, qué sé yo. El punto es que el entorno, el clima, la temperatura, y, claro, la compañía, incitan. Son, en una ecuación simple y perfecta de primer grado, una invitación (sin sutilezas que valgan) a declarar las más inconfesables intenciones, a partir de la insinuación irrefutable que cabe en una aceituna reventada con la lengua. ¿Para qué venir hasta las costas del Mar Mediterráneo si has de hacerlo investido de monacal recato?
Mare Nostrumle llamaban los romanos. Era, digamos, la piscina que decoraba su pequeño imperio. Desde entonces, tantas leyendas, tantos eventos, tantas imágenes han surgido de aquí, como barcos han partido de sus puertos hacia los confines de todas partes. Su historia, sobra decirlo, es vasta e interminable; así que la tuya (la que a través de estas líneas estás gestando), será tan sólo un grano de arena más sobre la costa. No hay, en pocas palabras, remordimiento ni culpa que valga. Sueña, imagina, desempolva y dale rienda suelta a tus pensamientos y volvamos, pues, a la narrativa.
Tú y tu acompañante, hartos de aceitunadas provocaciones, han decidido bajar a dar un paseo sobre la playa. Por la ubicación del sol, presienten que el atardecer ha comenzado sus horas serias y las ganas, es sabido, asumen un auge particular conforme el ocaso avanza. Sin tocar siquiera el tema, ambos están ciertos de las subsecuentes intenciones, pero congruentes con una regla que asumo no está escrita, ninguno dará el siguiente paso en tanto el astro rey no haga patente su partida. No falta tanto, no desesperes. Por lo pronto, en una estrategia básica para dejar correr el tiempo, ambos, afanosos de distraerse con cualquier cosa, se aproximan hacia unos pequeños corpúsculo fibrosos que yacen sobre la arena, y a los que de primera instancia los dos han confundido con cocos. Pero no, han caído en el error de casi todos los que por primera vez se acercan a estas latitudes. Déjame te cuento: eso que están mirando son nudos compactos de una especie de alga marina llamada Posidonia oceánica. Su forma redonda es el resultante de la marea que, una vez secas y desprendidas de sus asientos, le va empujando hasta arrojarlas en la playa. Los romanos, en tanto dueños históricos del balneario, las ocupaban, una vez expulsadas del océano, para generar tejidos resistentes que utilizaban para confeccionar redes, ropa de cama y hasta mallas para aislar el calor de las casas. No obstante, su función esencial, se supo al cabo de los años, es la de proveer humedad y nutrientes a la fauna aviar, pero sobre todo a aquella que habita por debajo de las primeras capas de arena. Son un portento de la mecánica y la biología marina y no por nada son conocidas popularmente como las “Bolas de Neptuno”.
Neptuno, recordarás de tus lecturas sobre la mitología romana, es el rey de los mares. Tercero entre los dioses en cuanto a la jerarquía del poder, Nethunus es, en cierto modo, la versión etrusca de Poseidón, su símil griego; que en otros tiempos fue el jefe jefes de este mismo barrio marino. Siendo esa la suerte, habida cuenta de su talante, hablar de sus bolas no precisa ahondar en los detalles. No obstante, en fechas recientes, resulta que estos cuerpos esféricos han llamado la atención a los hombres de ciencia y a los ambientalistas de todo el mundo. Estudios realizados por investigadores de la Universidad de Barcelona han descubierto que en su composición, las bolas de Neptuno ya incluyen un ingrediente de origen humano: los micro plásticos.
Así es, en ellas (¿estás de acuerdo que no hay manera de hablar de las bolas en sentido masculino?) han descubierto rastros de bolsas, botellas, hilos y redes para pescar, preservativos, tampones y otras tantas fibras más, producidas todas por el ser humano. El dato apunta hacia dos aspectos alarmantes y coyunturales: la contaminación en general, pero particularmente la de los océanos, y la preocupación latente respecto a los riesgos a la salud que implica el consumo humano de micro plásticos. Respecto al primer tema, preocupante como pocas cosas, te sugiero leas sobre los acuerdos, especialmente el Tratado de Alta Mar, que en el marco de la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos, llevada a cabo este año en Niza, Francia, con el propósito, entre otros, de lograr conservar y utilizar sosteniblemente los océanos, los mares y sus recursos hacia el año 2030. Sobre el segundo, que merece igualmente una profunda reflexión aparte, te recomiendo leer el artículo escrito por David Cox para BBC en julio de este año. Pero bueno, eso lo harás, quiero creer, tan pronto amanezca y hayas coronado el sueño al que en un inicio te he invitado a participar.
Como sea, allá van tú y tu acompañante camino hacia los interiores de su alojamiento. La playa, la brisa, la humedad, el mar, todo va quedando a sus espaldas, incluso aquellos corpúsculos fibrosos que tanto llamaron su atención. En la mano sostienes otra botella de aquel vino cuyo nombre jamás antes habías escuchado y dos copas relucientes, listas para conducir el tintorro afrutado hasta sus labios. En el cuarto ya les espera otra de esas tablas mediterráneas pletórica de bendiciones comestibles. Deseo que corones con singular alegría y fervor semejante momento. A la distancia brindo contigo y te deseo la fuerza necesaria para lograrlo. Que así sea por el Mare Nostrum y que así sea por las bolas de Neptuno.
Santiago de Querétaro, a 18 de octubre de 2025.