Desde la sensatez

Nada como despertar temprano un domingo cualquiera. El sol aún no asoma, la calle todavía luce mojada, un ligero viento mueve las ramas y, en resumen, todo luce tranquilo y en su sitio. Volvió la electricidad, así que podemos estar tranquilos: habrá internet, televisión, computadoras y, claro, forma de cargar la batería de nuestros celulares. Hablando de eso, no olvidemos a la cafetera, enser de primera línea no bien hemos proscrito el café soluble de nuestras alacenas. Siendo así, podemos decir, sin tener claro aún qué habrá de desayuno, que las necesidades primarias, mientras emanen watts de los tomacorrientes, están cubiertas. Así son estos tiempos. Así se ha transformado el orden de nuestras prioridades.

Por cierto, más me vale saber pronto a qué hora se restableció el servicio eléctrico. Hay datos, definitivamente vanos e innecesarios, que adquieren particular relevancia a la luz de recónditas (vanas e innecesarias) fijaciones. Parecerá difícil comprenderlo, pero en cuanto ella despierte habrá de preguntarme si ya volvió la luz, y en cuanto le resuelva la duda, preguntará a qué hora lo hizo, como si tal información hiciera alguna diferencia. Y más allá de las limitaciones que me azotan cada vez que no cargo conmigo la espada del augurio, estoy seguro que habrá tal diferencia, pues nadie, supongo, despierta un domingo cualquiera en el ánimo de no encontrar respuestas a las más elementales preguntas que durante la noche se han gestado. Además, ¿quién en su sano juicio quisiera dejar sembrada alguna duda en el ser amado?

Es una pena que la teletransportación siga siendo un tema pendiente para la ciencia. De haberme apegado a los planes, en unos minutos debería estarme subiendo al auto para ir a la Ciudad de México. Por la tarde, en casa de la tía Maruchita, a las afueras del siempre grato bosque del Ajusco, habrá de reunirse la tribu y esos eventos, amén de los tiempos y las circunstancias, ya no deberían desdeñarse. Desafortunadamente, dirán los adeptos a la suerte que dictan los astros, éstos no se alinearon como esperaba. Hechos que se acomodaron en una agenda que desde hace semanas ha parecido tener voluntad propia, pero sobre todo, una recomendación médica que apenas ayer me llegó con el impulso de una sentencia, me impide hacer frente al reto de ir y venir en un solo día. Otra cosa sería, insisto, si pudiera adentrarme en una cápsula que, energía eléctrica de por medio, sirviera de portal tiempo-espacio para llevarme en cuestión de segundos al lugar donde, no mi cuerpo quizá, pero mi alma ya está haciendo ronda en las proximidades. Tal vez un día tal cosa será posible. Entonces la teletransportación resolverá nimios problemas como el mío en estos momentos, poniendo sobre la mesa, al mismo tiempo, un mar de dudas y temores como aquellos que, como menos, nos sembró la película de La Mosca. Por lo pronto, concéntrate y estarás con nosotros, dijo ayer mi madre por teléfono. Suena bien, bonito sin duda; como casi todo lo que pronuncia una madre en la intención de aportar tranquilidad a los hijos. Pero hay una edad en la que la belleza de las frases, o de las ilusiones que tales palabras entrañan, ya no bastan para dar consuelo. Hace años, me temo, me introduje en una cápsula y he cruzado con cierto éxito, precisamente, ese portal encanto-no consuelo.

El auto está allá abajo, hablándome como siempre lo hace cada que una aventura asoma. Me ratifica la lealtad y entereza que hasta ahora me ha brindado y me incita a restarle valor a los casi quinientos kilómetros que tal osadía representa. El alma y el auto, que en una de esas conforman la misma cosa, quieren ir. Yo también. Sin embargo, hay algo más allá de lo que el médico sugiere que me lo impide. Llamémosle, pues, sensatez. Esa rara noción de que a pesar de las voluntades, de pronto es mejor y más seguro dejar las cosas como están. Es sabido que muchas cosas se han ganado (y se han perdido) desde la osadía, pero la paz que eventualmente nos alcanza cuando actuamos desde la sensatez tiene, por encima de cualquier desencanto que medie en ella, la fuerza de lo que al final perdura.

Seré, entonces, sensato y dejémoslo así, si son tan amables. Optaré por estar aquí, en casa, para cuando ella despierte y pregunté a qué hora se restableció la luz, como si de ello dependiera la paz de los templos y el temple de esta mañana.

Santiago de Querétaro, a 12 de octubre de 2025.

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