“La gente le hablaba de aeropuertos y lavadoras, pero él sólo podía pensar en huracanes.”
Ray Loriga, Héroes
A mitad del océano, la temperatura del agua asciende por arriba de los 27° Celsius. La humedad incrementa y el aire adyacente lo absorbe e igualmente se calienta, lo que propicia que se eleve, creando una zona de baja presión que absorbe más aire hacia las partes altas de la troposfera. Allí, el aire se condensa, libera calor y desciende nuevamente, desplazando a su paso nuevas masas de aire cálido hacia las partes altas del sistema. Entonces podemos decir que la maquinaria se ha echado a andar y ahora interviene el movimiento de rotación de la Tierra. Lo hace mediante lo que se conoce como la fuerza de Coriolis, un efecto inercial que desvía las corrientes de agua y aire de su trayectoria recta, dando, en este caso a los vientos implicados, el efecto espiral tan necesario para que, entre otras cosas, incrementen el área de incidencia y su velocidad. Así, tan pronto los vientos rebasan los 119 kilómetros por hora, nacen los huracanes.
Por lo general, de ellos sabemos por su capacidad destructiva, por los aprietos en que nos meten, por las tormentas que los acompañan, por el desastre que les es inherente. Nada o muy poco se dice de las causas que los originan, de la perfecta sincronía de fenómenos, todos ellos naturales, que los integran y de lo avasalladora, a tal modo fascinante, que es la naturaleza cuando se confabula para dar un espectáculo de semejante y soberbia magnitud. Hablamos, cegados por la ignorancia y el egoísmo que como especie nos caracteriza, haciendo énfasis sólo en aquello que nos afecta o nos importuna, como es del café que no pudimos salir a tomar, de la fiesta a la que no pudimos asistir, de las calzadas anegadas, de los techos derruidos, de las aguas bravas y de los apagones repentinos. Desde nuestra indignación, asumimos como inapelable nuestro derecho a la comodidad civilizada y reprobamos todo aquello que tenga la osadía de limitarla, interrumpirla o condicionarla, sin reparar en que todo cuanto de malo o incómodo deviene de un fenómeno de la naturaleza, acaso es el precio a pagar por habitar este planeta, al que con no menos arrogancia solemos reclamar como nuestro.
Otra cosa de la que no se habla es del ojo, del centro, del corazón de un huracán. Esta es una zona de calma absoluta. Cielos despejados, aguas mansas y vientos suaves que abarcan una superficie variable entre los 20 y los 60 kilómetros de diámetro. Aquí, dirían los expertos, no pasa nada. Es la representación de un paraíso a escala perfectamente protegido por la pared del ojo, en el que se encuentran a modo de muralla infranqueable los vientos más fuertes de todo el sistema. Es cierto, la debacle circundante, el poderío arrasador y la fuerza incontenible de los vientos propios de un ciclón tropical, suelen acaparar las ocho columnas de nuestros diarios emocionales, y en la estridencia del desastre es muy fácil, y hasta lógico podría antojarse, obviar cualquier serenidad que ponga en duda la eternidad de nuestro infortunio. Sin embargo, todos lo sabemos pues lo repetimos como mantra cada que las nubes asoman por algún rincón de nuestros cielos, detrás de cada tormenta siempre llega algo de calma. No sé qué piensen ustedes, pero yo estoy prácticamente convencido de que en el ojo del huracán radica el antecedente directo de tan anhelado instante de serenidad y consuelo.
Jun Raqan, el de una sola pierna, en la cultura maya quiché es la deidad a la que se atribuye el dominio de las tormentas y los fenómenos meteorológicos. También llamado “Corazón del Cielo”, era representado como un ser de aspecto reptiliano. Investido con una gran corona, en la mano llevaba una especie de cetro humeante, que también han descrito como una antorcha. Dicen que a pesar de sus limitaciones físicas era capaz de recorrer grandes distancias en poco tiempo y que, para ello, en ocasiones se desplazaba sobre sus manos. Es decir, podía ponerlo todo de cabeza. Según la mitología, a esta deidad se le atribuye participación en la creación de los hombres a partir del maíz, al ser quien ordenó el Gran Diluvio maya, portentosa tormenta dirigida para destruir a los hombres de madera que habían hecho enfurecer a los dioses. A la llegada de los españoles Jun Raqan mudó la ortografía de su nombre a Hu-Rakán. Su historia se hizo conocida entre los conquistadores y de tanto invocarse derivó en la palabra que ustedes ya adivinan. Lo demás, podemos adivinarlo también, es historia.
Semanas ha que sobre mis costas sopla el viento con velocidad inusitada. Centellean los cielos sobre nubes espesas que no dudan en alojar ecos sucesivos de algunos truenos. La mar está picada y retraída. El instinto advierte, la intuición anuncia, los intestinos se aprietan, y todos en conjunto avecinan cierta tormenta. Es inevitable sentir miedo. No obstante, mi mente y el equilibrio de mis emociones, a veces forzado, ha decidido apostar por los vientos que se aproximan y, confiando a plenitud en los resultados, me niego a darle más relevancia de la debida a ciertos cambios por lo demás necesarios. Y la paz que hoy se ausenta, volverá a mí una vez que alcancemos el centro, pues creo que nada te obliga a cosechar las tempestades que otros han sembrado y sí en cambio, en el deber de preservar la serenidad antes, durante y después de cada tormenta.
Porque hay un Corazón del Cielo que desde tiempos inmemoriales abraza a sus hijos mientras se da a la labor de limpiar de obstáculos el sendero: Jun Raqan, deidad que igual azotas que proteges, yo, tu hijo, a quien en otras tantas veces has puesto a prueba y a quien jamás has abandonado, te invoco y aquí te espero.
Santiago de Querétaro, a 6 de septiembre de 2025.