No sabría decir cuántas veces he visto la película de Armageddon; aquella en la que Harry S. Stamper, interpretado por Bruce Willis, encabeza un polifacético equipo de perforadores petroleros a los que, premuras y circunstancias aparte, la suerte impone la labor de salvar al mundo del fatídico impacto de un asteroide. Es, a decir verdad, una película fantasiosa en extremo, cuya credibilidad es muy cercana a cero y que, no obstante, ejerce (al menos en lo que a mí respecta) una atracción y un gusto culposo tan insalvable, que no me es posible seguir de largo cada vez que la película me sale al paso. Si he de reflexionar sobre semejante apego, podría apelar a las cosquillas que un filme de estas características suele despertar en alguien que conserva en sus entrañas, a sus casi cincuenta años, no sólo al astronauta, sino al héroe de talla mundial, tan humano y mortal como cualquier hijo de vecino, que en su momento gestó con el ahínco y devoción que sólo la infancia trajo consigo. Ahora bien, prescindiendo de toda referencia y conexión a esas párvulas fantasías y recurriendo, como quizá mejor corresponde a una persona de mi edad, habré de establecer tres razones de suficiente valía para justificar el gusto que hasta la fecha perdura: 1) Que en ella aparece, en su mejor forma y momento, la bellísima Liv Tyler (quien junto a Alicia Silverstone, fungió como musa de varias-muchas de mis fantasías y poluciones adolescentes); 2) El encanto de la canción principal de su banda sonora (I Don’t Want to Miss a Thing), interpretada por Aerosmith, cuyo vocalista es, por cierto, nada más y nada menos, que (el suegro de muchos de mi generación), Steven Tyler, padre de Liv, y 3) La revelación tajante y contundente, si bien dramatizada como sólo la industria del cine lo puede hacer, de que uno de tantos riesgos que corremos como habitantes de este planeta es que algún día podemos desaparecer de su faz a instancias de un cascajo exoplanetario que tenga a bien hacer blanco entre nosotros.
“Sucedió y volverá a suceder, la pregunta es cuándo.” Así comienza la película al hacer referencia al impacto del meteorito que hace 65 millones de años dio por terminada la era de los dinosaurios. Apegándonos a la lógica (en su versión comodina y consoladora al que somos particularmente afectos) podríamos afirmar (con cierto grado de razón) que esas cosas pasan rara la vez y lo que es más, dado que ya ocurrió, (lo siento por los dinosaurios) es poco probable que vuelva a ocurrir. Pero la NASA, en su función espabiladora del conocimiento científico y ahuyentadora de la ignorancia supina de las masas, nos recuerda, con las estadísticas en la mano, que cada año cuando menos un trozo de piedra extraterrestre del tamaño de un automóvil, cruza el espacio en ruta de colisión con nuestro planeta; y si aquello aún no ha terminado en tragedia, aclara la propia institución, es porque la atmósfera cumple con su función de escudo natural, quemando y evaporando esos asteroides, dando paso a un espectáculo maravilloso, conocido coloquialmente como lluvia de estrellas.
En palabras de Michael Küppers, científico planetario de la Agencia Espacial Europea (ESA), allá afuera hay asteroides de todos los tamaños; y hablando en términos de medir los riesgos, aquí sí, el tamaño importa y mucho. La presencia de uno como aquel que suponen extinguió a los dinosaurios (de unos diez kilómetros de ancho, nada más) aparece (suponen también, ya que nadie ha vivido tanto para constatarlo) una vez cada cien millones de años; pero tampoco es que necesariamente se requiera un ejemplar de tales dimensiones para hablar de problemas. Basta, digamos, uno de 40 o 90 metros de ancho, como para que ya no nos cuadren tan fácilmente las cuentas y pongamos en duda los límites protectores de nuestra amada atmósfera. ¿Y qué tan lejos estamos de un escenario así?
En diciembre pasado fue descubierto un asteroide, que recibió por nombre 2024 YR4, con un tamaño parecido al de un edificio de entre 9 y 12 pisos, cuya trayectoria podría colisionar con la Tierra hacia finales del año 2032. La Agencia Espacial Europea, estableció originalmente la probabilidad de impacto en el rango del 1.2 por ciento, lo que a ojos de un inexperto podría parecer poco, pero cuyo excedente sobre el margen del 1 por ciento, es decir, el 0.2, ha bastado para que la Organización de las Naciones Unidas activara el Protocolo de Seguridad Planetaria. El YR4, no podríamos esperar menos, es el asteroide más observado, analizado y rastreado en estos momentos. A inicios de febrero la NASA incrementó la probabilidad de impacto a un 2.3 por ciento, ajustándolo hacia mediados del mismo mes en el plano del 2.6, para días después reducirlo a 0.28% con tendencia cada vez más próxima a cero. Como sea, dudo que le vayan a quitar los ojos de encima a esta piedrita que se ha incrustado con singular notoriedad en el calzado de la humanidad y lo que es más, constatando aquello de que toda realidad supera a la ficción, buena idea sería aprovechar la oportunidad para hacer conciencia de que, involucrados los riesgos más allá de nuestra atmósfera (como si no bastara ya con los que naturalmente cada quien acumula), la vida es frágil y plena de incertidumbres.
Una cosa sí tengo clara: no habrá, como tal, un Harry S. Stamper que nos salve si llegara la hora. Aquella no sería, ni remotamente, una misión a cargo de un perforador petrolero. Sé, en cambio, que hay tecnologías específicamente ideadas para la ocasión (véase el caso de la tecnología DART de la NASA) y en esas es que, llegado el momento, habremos de depositar toda nuestra fe. No tocará, como en la película, estrechar la mano de la hija del hombre más valiente de la humanidad, pero sí corresponde, desde ya, reconocer a tantos hombres y mujeres de ciencia que, sin importar que con frecuencia ni siquiera reparemos en su existencia, viven y duermen pensando en mejores formas para preservar la seguridad de nuestro planeta. Eso sí son héroes, aunque por el momento su vida sólo transcurra entre simulacros.